
Hay una carrera en marcha que casi nadie está siguiendo y que podría afectarte más que cualquier filtración de datos que hayas leído en los titulares. Se llama criptografía cuántica y seguridad, y su premisa es tan sencilla como inquietante: los sistemas que hoy protegen tus contraseñas, tus transferencias bancarias y tus mensajes privados fueron diseñados para un mundo en el que ciertos cálculos eran imposibles. Los ordenadores cuánticos podrían hacer esos cálculos. Y si lo consiguen, todo lo que creías seguro dejará de serlo.
Por qué la criptografía actual funciona (y por qué eso es un problema)
Para entender el riesgo, primero hay que entender el truco. La mayor parte de la criptografía moderna descansa sobre un principio matemático elegante: factorizar números grandes es extraordinariamente difícil. Toma dos números primos enormes, multiplícalos, y obtendrás un producto que ningún ordenador convencional puede descomponer en tiempo razonable.
Ese principio es la base de RSA, uno de los algoritmos de cifrado más usados del mundo. También sustenta buena parte de la infraestructura que protege el protocolo HTTPS, las firmas digitales, los certificados de seguridad y las comunicaciones cifradas de extremo a extremo.
El problema es que ese truco funciona gracias a las limitaciones del hardware actual. Un ordenador clásico tiene que probar opciones de forma más o menos secuencial. Un ordenador cuántico, en teoría, puede explorar múltiples estados al mismo tiempo gracias a la superposición cuántica. Y para ciertas operaciones matemáticas —exactamente las que sustentan el cifrado actual— eso lo cambia todo.
En 1994, el matemático Peter Shor demostró que un ordenador cuántico suficientemente potente podría factorizar esos números grandes de forma eficiente. El algoritmo de Shor es, en esencia, una llave maestra teórica para la mayoría de los sistemas criptográficos actuales. Solo falta la cerradura: un ordenador cuántico con suficientes cúbits estables para ejecutarlo.
¿Cuándo llega ese ordenador? La pregunta que nadie puede responder
Aquí es donde el terreno se vuelve más resbaladizo. Los ordenadores cuánticos existen hoy, pero están muy lejos de ser la amenaza que describe el párrafo anterior. El modelo actual, al que se le llama NISQ (Noisy Intermediate-Scale Quantum), trabaja con cúbits inestables, propensos a errores y difíciles de escalar.
Google afirmó en 2019 haber alcanzado la «supremacía cuántica» resolviendo un problema específico más rápido que cualquier supercomputador clásico. IBM y otros laboratorios han conseguido hitos similares. Pero ninguno de esos logros tiene aplicación directa a romper cifrados reales. Los expertos estiman que un ordenador cuántico capaz de amenazar RSA necesitaría millones de cúbits físicos estables, y los mejores sistemas actuales apenas superan los miles.
Entonces, ¿en cuánto tiempo? Las estimaciones oscilan entre diez y treinta años, aunque hay investigadores que apuntan a plazos más cortos y otros que lo consideran una amenaza todavía muy lejana. Lo que sí hay es consenso en algo: no sabemos con precisión cuándo llegará, pero sí sabemos que llegar llegará.
Y ese «no sabemos cuándo» es exactamente el problema. Igual que ocurre con las ciudades que no saben cuándo se inundarán pero sí saben que se inundarán, prepararse antes de que ocurra es infinitamente más barato que reaccionar después.
El ataque «cosecha ahora, descifra después»
Hay un vector de amenaza que la mayoría de la gente no está considerando y que ya está ocurriendo. Se llama «harvest now, decrypt later», o en español: cosecha ahora, descifra después.
La lógica es simple y aterradora. Si un actor —un Estado, un grupo de inteligencia, una organización criminal con recursos— está recopilando hoy tráfico cifrado con la intención de descifrarlo cuando los ordenadores cuánticos sean suficientemente potentes, entonces los datos que transmites ahora mismo ya están en riesgo futuro. No importa que hoy el cifrado sea irrompible. Lo que importa es si seguirá siéndolo dentro de quince años.
