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San Valentín 2016 Nawe, El Héroe (El Círculo de las Almas 4) Capítulo XI

Publicado el 14 febrero 2016 por Ayaathalia @Ayashi375
San Valentín 2016 Nawe, El Héroe (El Círculo de las Almas 4) Capítulo XI

Año 183 de la Era del León de Oro

7 del Sol Naciente

El silencio cayó en la habitación. Nawe solo podía oír su propia respiración, el retumbo de su errático corazón. ¿Qué había dicho? ¿Qué había hecho? ¿Era eso una declaración? Pero no podía. Era solo una chiquilla; era solo una muchacha que merecía algo más, algo mejor.Y aun así Neri lo miraba, atónita y deliciosamente ruborizada. Se había llevado la mano a los labios, azorada.—V-vaya… —susurró la chica—. No esperaba conquistarte así. ¿L-lo he hecho? Tú… ¡Cielos! ¡Me quieres! —Una sonrisa iluminó su sonrojado rostro, y Nawe sufrió el embiste del fuego en sus entrañas—. ¿¡De verdad!?—Eso no significa nada —masculló, intentando enmendar su error, intentando… prevenirla—. Sigo sin ser un hombre conveniente para ti, ¿no lo entiendes?Ella hizo un gesto peligrosamente parecido al que haría para quitarle importancia a sus palabras, como si no significaran nada.—Me da igual lo que digas ahora —dijo la camarera—, ¡Oh, Nawe, te quiero! Se aproximó, y él, impotente, interpuso los brazos para impedir que llegara hasta él.—Si te acercas más no respondo de mí mismo —advirtió con un gruñido—. ¿Me estás entendiendo?—Que sí, que sí… Que si me acerco me harás cosas carnales. Oh, cállate y deja que te abrace. ¡Te quiero y me quieres y soy feliz!—¡No tienes ni idea de lo que estás hablando!Ahí estaba, al alcance de sus manos, y él quería tanto estrecharla… besarla otra vez. Malditos fueran los dioses, pensaba, sí, estaba totalmente enamorado de Neri. Cómo había sucedido, lo ignoraba. Había tratado de pasar por alto el atisbo de deseo. Había tomado el creciente afecto y le había puesto el nombre de compasión y empatía.No sentía compasión hacia la muchacha. Sus sentimientos por ella iban mucho más allá, y ya era tarde para negarlo. Pero todavía tenía que protegerla de sí misma… y de él.Y Neri, inconsciente como estaba, le cogió los brazos y trató de acercarse otra vez. Nawe se resistió.—Eres un tozudo —lo acusó, frunciendo los labios—. ¡Déjate querer, al menos por mí! No me importa si quieres besarme o empotrarme contra la cama, ¡pero déjame quererte! Llevo muchos años en una taberna, ¡lo sé cuando un hombre es apasionado!—No sabes nada de la pasión, pero como te acerques una pulgada más lo vas a descubrir. Es la última oportunidad que tienes. Aléjate de mí, Neri, porque no soy una buena persona.Pero para ella parecía imposible, porque con un resoplido volvió a cogerle los brazos, apartarlos de su camino hacia él. Quería acercarse.Nawe se rindió. Lo sintió en sus músculos, en sus huesos, en el corazón y las entrañas. Todo se relajó. Todo dejó de luchar, y por el contrario su cuerpo entero confabuló en su contra.La tomó entre los brazos hasta entonces intentaban alejarla y la atrajo con fuerza.—Tú lo has querido —le gruñó, amenazador.Volvió a besarla. Volvió a abatirse sobre su boca con desespero, con pasión, con la necesidad acuciante de saborearla una vez más. Esos labios se curvaron contra los suyos, pero, que los dioses lo perdonaran, no fue para rechazarlo. Neri estaba sonriendo, y mientras lo hacía le puso una mano en la nuca y lo respondió con deliciosa torpeza.La pequeña camarera le estaba devolviendo el beso.Con una impotente exhalación Nawe la apretó con más fuerza. La necesitaba. Más que sus labios, quería mucho más. Lamió los labios, y ella los entreabrió para cederle el paso.El joven metió la lengua con un bronco jadeo. Saboreó la dulzura de su boca, lamió los dientes, el paladar.