Revista Infancia

Sorpresita, sorpresita… ¿qué tienes en tu boquita?

Por Pingüicas

Sorpresita, sorpresita… ¿qué tienes en tu boquita?

Corriendo el riesgo de que al final de este post, alguien me diga que soy una madre descuidada que dejo a mis hijos sin supervisión, les comparto mi experiencia. Créanme, sí cuido a mis hijos. Sin embargo, es imposible estarlos viendo todo el tiempo. Y son justo en esos 3 minutos mientras vas al baño, mientras contestas el teléfono o mientras preparas el sándwich, cuando logran hacer eso que no debían.

Hoy estoy hablando de algo muy específico: objetos que me he encontrado en su boca.

El tener hijos “grandes” y al mismo tiempo, un bebé es bastante complicado. Los hermanos ya juegan con cosas que definitivamente vienen con la leyenda de “contiene piezas pequeñas que pueden causar asfixia”.

Obviamente, hago todo lo posible por mantener estas piececitas lejos de Luca e inclusive, de Pía. Sin embargo, siempre logran encontrar algo no comestible para comer.

Durante un picnic en el jardín de Abu cuando Pía era pequeña― justo durante esa etapa en la que se reusaba a comer cualquier cosa que yo le ofreciera― de repente veo un hilo negro saliendo de su boca. Al menos, eso pensaba yo. Cuando me acerqué para sacárselo, me di cuenta de que se estaba moviendo. No, no era un hilo. Era la pata de una araña que intentaba escapar de su depredador. Yo, que soy incapaz de pisar una araña tan sólo de pensar en que lo único que me separa de ella es una suela, me armé de valor para abrirle la boca y con mis dedos (¡guácala!) sacar lo poco que quedaba de esta pobre araña.

Siguiente anécdota. Hace algunos meses, al querer mostrarle a mi mamá unas fotos en la cámara, me apareció la leyenda: “No hay archivo”. Mi cámara no tenía la tarjeta de memoria. Después de buscarla por todas partes y resignarme a la idea de que había perdido esas fotos, de repente vemos a Luca un poco sospechoso. Sí, efectivamente, la memoria de la cámara apareció en su boca. ¿Cómo llegó hasta ahí? No tengo la menor idea.

Lo mismo me sucedió la semana pasada, cuando me encontré los restos de un plumón azul con la punta arrancada por una mordida. ¡Lucanooó! Su sonrisa azul hubiera sido la mejor imagen para ilustrar este post, sin embargo, el susto y el coraje no me permitieron pensar claramente como para ir por la cámara en ese momento.

Saben perfectamente que están haciendo mal. No por nada, ellos interpretan el “abre-la-boca” como un “ciérrala-lo-más-fuerte-que-puedas”. Abrírselas resulta un verdadero reto, y al lograrlo, no siempre encuentro una recompensa. Es que a veces mi paranoia se junta con sus caritas cachetonas para entrar en un pleito de intentar sacarles algo peligroso, cuando en realidad no tienen nada ahí adentro. Así son sus cachetes…

Y de Pablo, éste es el peor recuerdo que tengo: el último bocado de pollo, una hora y media después de haberlo ingerido, bien guardadito en su boca. Le extiendo mi mando y le digo: “dame lo que traes en tu boquita, amor”. Guácala. Todavía me acuerdo y siento la necesidad de limpiarme la mano en mi pantalón. Ni modo. Gajes del oficio.

¿Qué ha sido lo peor que tú te has encontrado en la boca de tus hijos?


Volver a la Portada de Logo Paperblog