Revista Cultura y Ocio

Todo queda en casa - Alice Munro

Publicado el 27 septiembre 2021 por Elpajaroverde
«Cada vez que me hallaba en el entorno familiar me acechaba un peligro. Era el peligro de ver mi vida a través de otros ojos. De verla como un creciente rollo de palabras como alambre de espino, intrincado, pasmoso, inquietante, frente a los variados productos, la comida, las flores, las prendas de punto, de la vida doméstica de las demás mujeres. Cada vez costaba más decir que valía la pena.Tal vez valiera mi pena, pero ¿y la de los otros?»

La protagonista y narradora de Los muebles de la familia se hace la anterior reflexión. Se la plantea cuando descubre que ha disgustado a alguien. Se trata de una familiar a la que de niña admiraba; una de esas personas en las que atisbamos un reflejo de cómo nos gustaría ser cuando nos hagamos adultos. La protagonista crece y ya no ve en esa familiar la imagen que le gustaría que un espejo le devolviera; es algo que también acostumbra a pasar. Sin embargo, en un encuentro casi de compromiso, surge una conversación en la que esa mujer le brinda un detalle nuevo de un suceso familiar que la atañe directamente y que nuestra protagonista ya había escuchado con anterioridad. Conocía la historia pero desconocía el detalle, el cual le da una nueva dimensión a esa anécdota. Esa nueva dimensión inspirará tiempo después un relato. Su autora lo cambiará todo, de manera que ni siquiera podría considerarse que la protagonista de ese relato sea la familiar, sino solo un personaje. Sin embargo, ahí está el detalle; ese detalle que la familiar recuerda haberle contado a la autora del relato. Al sentirse expuesta, aun convertida en personaje, supongo que le sucedió algo parecido a lo que le sucedió a la muchacha de Ayuda doméstica, la cual al sentirse reconocida íntimamente por alguien cuya atención ni siquiera deseaba, «estaba atónita, y en cierto modo avergonzada. La idea de que un asomo de mí saliera a la luz, y fuera entendido realmente, activó una alarma, del mismo modo que el hecho de que no se fijaran en mí despertaba resentimiento». La autora del relato que revela el detalle de la familiar, al saber de la incomodidad de esta, llegará a preguntarse: «¿Había tenido que defenderme ante ella, como tenía que defender mi literatura ante otras personas?»

Todo queda en casa - Alice Munro¿Habrá tenido que defender Alice Munro su literatura ante muchas personas? Eso es lo que yo me pregunto ahora que por fin me he decidido a acercarme a su literatura. Eso es lo que cabría preguntarse de la literatura de tantísimos otros escritores. No puedo afirmar que Los muebles de la familia sea un relato autobiográfico. De hecho, creo que es como ese otro relato que se escribe en sus páginas, es decir, que parte de algo real pero que todo lo demás está cambiado. Sin duda, cuando lo leo, el hecho de que su protagonista se convierta en escritora me hace pensar que puede haber algo de la propia Munro en ella, pero nada más. Sin embargo, ahora que he leído todos y cada uno de los veinticuatro cuentos que componen esta antología, creo que sí hay más. Tal vez no la historia que cuenta el relato, ni la insinuada revelación final, ni siquiera el personaje de esa familiar, pero el entorno familiar de la infancia de Munro, así como el ambiente en el que se desarrolló esa infancia, lo siento muy real. Lo siento ahora que sé de ese ambiente y de esa infancia.

No quiero dar a entender con esto que Alice Munro sea una autora de autoficción, término que ni siquiera debía de estar inventado cuando ella comenzó a escribir. Tampoco sería acertado que el que no la haya leído se quedara con la idea de que en su obra predomina el componente autobiográfico y memorialístico, pues, aunque en alguno de sus relatos se da, no es así en su mayoría. Pero, ya que estamos, voy a comenzar (más bien voy a continuar, pues comenzar ya he comenzado) por sus relatos más autobiográficos. O, más bien (vuelvo a desdecirme), voy a adentrarme en la pura ficción y presentaros a los antepasados de Alice Munro.

