Revista Cultura y Ocio

Soy un escritor frustrado

Publicado el 09 septiembre 2021 por Rubencastillo
Soy un escritor frustrado

Afortunadamente, ignoramos cuántas de las personas que nos rodean están dominadas por pensamientos patológicos, que podrían derivar hacia el crimen. Quizá nos sorprenderíamos si conociésemos su número exacto, y la textura y la amplitud de sus morbosidades. El escritor madrileño José Ángel Mañas coloca en el centro de su novela Soy un escritor frustrado a uno de ellos: J. Fernández, un altanero profesor de Literatura en la Universidad Autónoma y crítico literario en Babelia, que desprecia tanto a sus alumnos como a los escritores de éxito. Y lo hace, entre otras cosas, por su manifiesta incapacidad para componer un libro que se encuentre estilísticamente a la altura de sus brillantes ideas argumentales. Para colmo, es compañero de docencia de Mozart, un talentoso novelista que sí ha triunfado y recibido el aplauso de lectores y reseñistas.

La amargura perpetua de esta situación adquiere otras dimensiones cuando su alumna Marian le deja el original de una novela para recabar su opinión. Y la obra es magnífica, hasta el punto que J. decide apropiársela, secuestrando a Marian y recluyéndola en el sótano de una casa que tiene en Cercedilla. No abundaré en más detalles sobre el argumento de la obra, que dejo en manos de los lectores que quieran aventurarse en sus páginas.

El gran inconveniente que yo advierto en Soy un escritor frustrado no radica en que los hechos resulten increíbles. No considero que esté ahí el problema. Las peripecias de Odiseo, don Quijote, Pascual Duarte o Jacinto Solana no son menos complejas de admitir, ni algunas de sus vicisitudes menos estrambóticas. La diferencia estriba en que Homero, Cervantes, Cela o Muñoz Molina lograron, con su vigor literario y con su acrisolada maestría, persuadir al lector de la verosimilitud del cuadro. No es sólo decir que Alonso Quijano se pone a hacer pingaletas en honor de su amada, ni afirmarque Pascual desflora a su prometida sobre una tumba, sino convencer al lector con el dibujo de las palabras de la íntima verdad de esos sucesos. Tal seducción no me ha sido deparada en las páginas de esta novela de Mañas. J., el narrador, se convierte en un psicópata al dar la vuelta a la esquina, sin que advirtamos la degeneración paulatina de su alma; la forma en que Marian sobrevive durante meses (insisto: meses) en un sótano oscuro, atada, alimentándose de galletas y bebiendo agua de un cubo, no le impide dirigirse con sintaxis casi retórica a su captor cuando éste tiene el aplomo de visitarla (“¿Es que no tienes ningún tipo de moral? ¿Cómo puedes distorsionar la realidad tan racionalmente?”); la figura grotesca de Marta (que nos es presentada casi como un monstruo de barraca, tanto por su físico atrofiado como por su alcoholismo y su ninfomanía aparatosa) no impide que un guapo, alto, inteligente, casado, culto y exitoso profesor de la universidad la convierta en su amante… Y así sucesivamente. La labor que, como novelista, estaba obligado a efectuar el escritor madrileño no se advierte (yo no la he advertido) por lado alguno. Empecé la obra con buen ánimo, porque la sintaxis de sus primeras páginas me pareció muy atractiva, pero la liviandad con la que acometía el trazado de personajes, algunos errores gramaticales más bien indignos de una persona que haya cursado el bachillerato (ese “detrás suyo” de la página 161 o ese “enfrente suyo” de la 190) y el estropicio de un final grotesco (no hay forma de aceptar y admitir como lógicos los acontecimientos finales, porque el autor no ha sido capaz de darles un tono creíble: es como una horrenda peliculilla de serie B) me desaniman a la hora de plantearse volver a otros libros de Mañas.

Será difícil que lo haga.


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