Revista Cultura y Ocio

SULTANA (capítulo tercero)

Por Jrdecea

SULTANA (capítulo tercero)
Buenas tardes, amigos. Aquí, antes de lo previsto, os traigo esta tercera entrega de esta historia que parece de amor, según vuestros comentarios en las entradas anteriores. Gracias por ellos. Me gusta escribir para vosotros, pero también me gusta escribiros directamente a cada uno, contestando a vuestras apreciaciones y a vuestras aportaciones que enriquecen mis relatos. Así siento que también lo son vuestros y que los compartís conmigo.Esta historia va evolucionando lentamente y cada capítulo tiene su finalidad. La de hoy pretende meteros al interior de los personajes. En el capítulo segundo os los presentaba, mientras que en el primero trataba de describir el marco en el que quería desarrollar la historia. ¿Cuántos personajes hay? ¿Falta alguno por describir o hablaros de él?...Bueno, hablaros de todos sí lo he hecho…pero ¿están todos descritos? ¿Los conocéis a todos? ¿Son dos o tres? ¿Alguien apuesta por cuatro?Esto pretendo con esta manera de contar una historia por entregas: que os metáis en la historia y tratéis de adivinar el camino por el que discurrirá. Os prometo un final novedoso…pero hasta entonces dad forma a la historia en vuestro corazón según os gustaría que terminase. Espero que alguno acierte. Yo creo que alguno que me sé lo hará.Un abrazo muy cariñoso para todos, sin excepción y, por favor, no dejéis de soñar y de ser felices.José Ramón.
SULTANA (capítulo tercero)
Nadie sabía el porqué del sobrenombre de Raquel, Sultana, pero muchos lo atribuían a que su abuelo formó parte de la corte del último Sultán y fue hombre de confianza de la Sultana. Su hijo, el padre de Sultana, también residió en el entorno de la corte, pero en el área de la seguridad personal del Sultán: cualquier movimiento que fuese a hacer aquél debía ser antes comprobado y asegurado por el equipo encargado de su seguridad. Él, el padre de Raquel, conocía perfectamente todos los entresijos de la alcazaba, incluso algunos desconocidos por los más antiguos residentes pertenecientes a la dinastía reinante. Los años hicieron que tanto el abuelo como el padre abandonasen la corte buscando un lugar más cómodo y tranquilo para dejarse abrazar por el plácido retiro alejado del frenesí de la vida de intrigas, peligros, tramas, celos y envidias y no sé qué más de lo relacionado con las miserias humanas. Ambos conocían la alcazaba defensiva; aquella que no se veía y discurría entre jardines, estancias, muros, sótanos, falsos techos, etc. Esa alcazaba que se recorría cuando las cosas se ponían feas para el Sultán de turno.Muchas noches, al abrigo de la luz que desprendía el hogar cuando se retiraba de él la olla con la cena, les gustaba a ambos contar historias palaciegas. Muchas veces, casi todas, Sultana era la que suplicaba tener estos momentos de tertulia y disfrutaba mucho al oírles contar historias de otros tiempos. Se quedaba embobada y no perdía detalle. Preguntaba y preguntaba; deseaba tanto el haber tenido la posibilidad de vivir entre aquellos muros. Su condición de cristiana era un obstáculo insalvable. A veces se ponía tan pesada que su abuelo no tenía más remedio que concederle el conocer algún que otro secreto palaciego para, así, “librarse” de ella y poderse ir a descansar. Todo, Sultana, lo guardaba en su cabeza y lo revivía cuando, por su ventana, veía las imponentes murallas de la alcazaba que se alzaban sobre el pueblo. Algún día entraré, se decía sin querer saber que si era vista en su interior probablemente sería encarcelada en las mazmorras de las que nadie salió nunca para contar qué vida “disfrutaba” en su interior.