Quiero a Mary. Me doy cuenta de ello al poco de conocerla. Al poco de identificar este sentimiento me doy cuenta de que quiero también al resto de su familia. Quiero al cascarrabias de su padre. Quiero a la iracunda de su cuñada. Quiero a su hermano Andrew, siempre tan callado y preocupado por el bienestar de los suyos, pues siente que «esta es su carga; nunca se le ha ocurrido llamarla amor». Quiero a su otro hermano, el cual acostumbra a escabullirse de la compañía de su familia, ya que piensa que no lo tomarían en serio, para tomar nota del día a día en esa especie de diario de a bordo que está llevando a cabo. Quiero a la malcriada muchachita que conoce en esas escapadas. Me estoy dando cuenta ahora de que no he llegado a querer a ese pillastre que Mary tiene por sobrino, al cual ella sí adora e incluso idolatra. Creo que hubiera llegado a quererlo si hubiera podido conocerlo durante un poco más de tiempo. Llego a asistir a esa primera gran confusión de ese niño en el que se tambalea su arrogante seguridad infantil, pero justo ahí termina mi conocimiento y, por ello, no llego a quererlo, porque no llego a conocer del todo su vulnerabilidad. 

Los antepasados de la escritora canadiense son una familia unida en cuanto a que sus destinos están enlazados, pero cuyos miembros son unos desconocidos entre sí. Yo los quiero porque los conozco y los conozco porque su ilustre descendiente, la cual no los conoció, los ha inventado para mí y porque, probablemente, para inventarlos tuvo que proponerse quererlos aun sin conocerlos.

Todo queda en casa - Alice Munro

Al fondo, Castle Rock, sobre la que se erige el castillo de Edimburgo.
Desde allí, el patriarca de los antepasados de Alice Munro
creía divisar América. El autor de la imagen, en dominio público
y que data aproximadamente de 1855, es Thomas Keith.
Fuente: Department of Image Collections,
National Gallery of Art Library, Washington, DC

Obviamente Alice Munro no inventó a sus antepasados para mí sino para escribir su maravilloso relato La vista desde Castle Rock, en el cual ficciona la llegada por mar a costas canadienses de sus antepasados escoceses. Nada sé de todo esto cuando emprendo la lectura de este relato. Voy a ciegas, al igual que he ido en todos sus cuentos. Lo primero que me sorprende de esta vista desde Castle Rock es el cambio de ambientación; todas las historias de Munro, nacida en 1931, son contemporáneas a ella, sin embargo, esta sucede en 1818. Lo segundo que me sorprende es ese amor por los personajes que me ha provocado y que recién os he declarado. Y es que cuando llego a este cuento llevo ya la mitad leída de este mamotreto de mil páginas que es Todo queda en casa. Si os soy sincera, elegí este libro de la canadiense por indecisión. Llevaba tiempo queriendo leer a esta autora y lo iba postergando porque no conseguía decantarme por ninguno de sus libros. Así que, cuando supe de esta antología con sus veinticuatro mejores cuentos seleccionados por ella misma, supe que sería la propia autora quien decidiría por mí y ahí que me hice con un ejemplar aunque luego he tardado en leerlo. Quiero deciros con esto que, antes de querer a esa familia escocesa, ya había conocido a unos cuantos personajes de esta laureada y reconocida cuentista. Os aseguro, además, que tanto la fama como los premios recibidos por Munro, incluido el Nobel, son merecidos. Vamos, que llegaba de leer varios de sus mejores cuentos y de descifrar personajes excelentes. Valga como ejemplo la deliciosa complejidad de Enid, de El amor de una mujer generosa, relato que abre esta antología. A ninguno de esos personajes, sin embargo, los he querido, ni a ninguno de los que conozca a continuación los querré como a esa familia de migrantes, lo cual no hace a unos y a otros ni mejores ni peores. No dejaba de sorprenderme, sin embargo, cuanto de diferente había en este cuento respecto a los otros ni dejaba de producirme curiosidad cuál podría haber sido la motivación de Alice Munro para escribirlo.

Mi curiosidad la disipa la propia autora al final de La vista desde Castle Rock. Mi curiosidad ni siquiera se habría originado si hubiera leído este cuento dentro del libro de relatos en el que se publicó originariamente y con el cual comparte título. En la sinopsis de ese libro ya se menciona a los antepasados de la autora. El mismo, además, se completa con otras historias familiares que esta vez la autora sí ha vivido en primera persona. Algunas de ellas se reproducen también en el libro que nos ocupa. Se trata de Trabajar para ganarse la vida, la ya mencionada Ayuda doméstica y Mi casa. Además, El ojo y Vida querida, que cierran la presente antología, como he podido sospechar, casi asegurar en el caso del segundo de ellos, durante su lectura y he podido constatar después al acudir nuevamente al libro de relatos que los recoge originariamente, siguen esa misma estela autobiográfica (al término de esta entrada os dejo la relación de los libros de relatos originarios a los que pertenecen todos los cuentos recogidos en Todo queda en casa por si es del interés de alguno de vosotros, así como el enlace a un par de ellos que están editados de manera independiente en formato electrónico por si alguno quiere darse un caprichito por un módico precio).

