Revista Espiritualidad

Salir de nosotros mismos

Por Maribelium @maribelium
SALIR DE NOSOTROS MISMOS
Después de mi anterior escrito, titulado “Volver a nosotros mismos”, puede resultar totalmente contradictorio que, justo después, escriba otro sobre “Salir de nosotros mismos”, ya que, si he puesto énfasis en la necesidad de “volver a nosotros mismos”, ¿tiene sentido poner ahora énfasis en “salir de nosotros mismos”? Yo creo que sí, pues me parece que se trata de movimientos complementarios y que nos permiten encontrar un equilibrio razonable en nuestras dinámicas internas. 
El anterior escrito terminaba del siguiente modo: “Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y del exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo, en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.”
Voy a intentar desarrollar, un poco más, lo que planteaba al final de mi escrito.
La cuestión de fondo es diferenciar en autocentramiento egocéntrico, que sería narcisista y autocomplaciente, del posicionamiento centrado, en donde la persona se sitúa en su ser real y, desde ahí, puede abrir las puertas de su “casa” desde la hospitalidad, la comprensión y la apertura a otros.
A veces escucho sobre el empeño en el volver a uno mismo, desde un autocentramiento egocéntrico, en un supuesto auto-conocimiento autocomplaciente, que lleva a una persona a validar la realidad solo desde sí misma, o incluso desde lo que cree su percepción de la realidad divina (por ejemplo, en su oración o meditación) y a pensar que su auto-realización es solo suya e individual, siendo los demás, en general, estorbos para el plan personal, si no le siguen el juego o el “baile”. Algo que es, aún más “peligroso”, cuando se trata de alguien más inteligente que la media y que tienda a la introversión. En ese caso, se puede instalar cómodamente en su parcela interior de seguridad, certezas, crecimiento personal o espiritual, inspiración, desarrollo profesional, etc., sin reparar en lo que pasa alrededor, ni en los que les pasa a otros. Llegando incluso, a provocar un gran malestar a su alrededor, sin darse cuenta, con sus actitudes. En estos casos, es posible que la persona sienta que sigue su verdadera senda vocacional, pero que los demás son incordios que no le entienden y que, incluso, si le molestan con sus actitudes, es porque son de inteligencia inferior, mediocres, primitivos, etc. Ante esas “molestias”, quien tenga tendencias narcisistas o egocéntricas tenderá a meterse más dentro de sí, despreciando al resto del mundo, pues es “incómodo”. Y no verá que ese mundo le resulta “incómodo” por su manera estrecha, exigente y dura de mirar las cosas. Lo que, no se debe confundir con tener una gran sensibilidad, o con que los demás no nos puedan resultar a veces inconvenientes. La cuestión es que, cuando son todos, o casi todos, los que solamente dificultan la propia realización personal, ¿no es más bien uno mismo el que está excesivamente centrado en sus propios intereses, ideas y actitudes? 
Cuando nos relacionamos con una persona así, normalmente sentimos inseguridad o perplejidad, pues son expertos en hacernos sentir culpables, por importunar sus importantes ocupaciones, que siempre estarán muy por encima de cualquier necesidad ajena, a la que, si se presta atención será desde una actitud condescendiente de aparente caridad, perdonándonos la vida y haciéndonos sentir privilegiados por el tiempo que nos conceden, desde su posición de dioses del Olimpo.
En el otro extremo, podemos detectar el centramiento sano y realista, con apertura a la realidad y a los otros, en quienes, aún estando ocupados y centrados en lo que la vida les pide, asumiendo sus responsabilidades y respondiendo a su vocación, escuchando su interioridad, son capaces de tratarnos con sencillez, sin muros, aunque puedan poner límites, pues el tiempo no es infinito. Tampoco tendrán por qué por qué responder a cualquier demanda de atención, en cualquier momento. Estar centrado sanamente es también respetarse a uno mismo y tomar consciencia de cuando se tiene energía disponible para los demás, de una manera equilibrada, pues “la caridad empieza por uno mismo.” Lo que veremos, en estos casos, será humildad y cercanía, aunque solo nos aporten 5 minutos de su tiempo, atención, firmeza, claridad, sencillez e interés por lo que planteamos. La claridad también la veremos reflejada en que, por muy ocupada que pueda estar esta persona, sentiremos la confianza de que tendremos respuesta cuando realmente le sea posible decirnos algo. Conozco a personas que están realmente muy ocupadas, que aprovechan, desde el amor, el tiempo que les es posible para otros, para decir que están ahí, que te acogen, que les importas y que sufren por lo que sufres, pues son capaces de salir de sí mismas. Esto se percibe en una resonancia en el encuentro, por una atención determinada (no una cara de póker o de falsa caridad), por un afecto espontáneo que nace (cuando se da), que facilita un vínculo real. Estas personas nos muestran una posibilidad de diálogo y de apertura ante las dificultades que puedan surgir, desde la acogida, la humidad y la sencillez. Sin que nos provoquen el temor, al acercarte a ellos, de que les estás molestando ante todas las cosas tan “superimportantes” que tienen que hacer, que, “obviamente”, son mucho más importantes que lo que viven como tus reclamos o exigencias de inferior nivel.
En ambos casos las personas pueden parecer aparentemente centradas, y sus discursos parecer semejantes, pero, las consecuencias, en el trato, especialmente en quienes nos relacionamos con ellos nos llevan a percibir y sentir algo muy distinto. 
Quizás, todos, en algún momento hemos podemos vivir en el centramiento egoísta. Y lo más posible es que, nos movamos habitualmente por lugares intermedios. Para no perdernos en los egos-centrismos, creo que lo importante es tomar consciencia de por donde vamos para buscar la posición más centrada, abierta y real, para una vida más plena, humana, humilde y consciente, donde el indicador más claro es la cuestión de si realmente nos importan los otros, es decir, si somos capaces de sentir amor por ellos.

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