Hace un día espectacular hoy, de esos en los que nos vamos al puerto y nos tumbamos en el césped, o incluso a la playa y, con lo locos que estamos, nos metemos en el agua, que seguramente esté helada.
Y como en la tele echan una película basada en una novela medieval, me acuerdo de la avidez con la que te leías La catedral del mar cuando mi madre te regaló el libro por tu cumpleaños. Me contagiaste esas ganas de saber más de la historia. A ti te gustaba especialmente, decías que era muy emocionante leer sobre un lugar donde has vivido. Y se nota que te encanta Barcelona y eso me hace mucha ilusión, tendrías que ver el brillo en tus ojos cuando les hablas a tus amigos de tu ciudad.
Como el primer invierno que pasamos en el pueblo, leyendo aquella novela que sacamos de la biblioteca de Poble-Sec la primera vez que la visitamos. Tú, yo y nuestra buhardilla con balcón.

Las cenas de tapas de los sábados, tu carita al comer pescado, cada vez que te compras patatas fritas con mayonesa y kétchup en los puestos de las ferias, aquella fiesta mayor en la que no había nada de ambiente y me dolía la cadera, pero no necesitábamos nada para divertirnos, cómo nos reímos de las servilletas que Víctor deja hechas un gurruño sobre la mesa, cuando odiabas a Dori y yo me reía a más no poder, el restaurante pakistaní, cuando aquel chico se nos acercó en la discoteca para decir que pegábamos mucho, igual que tu peluquero, igual que Christos, el mejor queso del mundo, los domingos de resaca sentados en las escaleras de Montjuïc, tu mano sobre mis caderas al dormir.
Y tú quizá no te acuerdes de esto, siempre dices que tengo muy buena memoria, pero tengo la imagen grabada. Era un día gris, triste, y no hacía frío, pero empezaba a marcharse el verano de manera tardía. No sé qué hicimos para comer, pero seguro que íbamos con el tupper sucio en una bolsa. Y propusiste ir a ver esa feria y caminamos lentamente, yo cogida a tu brazo. Y entre paradas de asociaciones del barrio, con pasteles y dulces, con bisutería, con juegos, nos paramos en aquella donde unos ancianos miraban concentrados un tablero de ajedrez. Y tú y yo, un poco vergonzosos, preguntamos si nos podíamos sentar. Y jugamos una partida, que, por cierto, yo gané. Y para mí eso es la felicidad.
Y luego me vienen imágenes de nuestros viajes de vez en cuando. Nos veo en el bus de Sídney, donde todo comenzó, en dirección a la playa de Bondi. Durmiendo de ilegales en Gold Coast y levantándonos temprano para usar las duchas de la playa, que solo tenían agua fría, tu cara de felicidad navegando, los atardeceres en alta mar, las cervezas que nos tomamos con Pablo en la terraza de una desconocida, la fiesta y los bailes típicos en aquella isla donde llovía durante todo el día, las cervezas en el bar, los pulsos que echábamos sobre la mesa, el frío en los buses nocturnos.

La foto que me hiciste en aquel restaurante de Sofía, cuando se me cerraban los ojos de sueño. Tú feliz con tu móvil nuevo, haciendo fotos artísticas, enseñándomelas orgulloso y yo, aunque te pienses que no te hago caso, sé que tienes algo diferente, algo que capta lo mismo que yo veo, pero desde otra perspectiva, como la foto en blanco y negro en el metro vacío. La nit al barri.
My boy, esa canción suena justo mientras acabo este texto.