Trabajar para ganarse la vida es un relato que, poco a poco, consigue emocionarme profundamente. El estilo de Munro no es, sin embargo, ni en este ni el resto de sus cuentos, para nada emotivo. Escribe desde la distancia. En este caso, además, desde la distancia que dan los años para que una mujer madura revisite su infancia y retrate a sus padres sin juzgarlos, valorando el sacrificio hecho por estos para sacar a la familia adelante y entendiendo aquello que quizás en algún momento llegó a reprocharles íntimamente pero sin manifestárselo. Creo que ese punto de observar a los padres sin reclamarles como hijos que a todos nos termina por llegar a la premio Nobel le llegó con su padre aún vivo pero con su madre ya fallecida. Me da que por ello (y esto es cosecha propia), por lo que entreveo en este Trabajar para ganarse la vida pero sobre todo en Vida querida, la autora se ha quedado con una espinita clavada respecto a su madre. Como ella misma escribe en este último relato: «Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos una y otra vez». Esto es algo que me recuerda a la sensación final que sufre la protagonista del relato de ficción Pronto respecto a su propia madre.

Esa distancia que dan los años es la misma desde la que responde el padre de Munro a sus compañeros de la fundición en la que trabaja tras cesar en el negocio de las pieles. Están en un momento de distensión charlando sobre cuál piensa cada uno que es el mejor momento de la vida y requieren su opinión. Él les sorprende aduciendo que para él es el momento presente. «Porque aún no eran viejos, contestó, aún no tenían achaques aquí y allá, pero sí edad suficiente para saber que muchas de las cosas que habrían deseado en la vida ya nunca las tendrían. Era difícil explicar cómo se podía ser feliz en esa situación, pero a veces él pensaba que así era».

Todo queda en casa - Alice Munro

King's Higway 21 - Ontario, fotografía de Doug Kerr bajo licencia CC BY-SA 2.0
Alice Munro nació en 1931 en Wingham, una pequeña población del condado de Huron perteneciente a la provincia canandiense de Ontario.
El condado de Huron y sus gentes inspiraron muchos de sus relatos.


A una reflexión parecida, no de felicidad pero sí de constatación de que lo que fuera que inconscientemente estaba esperando no se dará, llega la protagonista de Postes y vigas. En su caso se percatará a través de la mortificación y posterior alivio no exento de desencanto. Hasta entonces, «hasta este momento, no había visto con verdadera claridad que contaba con que pasaría algo, algo que le cambiaría la vida».

El tiempo es algo muy importante en la escritura de Alice Munro. Está esa distancia temporal que acabo de comentar que dan los años y que nos amplían las perspectivas sobre un mismo acontecimiento y nos permite fijarnos en los diferentes protagonistas del mismo.; lo explica muy bien la madre del novio de Grace, la protagonista de Pasión, cuando hablando con esta sobre Anna Karenina le comenta que cada vez que lo ha leído se ha ido identificando con un personaje diferente. Está también el tiempo y persona verbal que se elige para acometer una narración. Están los diferentes tiempos que se pueden dar en una historia y el orden elegido para presentarlos. Y está el tiempo a partir del cuál se decide contar una historia.

«¿Qué era lo que verdaderamente buscaba Grace cuando emprendió la expedición? Tal vez lo peor sería que consiguiera precisamente lo que buscaba: techo para refugiarse, ventanas con mosquiteras, el lago enfrente, el bálsamo de arces y cedros detrás; la conservación perfecta, el pasado intacto, cuando nada de eso podía decirse de ella. A la larga quizá sería menos hiriente encontrar algo tan venido a menos —todavía existente, pero sin importancia— como parecía ahora la casa de los Travers, con las ventanas abuhardilladas añadidas y la sorprendente pintura azul.¿Y qué habría pasado si hubiera desaparecido del todo? Estás enredándote. Si cualquiera se acerca a escucharte, lloras la pérdida. Pero quitarte de encima antiguos lastres o confusiones, ¿no te proporcionaría cierta sensación de alivio?»