—Neri… —musitó, siendo apenas consciente de que la palabra se ahogaba entre los dos—. No sabes lo que has hecho. No sabes… lo que has hecho.Y en aquellos momentos ni siquiera le importaba. A ella tampoco: apretándolo contra sí, apretándose contra él, lo besó con la misma vehemencia, con el mismo ardor, con la misma pasión.Nawe de pronto la agarró de la cintura, giró y la puso contra la pared. Neri no llegó a pisar el suelo. El joven encajó las caderas entre sus piernas y la sostuvo con su propio cuerpo, la estrechó, lamió el interior de su boca, los labios jugosos, y con las manos comenzó a tocarla donde nunca antes un hombre la había tocado jamás.La muchacha, incapaz de permanecer inmóvil, apretó la nuca del hombre, envolvió su cintura con las piernas e inspiró hondo ante el indiscriminado y bienvenido asalto.Entonces una de las manos de Nawe, la que no la sujetaba, encontró casi por accidente su pecho, y los dedos se arquearon para apretar.Ella gimió.—N-Nawe —lo llamó, y el joven gruñó.—Tarde para decirme que pare —masculló.Para dejar clara su postura apretó su seno con ardor y hundió la boca en el hueco de su cuello, devorándola.Entonces ella le acarició el pelo. Nawe se estremeció, notando calor y frío al mismo tiempo, subiendo y bajando por su pecho. Tragó saliva y alzó la cabeza mientras ella decía en un murmullo:—No iba a decirte eso. —¿Ah, no? —musitó Nawe con la voz espesa, temblorosa por la pasión, por el deseo, y también por la ternura que no estaba acostumbrado a sentir.—No… —Distrayéndolo, desarmándolo, Neri entrelazó los dedos con los rebeldes mechones de su cabello—. Iba a decirte que te quiero.—Dioses.Incapaz de resistirse él volvió a besarla en la boca. Movió las caderas, encajándolas todavía más contra las de la muchacha. Ahí era donde quería estar. Lo necesitaba. Ella contuvo el aliento al principio, y después entre beso y beso musitó:—Si lo que quieres es entrar, deberíamos quitarnos la ropa primero.Una diminuta parte de él se preguntó qué podía saber ella sobre lo que significaban sus palabras. Otra replicaba que, en esencia, lo mismo que él, que nunca se había interesado por ninguna mujer.Pero la mayor parte de su mente, subyugada al deseo y los instintos más primitivos, solo gruñó «sí, maldita ropa».Movido por esos instintos, Nawe la tomó en volandas y la lanzó sobre la cama. Sin darle tiempo a respirar se abalanzó sobre ella para besarla de nuevo.Neri rio, como si aquello fuera… divertido. Pero también lo correspondió, y con cuidado trató de quitarle la camisa morada y manchada de sangre seca.El joven gruñó. Le apartó las manos y se retiró la prenda con brusquedad. No pensó en absoluto en sus heridas, pues en un momento así, ¿cómo iba a sentirlas? Al quedar su torso desnudo volvió a besar a la muchacha en la boca, bebiéndola con desespero mientras sus manos buscaban los cordones que ajustaban el corpiño de Neri.Encontró los cordones, pero no tenía tiempo para desatarlos, así que los rompió a tirones.—Bruuuto… —dijo la muchacha, divertida, pero no se apartó de su boca ni un instante, ni dejó de tocar sus costados, rozar su espalda sin llegar a alcanzar sus heridas.Sin escuchar en realidad, Nawe logró deshacer —romper— todos los nudos, y el corsé se abrió sobre el cuerpo de Neri. Con brusquedad y tironeando hasta desgarrar una costura, logró quitárselo. Debajo llevaba una camisa. El hombre gruñó, frustrado.—¡Por qué demonios tienes tanta ropa! —exclamó entre dientes, y a tirones se la intentó quitar.—¡Disculpa, pero también llevas bastante ropa! —rio Neri, que movió las manos para desatarse las cintas que sujetaban su falda.Al quitarle las prendas Nawe se dio cuenta de que debajo únicamente llevaba las calzas: su vientre, sus hombros y sus pechos quedaron desnudos, expuestos. El hombre sintió un fuerte nudo en la garganta y en el estómago, y tendió una mano, casi temeroso, para acariciar la piel caliente de sus senos.Ella cerró los ojos, pero no con desagrado, porque cuando lo llamó su voz era ahogada, anhelante. Nawe tembló. Sus labios formularon las palabras —esto no está bien—, pero no tenía aliento para pronunciarlas.En lugar de intentarlo de nuevo inclinó la cabeza y besó la jugosa boca de la muchacha. Neri lo tomó del rostro, respondió a sus besos con el mismo fervor.Sin pensar, el joven rompió el nudo de las calzas de la chica y tiró de la prenda hasta bajársela. La desnudó por completo.