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Serie Negra (X): El Mercromino.

Publicado el 26 julio 2011 por Papá Pingüino
Serie Negra (X): El Mercromino.
Sócrates Zacarías miró alrededor. Si Belarmino Arnau había aparcado el coche en el callejón, alguien podría haberlo visto.
¡"El Mercormino”!
Fue pateando cartones y cubos de basura hasta toparse, al final del callejón, con una catedral churrigueresca de madera y plástico, en donde el olor a cadáver hacía las veces de perro guardián. Aguantando la respiración, picó dos veces en la tapa de water que daba la bienvenida, y esperó mientras en el interior, un ruido delataba presencia de vida animal. Segundos después, la tapa del water se abrió y apareció una cabeza con boina y rociada de mercromina. Andrés Huesca, conocido en Norteña como “El Mercromino”, era un célebre vagabundo, otrora hombre de éxito emprersarial, que se había ganado su apodo por la llamativa costumbre de pringarse el cuerpo con mercromina, en la creencia de que esta sustancia ahuyentaría a las ratas con las que se veía obligado a convivir en sus noches mendigantes. Una historia triste.
El Mercromino se incorporó lastimeramente, y una nube de insectos voladores se vieron atraídos como satélites por la gravedad propia de la roña que le acompañaba. Una vez de pie, miró hacia Sócrates y se urgó la nariz hasta alcanzar el lóbulo temporal de su cerebro, extrayendo un alargado y pringoso moco al que le dio forma de bola y que arrojó en dirección al aprendiz de detective al grito de "tres puntos colega".
-Buenos días, Andrés. Tengo que hacerle unas preguntas. -dijo Sócrates.-Don Zacarías. Diría que es un placer verle, pero mentiría. ¿Qué le ha pasado en la cara? Le recordaba feo, pero no tanto... -respondió el vagabundo.-He tenido un pequeño accidente. Disculpe ¿Ha visto esta mañana a Belarmino Arnau?-No lo he vito, pero lo he escuchado -el Mercromino frunció el ceño-. Es imposible ignorar el estrépito de esa chatarra con ruedas.
Primera confirmación: efectivamente, Belarmino Arnau había aparcado el coche en el callejón esa mañana.
-¿A qué hora fue eso? -quiso saber Zacarías.-¿Y cómo quiere que lo sepa? ¿Mirando mi rolex de oro? -respondió con fingida indignación el vagabundo.-Disculpe...¿Pero podría calcular cuánto hace de eso más o menos?-Yo que sé...¿dos horas? -dijo el Mercromino pensativo. - Dicen que la zanahoria es muy buena para la memoria, ¿sabe? Pero yo siempre he recordado mucho mejor con unos buenos billetes en el bolso...-Claro -suspiró Sócrates, mientras sacaba de su bolsillo un fajo de billetes.-Una hora y media, sí. -respondió rápidamente el Mercromino en cuanto tuvo el dinero en su mano. -Mi cerebro tiene la precisión del Big-Ben. Din-don-dan. Solo hay que estimularlo adecuadamente -rió mientras le guiñaba un ojo al aprendiz de detective. - ¿Y sabe por qué me acuerdo? Porque llegó unos minutos antes que un chino musculoso que aparcó a su lado.
¡Wu Ling!
-¿Quién? ¿Qué chino?-Un chino musculoso con una moto. Parecía estar muy enfadado y caminaba como si le hubiesen pegado una patada en los huevos.-¿Pero se llegaron a ver? ¿Coincidieron en el callejón? -quiso saber Zacarías.-No lo sé. Yo estaba intentando dormir hasta que el pesado de su amigo me despertó. Salí echo una furia, como usted comprenderá, pero cuando me asomé, Belarmino ya no estaba. Había desaparecido a la velocidad del rayo. Como si lo hubiese tragado la tierra. Y justo en ese momento llegó el chino, tronando con su dichosa moto. Por eso me fijé en él.-¿Y vio lo que hizo? ¿Subió al despacho?-¿Sabe? La vida en la calle es muy dura. He recibido muchos golpes en la cabeza y esas cosas, y suelo tener lagunas que solo pueden reconstruirse con...-Vale, vale. -le interrumpió Sócrates dándole unos billetes más.-Ummm...¡me encanta el olor a dinero por la mañana!-¡Andrés! ¿Qué hizo el chino? -inquirió enfadado Zacarías.-¡Ah! Sí, claro, el chino...-dijo pensativamente. -entró en el edificio. Pero en ese momento yo vi una cucaracha pasar por esa esquina -dijo señalando hacia delante- así que me fui corriendo detrás de ella. Cuando volví al callejón (con la tripa llena, hay que decirlo), la moto ya no estaba. Habrían pasado unos cinco minutos.
Sócrates se despidió y salió del callejón. Las piezas del puzzle empezaban a encajar, pero intuía que no le iba a gustar el dibujo que escondían.
(...)

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