Revista Comunicación

Simplemente, Yeyo

Publicado el 24 mayo 2016 por Humberto M. Fresneda @hmfresneda

Hoy, como no puede ser de otra manera quiero dedicar estas líneas a un gran profesional y mejor persona. Yeyo ha muerto y con él un comunicador vocacional, un bellísima persona y un extraordinario profesor.

Hacía de lo difícil, lo sencillo. De lo aburrido, divertido. De lo cotidiano, lo especial porque él era sencillo, divertido y especial.

Siempre he dicho que la profesión de comunicador es una de las más vocacionales. Desde este blog, no me canso en recalcar continuamente la importancia de tener vocación para poder desarrollar una tarea única e irrepetible.

Yeyo, amigo de sus amigos y, ante todo, un gran profesional. Yeyo, un gran profesional pero, sobre todo, amigo de sus amigos, siempre dispuesto a ayudar y siempre con una idea por hacer, con una idea compartida con la que crear para formar nuevos comunicadores.

Porque Yeyo era eso. Un gran trabajador y sobre todo un corazón andante con la palabra justa y adecuada para dar aliento al que lo necesitaba.

Creo que si hay una persona querida esa es Yeyo. Por supuesto por su familia pero, como no, por sus amigos, por sus compañeros de trabajo, por sus alumnos porque no era difícil conocerle y quererle.

Su obra queda, pero sobre todo queda su legado impregnado en su hija Eugenia quien, sin duda, hará que su memoria y su huella siga percibiéndose a lo largo de los años. No te preocupes Yeyo, lo dejas en buenas manos.

Descansa en paz amigo Yeyo.

También quiero compartir estas líneas escritas por Gabriel Sánchez, periodista y profesor en la Universidad Francisco de Vitoria.

El hombre que susurraba a Machado, por Gabriel Sánchez

“Estamos en el camino”. Fue el último mensaje que, a través de Whatsapp, me envió el 9 de mayo a las 12 del mediodía. Y pensé que había comenzado a soñar esos caminos de la tarde de incertidumbre destino, con esa espina clavada no en el corazón, sino en el hígado. Ese viajero, cantando siempre a lo largo del sendero, prefirió un día plantar un jardín junto al mar y meterse a jardinero. Y enseñó cuanto él pudo tener de hospitalario a los que prefirieron escuchar su voz, más allá de sus ecos: en clase o en los estudios de radio convertía las tardes pardas y frías de invierno en regalos de la primavera. Ese filántropo que nos enseñó el secreto de la amistad, quien conversaba con todos, estaba en el camino, en ese camino negro como la laguna del Urbión, por el que la vida se enturbia y desaparece y nos invita a soñar, a ver a Dios gritándonos ¡alerta! Late corazón…No todo se lo ha tragado la tierra.

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