Durante muchos años la idea de cuánto pesa el alma humana, le quitó el sueño a muchos científicos, hasta que en 1907 el Dr. Duncan MacDougall demostró que el cuerpo humano en el momento de su muerte pierde 21 gramos.
Andreas Wannerstedt, quiso ir un poco más allá e imagina que sucedería si pudiéramos atrapar el alma humana y colocársela a un robot.