Desde ese tiempo retratado en la cita anterior nos cuenta Munro la historia de Grace en Pasión. Esa pasión que la joven lleva tiempo anhelando descubrir se cristalizará por fin cuando acompañe en una escapada en coche a uno de los miembros de la familia Travers. Esa pasión se desatará, paradójicamente, sin contacto físico.

En otro coche terminará la protagonista de Amundsen acompañando a su respectivo partenaire. Sobre la pasión, esta protagonista descubrirá que «la imaginación resultó ser, a fin de cuentas, una escuela tan buena como la experiencia». No será pasión, sin embargo, lo que descubra finalmente en ese coche.

Ambos relatos, tanto Pasión como Amundesen, son magníficos y con una ambientación memorable y muy cinematográfica. Munro decide con maestría qué personajes le interesa desnudar y qué otros requieren un halo de misterio. Y es que esa cara oscura dejada a la imaginación del lector forma parte de la misma trama.

Antes de continuar adentrándome en la pura ficción de la autora canadiense, como ya he comenzado a hacer, quiero recalar primero en otro relato que, al igual que La vista desde Castle Rock, llama la atención por lo diferente que es al resto y por esa ambientación que dista tanto de aquellas otras que ha podido vivir la escritora en primera persona. Se trata de Demasiada felicidad.

Todo queda en casa - Alice Munro

Sofia Kavalevskaya, trabajo en dominio público de autor desconocido
Fuente: Institución estatal de cultura presupuestaria regional
"Museo de Costumbres Locales de Perm". POKM-18319/109.

En este relato la autora recrea la vida de la matemática Sofia Kovalevski. Si en la aventura por mar de los antepasados de Munro no puedo evitar acordarme de la conmovedora Hamnet de Maggie O'Farrell por la traslación histórica, la invención a partir de hechos reales puntuales y la empatía hacia sus personajes que también consigue la irlandesa en su novela, en Demasiada felicidad no puede evitar hacer lo propio con Un verdor terrible de Benjamín Labatut, el cual también recrea y ficciona biografías de científicos. En el caso que nos ocupa, sin embargo, la intención de Munro no es indagar en el sufrimiento que produce en su protagonista el conocimiento, tal y como hace el chileno en su más que recomendable libro. No hay espacio en el relato de la canadiense para preocupaciones filosóficas, pero sí para contar una vida digna de novelarse por diversos motivos. 
«Es terrible, piensa Sofia. Es terrible la suerte de las mujeres. Y ¿qué diría esa mujer si Sofia le hablase de las nuevas batallas, de la lucha de las mujeres por el voto y por poder trabajar en las universidades? Quizá diría: pero si no es ese el deseo de Dios. Y si Sofia le rogase librarse de aquel Dios y aguzar la mente, sin duda la miraría con cierta lástima y terquedad, y diría agotada: y entonces, sin Dios, ¿cómo vamos a aguantar esta vida?»

El anterior pensamiento asola a la matemática (la cual, por cierto, hizo sus pinitos como escritora, al igual que también hizo el padre de Alice Munro) al contemplar una escena entre una mujer y su hijo durante un viaje en tren. El anterior pensamiento me viene además muy bien para hacer inciso en dos cuasiconstantes en los relatos de la autora, como son la religión y la condición femenina.

El ya mencionado Pronto, por ejemplo, nos regala un magnífico diálogo (una discusión que se va enconando, en realidad) sobre la fe y la falta de esta. Hay también al respecto una reveladora anotación de uno de los antepasados de la autora en su ya mencionado diario de a bordo. Y el mismísimo padre de Munro, al que su propia hija consideraba, al igual que se piensa ella, poco dado a contradecir a los demás, sorprende en Mi casa al mostrar taxativamente durante una conversación con un vecino su falta de fe en Dios. La religión es considerada en todos estos casos por sus opositores como un refugio y, aunque no se manifieste en primera persona al respecto, es tentador pensar que la autora comparte dicha idea.

