Revista Cultura y Ocio

Todo es de color

Por Calvodemora
Todo es de color
No dudo que estemos en los límites absolutos de la abstracción, ni que algunos, al ver Untitled (Yellow and blue), el cuadro que cuelgan los dos operarios, o Orange, red and yellow, la segunda fotografía, la de la señora pasando inadvertidamente frente a la obra, piensen en Rothko como un genio absoluto de la pintura del siglo XX. Al final va a ser verdad que lo etéreo emana o que el nihilismo transpira como un atleta de maratón en el tramo final o que el drama humano se exhibe con absoluta y descarnada fiereza. Soy capaz de prestar toda la atención de la que dispongo y escuchar lo que me cuenten sobre este cuadro famoso. No se me ocurre que mi ignorancia interrumpa a quien me esté ilustrando con alguna ocurrencia jocosa, del tipo mi hijo era capaz de hacer eso en cuarto de primaria. De llevar yo razón, no se habría vendido en una subasta en Sotheby's por 46,5 millones de dólares. De verdad que no soy enemigo de lo abstracto; de hecho, en ocasiones, me he sentido tentado de volver a estudiar Filosofía, como antaño, cuando más joven, pero me ha disuadido la realidad, que va siempre muy rápida y no da tregua a nadie, ni siquiera a un voluntarioso aprendiz como un servidor. Tal vez no tenga la sensibilidad que el ingenio de Rothko exige a su público. Porque será público, imagino. O igual, en este rango de hondura pictórica, es otro el nombre con el que se les llama.
Todo es de color
En mi entendederas, cortas a más no poder, alcanzo a razonar que lo trascendente de esta obra no es lo pintado en sí, sino la idea de que nadie había hecho nada parecido. En el arte a veces no triunfa la belleza sino la historiografía de la belleza, una especie de acuerdo consensuado entre los críticos que hace que se privilegie el discurso que precede a la observación del cuadro más que el cuadro por sí mismo. Leo con infinito asombro que la obra de Rothko es compleja. Me informo de que era un ruso judío que anhelaba sentir la vibración del espíritu en lo que pintaba. Lector de Nietzsche, fascinado por la música sinfónica rusa del siglo XX, Rothko debió ser un tipo inteligente. Lo es sin duda el que hace que los demás inteligentes ocupen su tiempo en hablar de él y hacerlo con absoluta devoción. No hay ningún texto (de los que he ojeado) en el que el articulista decline la posibilidad de ensalzar al pintor o de rebajar la monumentalidad de su obra. Será cosa de leer más (pero no lo haré) o de ver los cuadros a un par de metros, en un museo, en donde verse los cuadros. Quizá ahí adquieran todo su incuestionable esplendor. Lampo por encontrar alguien que zanje mis contradicciones. Seguro que hay un amable lector que entiende el arte más que yo. Acabo. Rothko se suicidó en 1970. Sus obras, conforme se acercaba ese desenlace funesto, abandonaban los colores vivos y abrazaban sin disimulo los grises, los marrones, incluso negros empalidecidos. Como siga escribiendo, voy a terminar por comprenderlo todo de manera íntegra y limpia. Me van viniendo las palabras. Se me ocurren ideas que antes no vislumbraba siquiera. Creo que estoy viendo la luz. Veo la angustia, veo el conflicto, veo con imprevista claridad la armonía del cosmos y estoy dispuesto a defender mi súbita epifanía con cualquiera que la rebata.

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