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[Sección Literatura] Entre letras con… Jesús Comesaña (IV)
Vanesa Medina 23 mayo, 2014 0
Con algo de retraso, aceptad nuestras disculpas, os traemos un nuevo capítulo de Tras los muros, de Jesús Comesaña.
Como siempre, esperamos que disfrutéis de la lectura y que os animéis a comentar qué os va pareciendo la historia. =)
Jesús Comesaña
Un gran aficionado a los videojuegos desde que tengo memoria (empecé con megadrive), jugador de rol empedernido desde los 11/12 años, cinéfilo, y escribo desde los 13 años. A estas alturas, me gustaría ganarme la vida escribiendo. También soy lector asiduo desde los 11 años.
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RESISTIRÉ
Cada uno de ellos apuntaba a una de las dos ventanas. Clara se maldijo a sí misma por tener el brazo inútil. Por esa misma razón ella cubría la ventana tras la cual crecía un raquítico árbol. Sólo un idiota intentaría entrar por ahí. Sergio se ocupaba de cubrir la puerta principal. Tras el disparo, no se había escuchado nada. Si alguien se había acercado, sabía moverse con sigilo. Clara y Sergio contuvieron la respiración sin apenas darse cuenta.
—Tengo siete balas y una cantimplora vacía —dijo una voz fuera de la casa, con agresividad.
Clara se quedó bloqueada. ¿Por qué les hablaba? ¿Quién era aquella persona? ¿Qué se suponía que significaba aquello? Iba a contestar cuando Sergio la interrumpió.
—Tengo un cargador vacío y una petaca llena —contestó tenso.
—Po’entonces desatranca esa puerta, que hace frío —dijo más amigablemente el hombre fuera de la casa.
Sergio se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿Pero qué estás haciendo? —preguntó Clara, incrédula—. No tenemos ni idea de quién es.
—Es un gitano –contestó él—. De la comuna de cerca del río.
—¿Cómo estás tan seguro? —le preguntó, aún sin terminar de dar crédito. ¿Cuántas sorpresas tenía que soportar ese día?
Sergio comenzó a retirar los trastos que había colocado ante la puerta, esta vez más calmado.
—¿Hace bueno para viajar al norte? —preguntó.
—Pos’ depende de cuánto te guste que te muerdan.
Sergio abrió la puerta. El hombre tenía un rifle de caza colgado del hombro, y una cantimplora en la mano. Estaba sucio y mal vestido, incluso para los tiempos que corrían. Aquél hombre no había vestido una prenda nueva en años. Entró en la casa y miró a Clara.
—Cierra la puerta, chico, que se sale el calor y entran los Fríos
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comentó sin darle importancia—. No mavías dicho que tenías aquí a una mujer, y sangrando.
—No me habías preguntado —le dijo Sergio mientras volvía a atrancar la puerta—. Y los tiros no son lo mismo que los mordiscos.
—¿Tiros? ¿Pa’ qué andáis enfadando a la gente?
—No es asunto tuyo, Exterior —le dijo Clara despectivamente. No se podía confiar en la gente fuera de los muros, y menos aún si vivían TRAS los muros.
—¿Pos’ no que vas con uno y me lo regañas a mí? —contestó el hombre. No necesitaba que ella respondiese.
Clara miró a Sergio con los ojos muy abiertos. ¿Un Exterior? Imposible, no podían haberla puesto en equipo con un novato y, además, Exterior. Sergio bajó la mirada.
—Debes de estar de puta coña… —murmuró.
—La coña va a ser la infección que te vas a pillar como no te limpies ya eso —murmuró el hombre.
Clara se había olvidado casi por completo de la herida de bala. El dolor y los mareos volvieron en una potente ola que la obligó a recostarse en la pared, a la espera de que el mundo recuperase su estabilidad usual. La adrenalina la había mantenido en pie y alerta desde que se despertó, pero empezaba a pasarse. Sergio corrió a sujetarla. El Exterior observó con calma la situación.
—¿Estás bien? —preguntó Sergio, ayudándola a mantenerse erguida.
—No… Tengo una jodida bala del 45 en la espalda. ¿Cómo crees que me siento? —contestó Clara mientras jadeaba—. Hay que sacarla, desinfectar la herida… Hay un botiquín en mi mochila, ¿dónde está?
—Verás… —comenzó a decir Sergio palideciendo—. Todo sucedió muy rápido… Los Cadáveres empezaban a llegar, y era demasiado pe…
—La has dejado —dijo Clara, temiendo que terminase la frase—. Has dejado todos nuestros víveres allí. ¿Qué coño vamos a hacer ahora?
Antes de que Sergio pudiera contestar, el hombre empezó a hablar:
—Bueno, a mí me da en las narices que a ti no te gustan los de fuera —dijo con sorna el hombre—. Pero no tengo que gustarte pa que cojas mis vendas…
—¿Dónde está el pero? —Clara le miró fijamente.
—Veo que tenéis un fusil mu’ bonito, mu’ brillante.
Clara apretó los dientes. ¿Renunciar a un arma? Aquél cabrón le ponía un precio caro a las vendas. Aunque claro, en realidad le estaba poniendo precio a su vida. Un rifle por una vida, chica guapa. ¿Te parece caro? Pues espera a que aparezca la fiebre y no puedas caminar porque te derrumbes tiritando. ¿De qué te servirá entonces un rifle, cuando tengas la vista tan nublada que no puedas apuntar, y tus dedos se nieguen a tirar del gatillo?
—Dale el fusil… —dijo Clara.
Sergio se descolgó el arma y se la tendió al Exterior. El otro rebuscó en su mochila y sacó un viejo neceser con un horrible estampado de cuadros. Clara empezó a quitarse el equipo.
—Muy bien, chico… —le dijo Clara—. ¿Prestaste atención en la clase de primeros auxilios?
—No es mi primera bala —contestó Sergio.
La ayudó a quitarse el chaleco táctico, la camisa y el chaleco antibalas. Tenía el hombro desencajado y no podía mover el brazo. Clara se sentía inútil, como si todos sus años sobre el terreno no valiesen de nada; y todo por no poder usar el brazo. Y además, aquél hombre no paraba de mirarla. No le daba buena espina. Incluso para un Exterior, aquél lugar era inhóspito y no ofrecía nada de seguridad, y aquella casucha no tenía pinta de ser un puesto de avanzada.
—Vas a tener que morder esto. —Sergio le tendió un palo—. Voy a tener que colocar el hombro en su sitio.
Clara agarró el palo que le tendía y se lo colocó a modo de bocado.
—Sergio, con cuidado… —le dijo, esperando que la entendiese. Detestaba no tener tiempo de establecer los códigos con sus compañeros.
—Tranquila.
Sergio la agarró, tomó aire y tiró de su hombro. Un crujido, un quejido, y la realidad se volvió vaporosa y oscura.
Fueron el humo y el calor de las llamas lo que la despertaron…
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