


Linajes, casas y capillas en el Santander de la Edad Moderna
Entre los siglos XIV y XVIII, Santander no solo creció como villa portuaria: también fue el escenario en el que sus principales linajes convirtieron la arquitectura en una forma de exhibición social. El estudio muestra que familias como los Escalante, los Puebla, los Camus y, sobre todo, los Riva-Herrera utilizaron casas, torres y capillas privadas como instrumentos de prestigio, memoria y afirmación de su poder. Más que responder a grandes necesidades colectivas, buena parte de su actividad constructiva estuvo orientada a la autopromoción del linaje.
En el Santander medieval, ese lenguaje del poder se levantó principalmente en la Rúa Mayor, eje de la Puebla Vieja. Allí se asentaron los linajes más antiguos de la villa, que hicieron de la casa-torre un símbolo de nobleza, antigüedad y autoridad política. Los Escalante, los Alvear, los Herrera o los Arce consolidaron su posición mediante residencias fortificadas y visibles en el paisaje urbano. Incluso siglos después, esa tipología siguió evocando prestigio, como demuestra la pervivencia de modelos de casa-torre en época más tardía.
Ese afán de distinción también se trasladó al interior de los templos. Las capillas funerarias familiares, especialmente en la antigua colegiata de los Santos Mártires, funcionaron como espacios privados de memoria y representación. En ellas, los linajes aseguraban enterramientos privilegiados, exhibían escudos y asociaban su apellido a lugares sagrados de enorme prestigio. La familia Escalante, por ejemplo, mantuvo una fuerte vinculación con la colegial y dejó huellas materiales y epigráficas que reforzaban su presencia y su antigüedad dentro de la historia urbana de Santander.
Con el auge del comercio marítimo apareció una nueva élite enriquecida, y con ella nuevas estrategias de promoción. La familia Puebla representa bien este ascenso: desde una posición inicial modesta, Sebastián Gutiérrez de la Puebla Cos acumuló fortuna gracias a la actividad mercantil y la invirtió en reformar su casa, intervenir en su capilla del convento de San Francisco y adquirir un nuevo espacio funerario en la colegial en 1621. Su trayectoria refleja cómo la riqueza comercial abrió a estos linajes las puertas de los espacios más prestigiosos de la ciudad. La familia Camus siguió una lógica parecida: su capilla catedralicia, fundada en 1599, conservaba una estética conscientemente medievalizante, como si el pasado noble siguiera siendo un argumento de legitimidad.
El gran salto llegó con los Riva-Herrera. Tras la elección de Santander en 1571 como punto estratégico para las armadas reales del Cantábrico, esta familia accedió a cargos de enorme relevancia y transformó también la manera de construir prestigio. Frente a la vieja torre urbana, buscaron nuevos espacios, nuevas tipologías y una estética más moderna: el palacio de Pronillo, de inspiración renacentista, la gran capilla familiar en la colegial y el palacio urbano de la Plaza de la Llana marcaron una nueva etapa. Su promoción arquitectónica ya no solo miraba al pasado del linaje, sino también a una imagen de poder vinculada a la administración regia, al clasicismo y a la proyección pública.
En el siglo XVII, ese modelo se extendió a otros apellidos enriquecidos al calor de la administración y de las nuevas actividades fabriles de la bahía. Nuevas capillas y reformas en la colegial contribuyeron a dar más “lustre” al antiguo templo, en un momento en que Santander aspiraba a reforzar su peso religioso e institucional. Así, la ciudad fue configurándose como un mapa de poder en piedra: cada casa noble, cada portada y cada capilla hablaban de fortuna, jerarquía y ambición social.
En definitiva, la arquitectura del Santander moderno no fue solo una cuestión estética o funcional. Fue, sobre todo, una forma de narrar quién mandaba, quién ascendía y quién quería dejar memoria duradera de su nombre. Casas, torres y capillas actuaron como emblemas de linaje, convirtiendo el espacio urbano y religioso en un gran escaparate de prestigio.
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