Revista Psicología

Tempus fugit

Por Rms @roxymusic8

Cuando iniciaba los días de verano mi mente no paraba de decirme que iba a pasarse rápido, era una ligera intuición al ver la agenda. Así se lo comentaba a quien me preguntara cómo lo iba a emplear. Decidí que debía vivirlo intensamente estando presente en cada experiencia. Y es que tener un verano marcado por eventos hace que se vaya de una cosa a otra rápidamente, el ritmo lo marca cada actividad, plan y visita; y uno no tiene más remedio que pasar por ello. ¡No me equivoqué! A las puertas de un curso nuevo, del mes de septiembre y de todo lo que esto conlleva, me paro ante esta hoja en blanco queriendo llenarla de una reflexión hecha experiencia desde esos primeros días de verano hasta hoy, treinta y uno de agosto (intuyo que a más de uno le habrá dado un vuelco al corazón al percatarse de que estamos en este día).

Volviendo a ese vivirlo intensamente, recuerdo la primera vez que escuché, más bien, leí decir " vivir intensamente el presente" fue de la mano de Luigi Giussani, del movimiento Comunión y Liberación. Me llamó la atención esta frase porque me parece preciosa y porque justo daba con las palabras adecuadas para tener la actitud que más ayuda a enfocar la vida, nuestro día a día. Es una frase que personalmente me ayuda a reenfocarme. Me encantó ese vivir, porque de eso se trata, ¡de vivir! (como leí en un poema recientemente: "Vive, joder. Vive"). Nada de soportar, resignarse, sobrevivir, tratar de, intentar... No, vivir. Con todas sus letras. Pero, ¿cómo? Y ahí la siguiente palabra: intensamente. Conscientemente, degustando todo lo que la realidad nos regala. Alguno quizá lo ponga en duda e incluso piense que esto es imposible. Claro, de primeras no nos sale, requiere un entrenamiento cada día. Pero posible es. Se empieza por ser consciente de uno mismo, de los demás y de la realidad que nos rodea. Se sigue dejando que todo pase por uno mismo y degustando ese "ser parte de". No siempre es fácil porque las propias emociones entran en juego, el proceso personal de madurez de cada uno no está en su plenitud y los demás y las mismas circunstancias nos influyen.

Sigo con la siguiente palabra: el presente. Nuestro hoy, nuestro ahora. Es decir, lo que estemos viviendo hoy, ahora. No es estar mentalmente en el pasado ni fantaseando con el futuro. No. Es estar justo en lo que se esté. Me viene ahora la frase de San Josemaría de "haz lo que debas y está en lo que haces" porque creo que habla de lo que quiero expresar. Sobre todo con lo de estar en lo que se esté haciendo: implicando toda nuestra persona en la medida de lo posible. Si es escuchando a nuestra madre, si es haciendo un trabajo concreto, si es leyendo un cuento a nuestro hijo o si es paseando con un amigo. Estar. Pero estar conscientemente. Porque podemos estar presente con nuestro cuerpo, pero nuestra mente estar en otro lugar o vivencia. ¿Cuántas veces nos ha pasado esto? No nos son suficientes los dedos de nuestras manos (ni de nuestros pies, ¿verdad?). Somos limitados. Es una verdad que es bueno no olvidar porque nos devuelve la paz cuando las cosas no salen como querríamos. Quizá el equilibrio esté en estas dos frases, a saber, vivir intensamente el presente sabiéndonos limitados. Porque a todo no llegamos, ni estamos siempre con el ánimo adecuado para ello.

Entonces, ¿qué tiene que ver todo esto con los días de verano que llevo vividos? Un poco. Bastante. Mucho... Todo. Ha marcado la diferencia. Y esto ya es toda una victoria porque podrían haber sido días acumulados sin más: sin nada de repercusión en mi vida; días que tenía que vivir y estar sólo haciendo, haciendo y haciendo: sin ver más allá del servicio o dentro de ese servir; días que me exprimieran como un limón llamado al desgaste y al cansancio: sin la oportunidad de degustar esa donación... Pero, esos días finalmente han sido únicos por ese enfoque de vivirlos intensamente en el momento que acontecían ya sea sola o acompañada, en una actividad o rezando, en mi propio país o en uno ajeno. A veces sólo el recordarte que algo tiene un final, que esas vacaciones o esa experiencia se terminarán en un día concreto, te hace valorar lo que estás viviendo. ¡Pero no quita que finalicen! Es cierto, pero lo que vengo yo a reflexionar es cómo todo eso vivido puede dejar un buen gusto, dibujar una sonrisa en tu cara, sea algo por lo que dar gracias y quieras guardarlo en el corazón. Eso vivido puede pasar a ser parte de tu historia, de tu vida, de ese construir tu persona.

Quiero ir un poco más lejos, ¿qué nos permite vivir intensamente el presente? Me viene otra frase de San Josemaría que da título a una de sus homilías: "amar al mundo apasionadamente" (perdonad, hoy estoy con las citas que da gusto, pero es porque reflejan lo que quiero compartir). Ésta, como la de Giuss, me parece que provoca mucho y también tiene su belleza. Contestando a la pregunta diría el amor. Pero no un amor humano, no. Me refiero a un amor que nos transciende. Sí, hablo del amor de Dios. Yo no puedo amar las cosas del mundo y a las personas que lo forman por mí misma. Lo tengo comprobado, llego más y mejor con ese amor de Dios que decido recibir y que me permite poder amar en profundidad, así, apasionadamente e intensamente. Quizá penséis que todo esto es cursi, descabellado o que no tiene nada que ver. Si sigo pensando en los días de verano que llevo vividos, ese amor es el que me ha ayudado a ver el porqué de las cosas en las que he participado, el para qué las he hecho y por quién he decido hacer lo que hice y estar en lo que estuve, así: intensamente y apasionadamente aun el cansancio, aun esa limitación personal, aun mi condición humana. ¡Y es una pasada! Ese amor de Dios transforma, hace nuevas todas las cosas. Y, lo más importante, responde a las exigencias de nuestro corazón, hace que todo lo que vivamos se corresponda con nuestros anhelos más profundos.


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