¿Es esto ciencia ficción? No exactamente. Documentos filtrados por Edward Snowden ya mencionaban programas de la NSA orientados a descifrar comunicaciones cifradas a largo plazo. La comunidad de inteligencia lleva tiempo pensando en estos horizontes temporales. Y los datos más sensibles —secretos de Estado, propiedad intelectual, información médica— tienen una vida útil que bien puede superar el tiempo que queda hasta que los ordenadores cuánticos maduren.
Esto encaja directamente con algo que ya exploramos al hablar de quién tiene acceso a los datos más íntimos que generas: el problema no es solo quién los tiene hoy, sino qué podrá hacer con ellos mañana.
La carrera armamentística invisible
Mientras la amenaza se cocina a fuego lento, los gobiernos y las organizaciones de estándares llevan años preparándose. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos (NIST) completó en 2024 la primera fase de estandarización de algoritmos postcuánticos: sistemas de cifrado diseñados para resistir ataques de ordenadores cuánticos.
Los algoritmos seleccionados —entre ellos CRYSTALS-Kyber para intercambio de claves y CRYSTALS-Dilithium para firmas digitales— no dependen de la factorización de números primos, sino de problemas matemáticos distintos, relacionados con retículos algebraicos, que se cree que son difíciles tanto para ordenadores clásicos como para cuánticos.
Ese «se cree» importa. Nadie puede garantizar con total certeza que esos nuevos algoritmos sean invulnerables. La historia de la criptografía está llena de sistemas que parecían inatacables hasta que alguien encontró la grieta. La criptografía postcuántica no es una solución definitiva, sino la mejor apuesta disponible con el conocimiento actual.
Paralelamente, hay investigación activa en otro frente: la criptografía cuántica propiamente dicha, que no es lo mismo que la criptografía postcuántica. La primera usa principios de la física cuántica para crear canales de comunicación teóricamente inviolables. La más conocida es la distribución cuántica de claves (QKD), que detecta cualquier intento de interceptación porque observar un sistema cuántico lo altera inevitablemente.
China lleva años invirtiendo masivamente en esta tecnología. En 2016 lanzó el satélite Micius, capaz de transmitir claves cuánticas desde el espacio. Europa y Estados Unidos han acelerado sus propios programas. Se está construyendo, literalmente, una nueva infraestructura de seguridad global, aunque el acceso a ella no será democrático ni inmediato.
¿Qué significa esto para el ciudadano de a pie?
Llegados aquí, la pregunta inevitable es: ¿debería preocuparme yo? La respuesta honesta es que, a corto plazo, probablemente no de forma urgente. La amenaza cuántica al cifrado cotidiano —el de tu aplicación de banca o tus mensajes— no es inminente.
Pero hay matices. Si manejas información sensible con un horizonte temporal largo —datos médicos, información legal, comunicaciones con valor estratégico—, el riesgo del ataque de cosecha ya es real. Y aunque tú no lo hagas, las empresas y organismos públicos que guardan tus datos sí deberían estar pensando en esto ahora mismo.
El problema es que la transición a algoritmos postcuánticos es un proceso lento, costoso y lleno de fricciones. Actualizar la infraestructura criptográfica de un banco, un hospital o una administración pública no es como instalar una actualización de software en tu teléfono. Requiere años de planificación, pruebas y sustitución de sistemas. Y muchas organizaciones están empezando muy tarde.
Es la misma lógica que hay detrás de la batalla contra la obsolescencia tecnológica: las infraestructuras digitales tienen una inercia enorme, y cuando el mundo cambia rápido, los sistemas lentos quedan expuestos.
Las teorías más extremas: lo que circula y lo que se puede contrastar
En los círculos más especulativos —y conviene distinguirlo claramente— hay quien sostiene que ciertos gobiernos ya disponen de ordenadores cuánticos funcionales capaces de romper el cifrado actual, y que simplemente no lo han hecho público. La versión más elaborada de esta teoría apunta a la NSA o a agencias de inteligencia chinas como poseedoras de tecnología cuántica clasificada muy por delante del estado del arte público.
