
Pero Patria es una novela, no un ensayo, y Aramburu es un narrador, no un sermoneador. Patria es una novela-río de lectura absorbente, al estilo decimonónico, llena de drama y emoción, habitada por personajes próximos y admirablemente bien dibujados. Las dos madres en torno a las cuales se estructura le sirven a su autor para retratar las dos caras, tan indisociablemente unidas como las de una moneda, de la sociedad vasca, tan cohesionada en torno a los valores tradicionales, donde el hijo que se hace etarra y comete delitos de sangre se convierte en un héroe, pero al hijo que asume su homosexualidad se le repudia como a un traidor. Esa sociedad que fue el terreno fértil en el que floreció la justificación de la violencia, el acoso al desafecto (o, simplemente, al sospechoso), el culto al héroe (llama la atención la presencia constante y el culto a los retratos de los etarras caídos o encarcelados, el miedo a significarse no participando en las manifestaciones, el papel de comisariado político que ejercían las Erriko Tabernas, el papel socializador que para los jóvenes suponía la pertenencia a las cuadrillas que allí se iban a tomar copas). En los aspectos formales, la novela también es deslumbrante. Aramburu multiplica las voces narrativas, pasando el foco de un personaje a otro, sin dar preferencia a ninguno. No respeta (sin que ello provoque confusión alguna en el lector) la linealidad del relato: el eje central del mismo es el asesinato del Txato, un pequeño empresario de transportes al que ETA manda asesinar para dar un escarmiento, porque se niega a pagar el impuesto revolucionario, y alrededor de ese suceso, hacia atrás y hacia delante, se desarrollan las historias de los demás: las de su esposa, sus hijos, su amigo y la mujer de éste, amiga de su esposa, y los hijos de éstos, uno de los cuales será el etarra que, quizá, apretó el gatillo. Los capítulos son breves, autoconclusivos, como pequeños relatos independientes que toman otro sentido leídos en conjunto, con diálogos en los que se recurre al castellano coloquial que se usa en Euskadi, en el que los verbos en pretérito imperfecto de subjuntivo se sustituyen por su forma condicional, en descripciones en las que, para expresar la dualidad de pensamiento de los personajes, los conceptos se desdoblan en dos sentidos separados por una barra: “presentía/deseaba”, “estaba todo hablado/roto”, “se indignó/inquietó”. Hay novelas que definen un lugar y una época; en la literatura norteamericana eso se ha institucionalizado en la llamada Gran Novela Americana. Patria es, en ese sentido, la Gran Novela Vasca. Algún día los que quieran entender el Euskadi de esa época tendrán que recurrir a ella como los que quieren entender la sociedad española de los años del pelotazo deberían recurrir a Crematorio, de Rafael Chirbes, los que quieran entender la Francia de la segunda mitad del siglo XIX deberían recurrir a Los Miserables, de Víctor Hugo, o los que quieran entender la Rusia presoviética deberían leer Guerra y Paz, de Tolstoi. No es la primera vez que un vasco escribe una novela sobre el “conflicto” (con muy marcadas comillas) vasco; pero siempre, hasta ahora, se le daba el protagonismo al etarra, aunque fuera un etarra arrepentido como el de Y Dios en la última playa, de Cristóbal Zaragoza. En Patria también hay un etarra arrepentido, pero no es el protagonista, es uno más, y su historia, una de las muchas facetas del conjunto. Aramburu ha sido el primero que ha contado la historia desde el lado de las víctimas.