Revista Filosofía

Slavoj Zizek en Lima: “Dios y la política” (II)

Por Zegmed

Slavoj Zizek en Lima: “Dios y la política” (II)

Algunos retoques finales a mi tesis me alejaron unos días de la blogósfera, pero vuelvo ahora para concluir con esta exposición-resumen de la conferencia que dictase Zizek el 14 de marzo.

Nos habíamos quedado en el tema del funcionabilidad tácita de las ideologías, la idea según la cual existen ciertos pactos no explicitados pero que son tremendamente funcionales y sin los cuales nuestras estructuras sociales se desploman, al menos parcialmente. Z tematiza esta idea con el concepto de interpasividad: una suerte de inacción pasiva que, sin embargo, cumple sus fines básicos. Su ejemplo es el de las sitcoms estadounidenses y la risa de fondo que la misma serie ofrece cuando una situación hilarante acaece. Para Z esta situación es sintomática de la interpasividad descrita: no hace falta que el televidente tome cartas en el asunto, hasta la propia facultad de reir se ve reemplazada por la misma serie y, esto es lo más interesante, es una tipo de acción muy efectiva pues logra provocar la risa o, si no lo hace, ofrece una sensación de relajación similar a la de la risa propia. Hay aquí, pues, una suerte de expectativa pasiva mutua: espero que se me haga reír, espero que el televidente se ria, pero, entre tanto, coloco una suerte de ambiente hilarante pasivo.

En torno a estas ideas, sostiene Z, está una mucho más poderosa que es la creencia de que otros creen lo que creemos. Es un tipo de expectativa que puede verse en casos sencillos, por ejemplo, en el de Papa Noel. Los padres no creen en él, pero creen que sus hijos sí, razón por la cual hacen toda la huachafería que conocemos. Los hijos, sin embargo, tampoco creen en Papa Noel; no obstante, creen que sus papás creen que ellos creen, por lo que para no decepcionarlos, fingen creer. Lo interesante de esto es que, como se ve, nadie cree y, a pesar de ello, la creencia sigue teniendo su labor funcional. El colapso social sucede, precisamente, cuando este nivel de creencias en las creencias mutuas se ve traicionado por la evidencia de la ausencia de tales creencias. Siguiendo a Lacan, Z sugiere que esta situación es muy grave, porque, de algún modo, nosotros sufrimos y gozamos a través de los otros; por ello, cuando caemos en la cuenta de que el otro no cree lo que pensábamos que sí creía, nuestro mundo colapsa.

Z se apropia de esta idea para aplicarla al caso de Dios, concretamente al del cristianismo. Para él, el valor del cristianismo radica en ser una suerte de ideología funcional, aunque ya nadie crea en lo que se creía antes. El ejemplo de Z es bastante sugerente. El autor cuenta que un paciente de un centro mental creía que era un grano de maíz y vivía aterrado con la posibilidad de ser comido por una gallina. Después de mucho trabajo, el paciente fue dado de alta pues se le asumía curado, capaz de concebirse como un ser humano; sin embargo, al poco tiempo de haber salido de la institución mental, la persona en cuestión regresó. Al preguntarle los médicos la razón de su retorno, la respuesta fue muy clara: sí, es cierto que sé que soy un ser humano, ¿pero acaso lo sabrá la gallina que me puede comer? Si trasponemos esta idea a Dios, Z plantea el asunto en los siguientes términos: “sí, claro que sé que Dios no existe, ¿pero lo sabrá Él?”.

Lo curioso para Z es que, precisamente es en el cristianismo donde Dios sí sabe que no existe, Dios sabe que está muerto; no obstante, tal situación no lo condena a la desaparición. Lo que desaparece es un cierto modo de concebir a la divinidad. Según Z, quien muere en la cruz con Jesús es la figura de Dios como un Gran Otro que podría legitimar una suerte de visión sub specie aeternitatis. La muerte de Dios es una forma de abdicación de su parte, la manifestación de que Él mismo ya no ha de ser un punto de referencia. De ahí que Z se concentre en otra manifestación de Dios, la del Espíritu Santo, entendiendo a este como la acción colectiva del género humano. El Espíritu, para Z, es la forma en que Dios muestra su confianza en el ser humano y en su capacidad para lidiar con sus propios problemas sin necesidad de un referente absoluto. Por eso, en una interpretación audaz del pasaje en que Jesús indica que el seguimiento de sí supone odias a nuestros padres, Z sugiere que lo que propone Jesús es que odiemos “la figura del padre” entendida como un rol de autoridad y de ordenamiento externo. Para él, el verdadero cristianismo de la muerte de Dios es el del Espíritu Santo, el de la acción colectiva humana y el de la creencia en ciertos universales, pero entendidos de modo parcializado post-abdicación del poder divino.

Si tratamos, entonces, de articular un poco las ideas de Z, cosa que él mismo no hace –y no hizo esta vez– normalmente, podría colegirse que a partir de esta reflexión sobre las creencias, lo que estaría avalando el autor es la posibilidad de seguir creyendo en la existencia de Dios bajo la consciencia real o metafórica de muerte, siempre y cuando los valores centrales del cristianismo –el colectivismo y el universalismo parcial– permanezcan como vectores que permiten el desarrollo humano. Hacer como que creemos, siempre y cuando la estructura aporte y funcione.

Bonus track

El martes 15/3, día de la segunda conferencia, llegué un poco temprano y pude preguntarle a Zizek algunas cosas que me llamaban la atención y que pueden interesarle a los que leen este blog con alguna frecuencia:

1. Sobre la relación entre su concepción de la muerte de Dios y la de John D. Caputo: sobre el tema me dijo que él había hablado con Caputo, pero que, en general, junto a Badiou, se mostraba crítico del primero por su excesiva apelación a la ética del Gran Otro de Levinas. La forma en que Z concibe la muerte de Dios es mucho más instrumental y menos metafísica y, si bien hay algunos puntos de contacto, él siente su obra lejana a la de Caputo.

2. Sobre su conocimiento de la teología de la liberación y sobre la obra de Gustavo Gutiérrez quien como Zizek, ha escrito un libro sobre Job: Zizek me dijo que se sentía cercano a algunas ideas de la teología de la liberación por su bagaje marxista, pero que, de todos modos, tenía varios apuntes críticos. Luego, me dijo que tampoco quería bluffearme, razón por la cual no se extendió mucho: no conocía suficiente sobre el tema. En cuanto al texto sobre Job escrito por Gutiérrez, me dijo que no lo conocía, pero que le gustaría leerlo, así que quizá lo compraría cuando regrese a Londres.

 

*Fotografía de Roxana Escobar, editada por mí.


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