
Ayer no termina nunca, título incontestable, es un ejercicio arriesgado que se da de bruces a los diez minutos de su presentación. Arranca con brío. Con imágenes que evocan al mejor Wenders y ahí uno ya se relame vaticinando un suculento entrante. Pero las esperanzas depositadas enseguida se tambalean curiosamente cuando entran en escena dos valientes de la interpretación. Y es que hay que tenerlos bien puestos para lanzarse al vacío con semejante texto y salir airoso. Es sumamente temerario indagar en el dolor más íntimo golpeando con el martillo de la angustia social. Porque a estas alturas nadie debería dudar sobre las intenciones más fervientes de Coixet. Que no nos confundan cuando venden la película como un drama personal con el marco de la crisis económica. No, no es así. Más bien al contrario. La película es un "speaker´s corner" enfundado en un vestido de lágrimas. Un mitin apoyado en nudos de gargantas.

Es evidente que Coixet se ha equivocado de medio para abrir la boca. Apenas sorprende con hermosos planos que forman una constante de su obra y el empleo de la música no cobra ningún protagonismo como antaño. Entonces, querida Coixet ¿por qué no nos has permitido disfrutar de tu buen hacer como directora encima de las tablas de un escenario? Apuesto mucho a que no sólo Candela y Javier te lo hubieran agradecido.

Para obstinados en el universo Coixet.
Lo mejor: el invite a la reflexión sobre la superación.Lo peor: su torpeza en el manejo de servir la amargura.
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