— ¡Bueno, niños, hasta mañana y no dejéis de hacer los deberes que mañana los corregiremos todos juntos! —así daba por finalizada la clase de ese día. Pronto sonarían las campanadas anunciando el almuerzo.Kamil, llevaba ya dos años a cargo de tan noble ocupación heredada de su padre, respetado campanero oficial de palacio que, a su vez, lo heredó de su padre, también. Ambos, padre y abuelo, gozaron de la consideración del resto de la corte que concedió que Kamil pudiese asumir tan importante responsabilidad por la que se regía la vida de la comarca. Pero, él, no se veía tocando la campana hasta que le llegase la jubilación. Sí, su cometido era importante, muy importante, pero…qué le perdonasen pero es que no se veía unos treinta años más, como poco, haciendo esto mismo todos los días. Sí, todos los días pensaba lo mismo. Él sabía que, en cierto modo, se vio obligado a aceptar el cargo. A ver cuándo te haces cargo de los toques tú, que ya tienes edad, le decían unos; ya es hora que tu padre descanse y tomes tú el relevo, le decían otros. ¡Pues ya! Ya estaba él a cargo de los toques…y no veía el momento de salir de allí aunque era consciente de que su misión era importante y quería cumplir como lo hicieron sus antecesores. Lo uno no quitaba lo otro.SULTANA (capítulo tercero)
En ello estaba mientras, parsimoniosamente, se dirigía hacia la Torre de la Alerta. Tenía hambre y pocas ganas de subir tantos escalones, pero debía cumplir su misión. Quedaban unos minutos todavía para hacer sonar la campana y anunciar el almuerzo.Ya en la Torre, disfrutaba del paisaje que desde allí se divisaba y que, aunque muy conocido, no dejaba de atraparle. Se solía apoyar sobre los muros de ladrillos. Eran bastante anchos, de unos cincuenta centímetros y ya habían perdido sus almenas defensivas que su trabajo hicieron en tiempos lejanos de guerras y asaltos. Los terremotos frecuentes de la zona se encargaron de ello. La torre tenía un semblante más amable así. A él también le gustaba esa faz exterior. La interior también. La brisa venía más caliente que otras veces. No se oía nada. Algún que otro mirlo se dejaba ver volando más bajo de lo que él estaba. No había nubes y el Sol, por eso, seguro, no quería castigar. Allí, Kamil, dejaba volar su imaginación. La brisa, caliente, pero muy reconfortante tras el esfuerzo de la subida a la torre. Se ve bonito el pueblo desde aquí, siempre pensaba lo mismo.Una pena que en aquella época no tuviese unas gafas oscuras que le permitiese esquivar la luz refleja de sol. Las paredes de las casitas del pueblo eran tan blancas que se hacía casi imposible, a esa hora, el fijar demasiado la vista en ellas. Pero a él le gustaba escudriñarlas; averiguar cómo era la vida en cada una de ellas; poder sentarse en el lavadero, que desde allí casi no se distinguía, y oír todo lo que sin orden aparente tenían que contarse las mujeres que se afanaban en dar una soberana paliza a los ropas que llevaban para lavar. Le llamaba mucho la atención la madrasa del pueblo…¡qué ejemplo de convivencia entre culturas y religiones! Me gustaría ver por un agujero cómo se las arregla la guapa Sultana con tanto chiquillo, pensaba ensimismado imaginándola…sí, trabajando…pero sobre todo a ella…La brisa seguía caliente y la luz reflejada en las paredes de las casas no perdía su intensidad…¡Jo, casi se me pasa la hora! Pegó un respingo parecido al que pegaría si, de repente, descubriese una rata entre sus pies. El pequeño reloj a los pies del muro de la campana ya casi le gritaba ¡toca ya que paso de hora! “Clon, Clon” A tiempo, como siempre…por suerte. Ahora el ritual de siempre. Parecía más una liturgia que una rutina tediosa: el lacre azul sobre la llama y la presión sobre la tablilla en el lugar adecuado…antes de apretar, con el lacre humeante en la mano, miró súbitamente para atrás, como queriendo pillar por sorpresa a alguien…Alguien le observaba, seguro…pensó. Hacía tiempo, sin embargo, que no había vuelto a ver la señal cordiforme roja…pero la sensación de estar siendo observado no había desaparecido. Seguro que es ella…pensó…¿deseó?Apretó la barrita azul sobre la tablilla y salió del recinto de la torre. Ya tenía demasiada hambre.
CONTINUARÁ…….

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