Espero que no nos enredaremos en líos competenciales entre políticos y administraciones sobre quién, cómo, cuándo y cuánto. El propietario los vende por 6 millones de euros, que no parece ser una cantidad desorbitada para que la asuman el cabildo o el Gobierno de Canarias, o ambos de común acuerdo. Bastante más destinan cada año tanto uno como otro a gastos prescindibles, sin olvidar que sus respectivas arcas están saneadas. Incluso no descartaría que lo que precisamente busca el propietario anunciado la venta en China es que sean el cabildo o el Gobierno de Canarias los compradores de esos terrenos. Güi Güi es un lugar único, una isla dentro de otra, como la ha definido alguien. Sus valores naturales y medioambientales no tienen parangón en toda Canarias y si hasta ahora ha escapado a las apetencias de los señores del cemento que han llenado las costas canarias de adefesios, ha sido por una abrupta orografía que dificulta extraordinariamente el acceso. No me tranquiliza ni me consuela en absoluto que el presidente del cabildo alegue que nada se puede hacer allí aunque la propiedad cambie de manos y pase a las de algún comunista reconvertido al capitalismo salvaje de estado. Nada se podía hacer tampoco en muchos otros puntos de las islas y bastó cambiar convenientemente una plan general aquí y unas normas subsidiarias allá y se terminó haciendo lo que parecía imposible. En la mente de todos están los ejemplos de determinados hoteles construidos en donde no se podían construir, condenados en firme al derribo por la justicia y, sin embargo, en pie vivitos y coleando. Es imprescindible corregir el error que supone que un espacio como Güi Güi, que el ser humano aún no ha conseguido echar a perder, siga en manos privadas. Se impone su adquisición pública y la máxima protección medioambiental posible convirtiéndolo en Parque Nacional. Es la manera más segura de evitar que un buen día el título irónico de este artículo se convierta también en realidad.