En cuanto al papel que se espera desempeñen las mujeres y el conflicto interno que se desata cuando una mujer no se siente cómoda en ese papel, está presente, en mayor o menor medida, en casi todos los relatos de este libro. La Grace de Pasión explica dicho conflicto muy bien al revelarse ante la idea de cómo «se suponía que debían ser las chicas. Así era como los hombres —la gente, todo el mundo— pensaba que debería ser ella. Bonita, apreciada, mimada, egoísta, cabeza hueca. Así debían ser las chicas de quienes los hombres se enamoraban. Después se convertiría en madre y se dedicaría ñoñamente a los bebés. Dejaría de ser egoísta, pero seguiría siendo una cabeza hueca. Para siempre». No ha de extrañaros, por tanto, que la maternidad sea otra fuente de conflicto para algunas de las mujeres de Alice Munro. Así, El sueño de mi madre narra la escasa conexión (la guerra desatada, incluso) entre una madre primeriza y su bebé, sorprendiendo la autora al elegir a la hija como voz narradora. Es revelador el título del relato Las niñas se quedan, en alusión a la sentencia que un padre le infligirá a una madre. La ya conocida protagonista de Pronto se siente juzgada porque ha tenido un hijo con un hombre sin haberse casado con él. Y en Llegar a Japón puedo leer lo siguiente: «Un pecado. Había puesto su atención en otra parte. Le había arrebatado atención a la niña a propósito. Un pecado». El mayor pecado que una madre puede comete.

Hay dos relatos en los que las mujeres que los protagonizan están en especial situación de vulnerabilidad. Se trata de Escapada y de Dimensiones. En el primero se da un caso de violencia psicológica y en el segundo uno de lo que actualmente se denomina violencia vicaria. Alice Munro retrata magistralmente la complejidad y ambigüedad de las relaciones de sumisión y dependencia entre esas mujeres y sus respectivas parejas. En el caso de Dimensiones, además, es admirable cómo convierte al marido en la única persona capaz de brindar consuelo a la mujer tras los terribles acontecimientos.

Todo queda en casa - Alice Munro

Vista de Stanley Park, en Vancouver. Fotografía de Thorfinn Stainforth
bajo las siguientes licencias: DNU FDL, CC BY-SA 3.0 y CC BY-SA 2.0 CA
Munro vivió durante la década de los cincuenta y la de los sesenta en Columbia británica, primero en Vancouver y más tarde en Victoria,
en donde regentaría una librería junto a su primer marido. Después de su divorcio regresaría a su provincia natal.
En la zona de Vancouver se sitúan relatos como Yakarta o Las niñas se quedan.

Los hijos de las mujeres de Munro poco protagonismo tienen más allá de su condición de vástagos, pero hay otros personajes infantiles que brillan por méritos propios. Los cuatro muchachos de El amor de una mujer generosa, relato que, como ya os he comentado, abre esta antología, consiguen encandilarme aunque después desaparezcan para dar paso a los verdaderos protagonistas de esa historia. En la también mencionada Amundesen una chiquilla, por la que también he de declara mi amor, brilla por méritos propios como personaje secundario. No son protagonistas pero sí responsables, a través de un no del todo inocente juego, de lo que sucederá en Odio, amistad, noviazgo, las dos niñas que conoceré en las páginas de este relato. Y nada ya tendrá de inocente (o tal vez sí, pues la inocencia puede distar mucho de ser inofensiva) el juego de esas otras dos niñas que sí protagonizan Juego de niños
«Los niños utilizan la palabra «odiar» con diversos significados. A lo mejor quieren decir que están asustados. No que tengan miedo de que los vayan a agredir, como me pasaba a mí, por ejemplo, con ciertos chicos mayores que te cortaban el paso con su bicicleta en la acera y te gritaban de una forma tremenda. Lo que te asusta no es el daño físico —o no en mi caso, con Verna—, sino una especie de hechizo, de oscura intención. Es una sensación que tienes cuando eres muy pequeño incluso con las fachadas de ciertas casas y algunos troncos de árbol, por no hablar de los sótanos llenos de moho o los armarios muy profundos».

Aunque, como habréis podido notar, predomine en estos cuentos el universo femenino, ello no significa que los personajes masculinos estén desdibujados. Son varios, además, los que tienen relevancia en las tramas y también alguno ostenta el honor de convertirse en protagonista de las mismas. Así ocurre, por ejemplo, en Madera, y es también el caso del hombre que ante el deterioro cognitivo de su esposa ha de ingresarla en una residencia en Ver las orejas al lobo, así como el de Jackson y esa pasmosa capacidad de adaptación que muestra en Tren, relato que narra la huida de sí mismo de ese hombre, el cual, al saltar desde ese tren del título, no puede evitar sentir «una sensación de que te observan cosas de las que no sabías nada. De ser un intruso. De que la vida que te rodea llega a conclusiones sobre ti desde ángulos privilegiados que no puedes ver». Lo que yo no puedo evitar al leer esta frase es pensar que Alice Munro es maestra en detectar esos ángulos privilegiados y posicionarse en ellos a observar desde ahí la vida para después mostrárnosla.