—Es un poco injusto, ¿no crees? —musitó la deliciosa muchacha, mirándolo a los ojos sin temor—. Tú sigues vestido.—No —gruñó él—. Ya no.Se apartó solo un instante, lo suficiente para quitarse a tirones los calzones y las calzas. No sintió vergüenza alguna al quedar totalmente expuesto. No le importaba.Se abalanzó de nuevo hacia ella, y al besarla su piel contactó directamente con la de Neri. Ambos parecían arder. Neri rio apenas, su cuerpo apretándose contra el de Nawe, buscando su cercanía, sus besos, y en medio de todo eso el hombre encajó sus caderas entre los muslos de la chica, y encontró el lugar húmedo y caliente por donde entraría.Hubo un breve resquicio de cordura.—¿Estás segura? —masculló con la voz ahogada y ronca.—Te quiero y me quieres, así que sí —susurró ella en respuesta.Convencido de que Neri se arrepentiría al llegar la mañana, Nawe aceptó que así sucedería. No podía luchar contra sí mismo y contra la chica al mismo tiempo.La tomó de la cintura con firmeza y le alzó las caderas, no sin brusquedad. La besó en la boca, la apretó contra su pecho, y ella, consciente de lo que iba a suceder, se abandonó a él.Nawe ni siquiera lo pensó: de una sola vez, de una sola embestida, encontró la pequeña y virginal entrada, halló la humedad y el calor abrasador, y lo penetró hasta lo más hondo.Ella se aferró a él, palió el dolor con sus besos, con su boca, y se negó a dejarlo ir hasta que remitió. El joven no se movió. Siguió acariciándola con sus labios, con sus manos, le mordisqueó la delicada línea de la mandíbula. Utilizó todos los restos de autocontrol que le quedaban para no hacer nada más durante los siguientes minutos, consciente, a un nivel primario, de que el modo en que lo estrechaba no se debía al placer.—Nawe, muévete —pidió Neri en un murmullo—. Por favor.¿Cómo resistirse a un ruego semejante? Nawe la estrechó, sujetándola todavía por la cintura, la besó profundamente en la boca… y sí: se movió. Cimbreó las caderas y sintió la fricción de su carne dentro de ella.La muchacha respondió acariciándolo, incluso por encima de su herida. Él apenas sintió el dolor, solo el contacto de sus abrasadores dedos.Neri incluso lo empujó con un talón. Nawe gruñó. ¿Quería que fuera deprisa, quería que fuera duro? Lo sería. Se alzó sobre los codos y penetró profundamente antes de iniciar un movimiento más fuerte, más hondo, más rápido.Jamás había sentido un placer semejante, jamás había estado con una mujer ni había querido… ni tampoco había llegado a soñar lo que sería. Pero hacer el amor con Neri estaba por encima de cualquier sueño que pudiera haber tenido.Y tras unos minutos más de perderse en el placer, en esa rápida carrera por llegar a lo más alto, la muchacha lo besó con vehemencia, con fuerza, y contra sus labios estalló en un gemido de éxtasis. Su carne se estrechó con fiereza en torno a la de Nawe, y él, impotente, solo atinó a gruñir mientras se derramaba en su interior.Toda la fortaleza lo abandonó de pronto. El hombre quedó cubriendo el pequeño y frágil cuerpo de la chica, sin aliento y sin saber si su corazón latiría otra vez. Notó el modo en que ella respiraba hondo. También sintió sus caricias en la espalda.—D-deberíamos… descansar —musitó Neri.Descansar sonaba bien, se le ocurrió. Nawe logró rodar de lado, para no soltar a la chica. La estrechó contra su pecho y hundió la nariz en su pelo. La olió, aspirando hondo. Bien, pensó… ya sentiría remordimientos por la mañana.

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