¿Es posible? Técnicamente, no puede descartarse una brecha entre lo que se publica y lo que existe en laboratorios clasificados. Históricamente, hay precedentes: los servicios de inteligencia occidentales rompieron el cifrado Enigma durante décadas sin revelarlo. El secreto tecnológico en defensa es real.
Sin embargo, lo que sí puede decirse con fundamento es que no hay evidencia verificable de que eso esté ocurriendo hoy con la criptografía cuántica. Los físicos que trabajan en estos sistemas —muchos de ellos en instituciones académicas con alta visibilidad— tienden a coincidir en que los saltos necesarios son todavía considerables. Que exista tecnología clasificada capaz de romper RSA hoy mismo es, a día de hoy, hipótesis sin respaldo documental.
Dicho esto, el escepticismo sistemático también tiene sus límites. La comunidad científica ha aprendido a no subestimar la velocidad a la que pueden producirse avances cuando hay recursos casi ilimitados y motivaciones geopolíticas de primer orden.
Esta dinámica de opacidad y poder recuerda, en cierta forma, a los mercados que operan en la sombra y que afectan a decisiones que tomamos sin saberlo: la mayor parte del tablero no es visible para quien debería estarlo.
Qué está haciendo la industria (y lo que no está haciendo)
Google, Apple, Signal y algunos navegadores ya han comenzado a implementar componentes postcuánticos en sus protocolos de seguridad. Chrome, por ejemplo, introdujo soporte experimental para algoritmos postcuánticos en el cifrado TLS. Signal anunció en 2023 una actualización de su protocolo para incluir capas de protección cuántica.
Estas son buenas noticias. Pero el ritmo es desigual. Los grandes actores tecnológicos se están moviendo; el tejido de infraestructuras críticas, mucho menos. Sistemas de control industrial, redes eléctricas, infraestructuras hospitalarias: muchos de ellos utilizan software antiguo con dependencias criptográficas que no se actualizan en años.
Hay también una dimensión geopolítica que no puede ignorarse. La transición a criptografía postcuántica no ocurrirá al mismo ritmo en todos los países. Las naciones con mayor capacidad tecnológica y recursos harán la transición antes. Las brechas de seguridad entre países ricos y pobres podrían ensancharse significativamente en la era cuántica.
Es una dimensión que comparte lógica con lo que ya vimos al explorar cómo internet se fragmenta según quien tiene el poder: la red no es neutral, y la seguridad digital tampoco lo será.
Entretanto, la estandarización postcuántica también abre nuevas preguntas sobre quién controla los algoritmos que usará el mundo. El hecho de que el NIST —una institución estadounidense— sea quien define los nuevos estándares globales no es irrelevante en un contexto de tensión geopolítica. China ha desarrollado sus propios estándares postcuánticos de forma paralela. El cifrado está convirtiéndose en terreno de disputa soberana.
El tiempo entre saber y actuar
Uno de los patrones más documentados en la historia de la tecnología es la brecha entre el momento en que se identifica un riesgo y el momento en que se actúa colectivamente sobre él. El cambio climático, la desinformación, la privacidad de los datos: el conocimiento llegó antes que la respuesta.
Con la amenaza cuántica al cifrado, ese patrón se repite. La comunidad científica lleva décadas señalando el problema. Los marcos regulatorios empiezan a moverse. Pero la implementación real, a escala, todavía está en sus primeras etapas.
La pregunta no es solo si los ordenadores cuánticos podrán romper el cifrado actual. La pregunta más difícil es si el tiempo que queda será suficiente para que los sistemas críticos migren a tiempo. Y la respuesta depende en buena medida de decisiones que se están tomando —o dejando de tomar— ahora mismo, con poca visibilidad pública y mucha presión de corto plazo.