Huyen también, aunque no de sí mismos sino hacia sí mismos, la mujer de Yakarta, la cual se extraña de esa especie de «postración al amor» que sienten otras mujeres por sus maridos, esa otra mujer del ya mencionado Las niñas se quedan y la 'pecadora' de Llegar a Japón. La propia Alice Munro fue una fugada. Podría haberse quedado en el entorno de granjeros en el que se crio, en ese ambiente en el que era sospechoso que un niño quisiera estudiar el bachillerato o que a una mujer le diera por leer, y en el que se consideraba que escribir bien era tener buena caligrafía, pues lo otro es inventar cosas, tal y como con los años llegó a insinuarle a Munro en una ocasión su madrastra. La escritora tuvo claro, por tanto, que ese no era su mundo. Volverá de vez en cuando a la casa en la que se crio, al igual que hace la mujer de Pronto, que regresa a visitar a sus padres. Vuelve y siente que esa casa de la que nos habla en Mi casa ya no es su casa. Vuelve y piensa en cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado y se ve a sí «misma como una hija de mediana edad que cumplió su deber, se quedó en casa, pensando que algún día llegaría su oportunidad, hasta que despertó y supo que nunca llegaría. Ahora lee toda la noche y no atiende la puerta y, en un esquivo estado de trance, sale a esparcir el heno para las ovejas».

Alice Munro se marchó y escribió en sus cuentos sobre de dónde ha venido y hacia dónde ha ido. Escribió sobre lo que ha observado y aprendido por el camino. Y consiguió con creces sacar adelante «el trabajo que quería hacer, más parecido a asir algo en el aire que a construir historias», cita que rescato de Los muebles de la familia, relato con el que he comenzado esta entrada, por ser muy representativa de la literatura de la canadiense. Por eso, cuando he leído cada uno de estos veinticuatro relatos, he sentido eso que ella misma nos dice en Vida querida. Pero yo lo he sentido no solo en el puñado de relatos acerca de su querida vida sino también en aquellos otros más numerosos en los que la autora despliega toda su capacidad inventiva. He sentido que «esto no es un cuento, tan solo es la vida».

Todo queda en casa - Alice Munro

Alice Munro, fotografía de Chris Young bajo licencia CC-BY-NC-SA 4.0 Fuente: http://www.scanpix.no


Ficha del libro:
Título: Todo queda en casa
Autora: Alice Munro
Traductores: Eugenia Vázquez Nacarino, Marcelo Cohen de Levis, Isabel Ferrer Marrades, Carlos Milla Soler, Flora Casas Vaca
Editorial: Lumen
Año de publicación: 2014
Nº de páginas: 1072
ISBN: 978-84-264-0167-0

Relación de los libros de relatos originarios que contienen los relatos reunidos en Todo queda en casa:

-El amor de una mujer generosa, Yakarta, Las niñas se quedan y El sueño de mi madre están contenidos en El amor de una mujer generosa (1998). Edición en español más reciente: Debolsillo, 2021.
-Odio, amistad, noviazgo, Los muebles de la familia, Postes y vigas y Ver las orejas al lobo están contenidos en Odio, amistad, noviazgo (2001). Edición en español más reciente: Debolsillo, 2021.
-Escapada, Pronto y Pasión están contenidos en Escapada (2004). Edición en español más reciente: Debolsillo, 2015.
-La vista desde Castle Rock, Trabajar para ganarse la vida, Ayuda doméstica y Mi casa están contenidos en La vista desde Castle Rock (2006). Edición más reciente en español: Debolsillo, 2020.
-Dimensiones, Madera, Juego de niños y Demasiada felicidad están contenidos en Demasiada felicidad (2009). Edición más reciente en español: Lumen, 2020.
-Llegar a Japón, Amundsen, Tren, El ojo y Vida querida están contenidos en Mi vida querida (2012). Edición más reciente en español: Debolsillo, 2020.


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