
Lo que más me gusta de vivir en Madrid es que, como París, no se acaba nunca. Cada mes descubres una zona, un barrio, un arrabal desconocido que te muestra otro Madrid, un Madrid oculto y lejano del centro y los turistas, un Madrid donde aún quedan tascas y camareros simpáticos que te dan conversación.
En los últimos años, he ido descubriendo, por circunstancias que nada tienen que ver con el hecho de viajar o hacer turismo, barrios que son ciudades o villas o pueblos. Sitios como Carabanchel, Aluche, Orcasitas, Moratalaz o Suanzes. Este último, escondido entre la M-30 y la M-40, en una vaguada que parece agazaparse ante la majestuosidad de los estertores de las calles de Alcalá y Arturo Soria, es conocido principalmente por albergar el edificio del diario El País. De hecho, es sólo en los aledaños de este ya emblemático edificio de la España moderna, donde se ubican los pocos bares y comercios que el caminante puede encontrar por la zona. Una zona con un peculiar trazado urbano formado por viejas plantas, naves industriales, factorías y edificios residenciales de nueva construcción que otorgan al barrio un aire gótico de fragancia irresistible; una transición entre dos épocas, entre dos mundos, entre el desarrollismo de los sesenta y la especulación de los noventa.
Hace poco, fui a visitar a un amigo que vive por la zona, en uno de esos edificios nuevos con terraza y zonas ajardinadas. Y me perdí dos veces: una con el coche, al coger mal la salida de la avenida Arcentales, y la otra caminando, mientras hacía tiempo hasta que mi amigo llegase a casa. En ese paseo sin rumbo que di por el barrio, observé que era el único lugar de Madrid que me recordaba un borough americano, un distrito de los que albergan inmigrantes ilegales, uno de esos barrios donde plantas textiles clandestinas y casas viejas habitadas por pequeños camellos coexisten sin rechistar. Suanzes es Brooklyn, pensé entonces. Pero entre ambos barrios existe sin embargo una gran diferencia: en Suanzes no hay niños en bicicleta por las calles, no hay tomas de agua rotas escupiendo chorros y, sobre todo, no hay más raza que la española de clase media trabajadora.