Esto es especialmente relevante en un contexto donde la tecnología avanza más deprisa que nuestra capacidad de regularla, adaptarla y comprenderla. No es muy diferente de lo que ocurre con las infraestructuras digitales urbanas, donde la velocidad de despliegue supera sistemáticamente a la de la reflexión.
¿Estamos construyendo la cerradura mientras alguien ya fabrica la llave?
La transición postcuántica es, en muchos sentidos, un ejercicio de arquitectura del futuro bajo incertidumbre radical. No sabemos exactamente cuándo llegará la amenaza. No sabemos con certeza si los nuevos algoritmos aguantarán. No sabemos qué tecnología clasificada existe ya en laboratorios que el público no ve.
Lo que sí sabemos es que los sistemas de cifrado que usas hoy —los que protegen tus contraseñas, tu historial médico, tus conversaciones— fueron diseñados en una era en la que ciertas preguntas matemáticas eran, a efectos prácticos, imposibles de responder. Esa imposibilidad tiene fecha de caducidad. Y prepararse para el día después de esa fecha requiere decisiones colectivas que no suelen brillar en los titulares.
Quizás la pregunta más interesante no es técnica, sino política: en un mundo donde la confianza digital se está rediseñando desde la base, ¿quién va a decidir cómo se protegen los datos de todos? ¿Los gobiernos, las empresas tecnológicas, los organismos de estándares? ¿Y con qué mecanismos de supervisión democrática?
La criptografía siempre ha sido una conversación entre quienes quieren mantener secretos y quienes quieren romperlos. Lo que cambia ahora es que los instrumentos disponibles para ambos bandos están a punto de dar un salto sin precedentes. Y la pregunta de a qué lado del muro estará el ciudadano ordinario sigue, por el momento, sin respuesta clara.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la criptografía postcuántica y en qué se diferencia de la cuántica?
Son dos cosas distintas. La criptografía postcuántica desarrolla algoritmos matemáticos diseñados para resistir ataques de ordenadores cuánticos, y se ejecuta en hardware convencional. La criptografía cuántica, en cambio, usa principios de la física cuántica para crear canales de comunicación seguros. La primera está más cerca de implementarse a gran escala; la segunda es más robusta en teoría, pero requiere infraestructura especializada.
¿Debería preocuparme por la seguridad de mis datos personales ahora mismo?
A corto plazo, la amenaza cuántica directa sobre usuarios individuales no es inminente. Sin embargo, si tus datos son especialmente sensibles o tienen valor a largo plazo, el riesgo del ataque de «cosecha ahora, descifra después» ya es real. Lo más prudente es usar aplicaciones que ya estén adoptando protocolos postcuánticos y mantener el software actualizado.
¿Es cierto que algunos gobiernos ya tienen ordenadores cuánticos capaces de romper el cifrado actual?
No hay evidencia verificable de que eso sea así. Es una hipótesis que circula, y aunque la brecha entre tecnología clasificada y pública ha existido históricamente, los expertos que trabajan en el campo consideran que los avances necesarios son todavía considerables. Tratarlo como hecho sería especulación sin respaldo documental.
¿Cuándo tendrán que actualizar los bancos y hospitales sus sistemas de cifrado?
Ya deberían estar planificándolo. El NIST finalizó en 2024 los primeros estándares postcuánticos, y los organismos de ciberseguridad de varios países recomiendan iniciar la migración cuanto antes. La transición es larga y compleja, y las organizaciones que esperen a que la amenaza sea inmediata probablemente lleguen tarde.
¿Qué puedo hacer como usuario para protegerme?
Usar aplicaciones que ya implementen capas postcuánticas, como las versiones recientes de Signal o navegadores actualizados. Cambiar contraseñas con regularidad, activar la autenticación de dos factores y ser consciente de qué datos compartes y con quién. La protección cuántica individual depende en gran medida de decisiones que toman las plataformas, no el usuario final.
