DifusiónEscrito por Ana Lucía Alva
“Nunca había escuchado tanto a alguien y cuando pude hablar le conté una historia y pensó que era más triste que la suya. Lloró también por mí.”
Llegó el sábado por la noche y en un festival de la ciudad proyectaban una película cuyo recorrido había seguido desde hacía mucho tiempo. No solo porque era cine argentino, mi favorito, ni por haber vivido años en Buenos Aires durante la gran lucha por la despenalización del aborto. La seguía porque era importante. Porque me movía. Porque traía a la mesa un tema necesario. Porque no podía evitar sentir impotencia, escalofríos y curiosidad al pensar en ella, en lo que contaba y en aquello que intentaba polinizar.
Belén (2025), dirigida por Dolores Fonzi y protagonizada por Camila Pláate, reconstruye el caso de una joven de 24 años que en 2014 llega a un hospital de Tucumán con un fuerte dolor abdominal y sufre un aborto espontáneo. Allí comienza una cadena de sospechas que termina convirtiendo su dolor en una acusación: es señalada por haberse provocado un aborto, detenida y condenada a ocho años de prisión.
Pensar en una situación así ya me descoloca, me entristece y me indigna. Por eso es importante verla, pensé. Por esto y por mucho más, todos deberíamos verla, me repetía conforme pasaba por distintos festivales del mundo.
En su segundo largometraje, la directora toma las reglas del género para desarmar, paso por paso, un sistema cuyo funcionamiento conocemos demasiado bien. Como espectadores convivimos con el ahogo, la espera y el cuestionamiento, ¿cómo es posible? Sin embargo, la pregunta debería ser, ¿cómo va a dejar de ser posible si no hacemos nada a cambio?
La película avanza entre interrogatorios, pasillos y documentos, demostrando algo sistemático, y difícil de decodificar a primera linea: la burocracia también puede ser una forma de violencia. Es como si la cámara acompañara el camino, el proceso y la indignación. Hay planos contundentes y contenidos; largos planos secuencia que parecen estirar el tiempo hasta volverlo pesado.

El film está basado en hechos reales y tiene como uno de sus personajes centrales a Soledad Deza, la abogada feminista que asumió el caso. Y quizás ahí esté una de las decisiones más inteligentes de Fonzi: entender que para contar una injusticia no basta con mostrar a quien la padece. También hay que mostrar qué sucede cuando otras personas deciden no mirar hacia otro lado.
La defensa de Belén deja de ser únicamente un caso judicial, incluso deja de ser una película en si. Empieza a hablar de muchas otras. De las que tuvieron miedo. De las que no pudieron hablar. De las que fueron juzgadas. De las que tuvieron que explicar su propio dolor para ser creídas. Y, de las que no pudieron salir de ello con vida.
“Todas somos Belén”. Resonaba en mi cabeza cada tanto.
La consigna que atravesó las calles durante la ola verde aparece entonces con otro peso. Entender que aquello que le ocurre a una mujer puede estar sostenido por una estructura que, de distintas maneras, también nos alcanza a cada una de nosotras.
Todas somos Belén no porque todas seamos iguales, sino porque ninguna debería estar a salvo de la empatía.
Faltaban pocos minutos para que terminara y yo estaba molesta. Quizás era la emoción que mi cuerpo había conseguido acumular después de casi dos horas de injusticia. Pero también había otra cosa: la imagen de tanta gente uniéndose para defender a una mujer que ni siquiera conocían. La rabia convertida en organización. La tristeza convertida en movimiento.
Es ahí justamente, cuando las emociones estaban dominando mi pensar, que la obra recurre al archivo fotográfico. Las imágenes reales de la lucha aparecen sobre la ficción y, por un momento, la película deja de reconstruir una historia para recordarme que esta realmente ocurrió. Que Belén existió. Que las calles se llenaron. Que hubo cuerpos, pañuelos, rostros y una lucha que fue también la de muchas otras. Que hubo quienes pusieran el cuerpo para que otras pudieran tener una posibilidad distinta.

La película terminó y como siempre, me quedé a ver los créditos, analizando el diseño de producción y los colegas del crew. Mientras todos salían de la sala, yo miraba atontada los nombres pasar por la pantalla y, pensaba netamente en una idea, en un grupo de palabras: “La historia nunca avanza sola”.
Tal vez fui a ver Belén esperando encontrarme con una película independiente en su sentido más autoral. Algo más extraño, más radical, más preocupado por romper las formas conocidas del cine. Pero creo que Dolores Fonzi tuvo la inteligencia de hacer exactamente lo contrario.
Construye una película para todos. Toma elementos reconocibles del policial, incorpora momentos de comedia, crea personajes cercanos y sostiene una narración ágil. No pretende reinventar el género. Su apuesta está en otro lugar: hacer que una historia que podría sentirse ajena se vuelva imposible de ignorar.
Y quizás ahí, esté su mayor gesto político.
El cine no siempre consigue cambiar aquello que denuncia. Pero a veces consigue algo anterior: consigue que miremos.
No porque todas hayamos vivido su historia, sino porque ninguna debería tener que vivirla otra vez.
