Revista Deportes

Sucede que hay historias que parecen leyendas y fueron ciertas. (I) Sánchez Vara y Cazarrata

Por Antoniodiaz

Aquella tarde venteña se manifestó el caos como solo se manifiesta Mefistófeles. Nadie se habría quejado de estar la corrida anunciada como tentadero público de sementales del averno. Y bien sabe Dios que nos lo pasamos como chiquillos en Disneyworld. 
Fue la primera vez que vimos a los caballos de picar, como a niñas del exorcista, girándoles la cabeza trescientos sesenta grados. Aquello le valió al Tráquea Rota, una de las voces cantantes de nuestro tendido, para ganar una apuesta que hizo treinta y dos años antes, cuando profetizó que un día nuestros ojos verían el circo romano. La función se daba en la arena, donde los banderilleros aguardaban unas órdenes del matador que se antojaban sentencias de muerte. Esto último se podía leer en el semblante de los valientes, que sonreían con el misterio de la Gioconda, no se sabe si cagándose irónicamente en los muertos del destino o suplicándole a la Virgen de los Desamparados un puesto en la cuadrilla del Juli. El mayoral de la ganadería, desde el callejón, embuchado en su traje corto de antihéroe, olisqueaba la salida de emergencia, murmurando para sus adentros aquello de maricón el último. Unos metros más allá, en pleno far west, el espada buscaba un gesto, una señal marcando jugada, como de entrenador de basket, de un apoderado que discutía con los alguacilillos, esos seguratas velazqueños a caballo, que actuaban bajo el mandato de un usía que se afanaba con el móvil consultando la jurisprudencia tuitera. A esas horas, como buenos españolazos, qué pena, ya nos lo estábamos pasando de puta madre sin ningún tipo de remordimiento. Y eso que la lidia no había hecho nada más que comenzar.
 En ella, qué maravilla, estaba presente una emoción primitiva, cavernícola y caníbal, un acto de enaltecimiento a la supervivencia donde el peligro se podía masticar en el ambiente. Así que nadie se fiaba de nadie, como en una partida de Cluedo, el mundo entero esperaba, ojiplático, el movimiento del cárdeno homicida, para algarabía de una Afición que alcanza el éxtasis con esta tauromaquia para listos, de resolver ecuaciones a las que no paran de nacerles incógnitas, que obligan al torero a desempolvar los viejos manuales de como matar bichos antes de que los bichos te maten a ti. Tauromaquia quimioterápica que sirve, por qué no, de carnaza para el torista, que necesita las pócimas mágicas de la intoreabilidad y la moruchería como el comer y alcanza la plena felicidad solo prometida por las religiones soflamando al viento, como un profeta de la imbecilidad, el hoy nadie ha comido pipas y todos los toros tienen su lidia. Los capotes estallaban, ¡pum! en el aire, volatineros, como fuegos artificiales de la casta, los cabestros de Florito aguardaban en corrales para su Vietnam y los subalternos practicaban el lanzamiento de jabalina con las banderillas. 
No se escucharon óles, hubo ays, que es un olé que está de luto. Contamos con los dedos de una mano, y nos sobraron dedos, las tandas de muletazos en el último tercio, a muletazo por tanda, que puso a los forofos del pañuelo verde con la piel de gallina. Estábamos viviendo en fotogramas del NO DO, cuando los matatoros utilizaban las telas no para crear las modernadas del arte, si no como escudo de un legionario romano que se presenta cada tarde a la que puede ser su última batalla.  
Arriba, en la piedra, con sus camaradas del Siete, Satán azotaba en el culo a las niñas malas del foro de la juventud taurina mientras que, como estoque de Damocles, caía el miedo sobre todos los mortales menos uno: Sánchez Vara, el eterno incomprendido, hijo adoptivo de Puerto Hurraco, astronauta con piso franco en la cara oculta de la Luna, nuestro principìto de Saint Exupéry, que cuajó a Cazarrata para encaramar a ambos sobre el volcán de la épica, dos perdedores en lo suyo haciendo malabarismos sobre las ascuas apagadas de siglos pasados, levitando sobre el cráter de la calle de Alcalá, con sus veintitres mil hijos de puta escupiendo lava, abrasando ilusiones, reduciendo hombres valerosos a volátiles cenizas que se escapan entre los dedos de lo que pudo haber sido y no fue
Y ahí estábamos nosotros, el batallón de caínes temido mundialmente como la Afición, enferma crónica con la fiebre demagógica de mitificar al muerto de hambre, encarnando a la marginal pareja como nuevos redentores de una historia que ya no compra nadie. Cazarrata no fue bravo, ni Sánchez Vara fue Antonio Ordoñez, pero juntos colocaron a la sociedad frente a su propia inanidad, oponiendo sus vergüenzas, sea el infantilismo, la ignorancia, la bajeza o la degradación moral como especie, frente a la grandeza de una tauromaquia que, cuando le quitas la cuchipanda de lameculos, mangutas y vacas sagradas que le absorben los jugos sagrados, la despojas de la epidermis de snobismo que la arrebuja y observas lo que hay tras la explosión inicial de confettis y triunfalismo, es el último albergue moral de decencia y coraje en Occidente. 
Como era de esperar, ni a Cazarrata le hicieron hueco en el tomo de toros célebres del Cossío, ni a Sánchez Vara le llovieron contratos, que son los cantares de gesta que el pobre quiere escuchar, pero juntos alcanzaron esa luz inigualable que solo se conquista con la malversación de la belleza.


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