Se fue y me deja en el pecho una puñalada de amor desabrazado, en el recuerdo, en el aliento entrecortado, en los ojos que quieren rebosarse y no se dejan, en el recuerdo pirograbado.
Se fue y el dolor de su ausencia es físico y mutila la carne lentamente, lentamente como una enfermedad espiral sin remedio.
Pero así ha de ser esta marcha feliz que no tiene remedio, porque es el viaje del fruto que dice adiós a la rama que le dio su ser, como la gota de lluvia que de la nube se precipita para conocer las alturas vertiginosas y apagar la sed de alguna flor ya casi bendita.
de las gruesas lágrimas
que inundarán ya para siempre
estos ojos.
[Para mis dos soles]
