Quien utiliza el dinero público y las instituciones para su beneficio personal es un corrupto aunque sólo sea por unos céntimos
Jorge Brugos
En mi etapa política se me quedó grabado cuando me llamaron después de clase unos dirigentes de Ciudadanos invitándome a acompañarlos a tomar unas copas. Al llegar, llevaban ya cuatro entre pecho y espalda y su estado de ebriedad era más que evidente. Apestaban a alcohol y apenas podían vocalizar dos frases seguidas. En el momento de pagar uno de ellos esgrimió un "esto lo pagamos con la tarjeta del partido".
Ante esa revelación me levanté y pagué por mi cuenta el refresco que había consumido. Me caí del guindo, en ese instante me percaté de que la corrupción no era algo lejano, fáctico, sucesos que se veían en las noticias o en las películas de El Padrino sino que estaba más cerca de lo que creía.
Cuando el otro día salieron las informaciones de Rubiales en las que se afirmaba que utilizó dinero de la Federación Española de Fútbol para viajar con su pareja a Estados Unidos, no me sorprendió. ¿Es que acaso la mayoría no habríamos hecho algo parecido? La política me enseñó que nadie está libre de las cloacas en este mundo. Solo unos pocos honestos están capacitados para vivir íntegramente sin ser víctimas de las garras de la corrupción.
Te puedes encontrar gente maravillosa aparentemente con buenos modales y con apariencia campechana que sean ladrones de guante blanco. Entendiéndose como ladrón a aquel que hurta lo que no es de su propiedad, podríamos señalar a muchos y no sólo a los que usurpan grandes cantidades. Alguna vez me he encontrado con allegados que han pagado la cuenta de un café con la tarjeta de su empresa sin estar en una reunión de negocios y reduciéndose el encuentro a un mero compadreo entre amigos. Eso, aunque no lo parezca, también está mal. Es evidente que no son millones de euros, pero son unos cientos de céntimos. Se suele decir que la corrupción empieza con llevarse el material de oficina a casa.
En cierta manera todos tenemos un punto deshonesto en nuestros adentros. Anda que no me encuentro a cercanos míos sugiriendo que busque el enchufe en algún reducto público. "Deberías llamar a Fulanito para...", deslizan sibilinamente. No son malos, pero caen en lo mismo que pecan aquellos a los que condenan. Cosas del pecado original. Tara que nos hace íntimamente malos por naturaleza. Inercia que se puede evitar, según Arturo Pérez Reverte, leyendo y formándose en profundidad. Por eso cuando entré en política con apenas diecinueve años dejé la PlayStation y empecé a leer como nunca. No quería dejarme llevar por la masa política que cree que el dinero público no es de nadie. Estoy convencido, de que si el que ha desfalcado millones de las arcas fuera consciente de que con el dinero del que se apropiado se podrían abrir más hospitales, se lo pensaría antes de meter la mano.
Protegerse las espaldas es un imperativo moral, cuidarse de caer en la tentación debería ser el modus vivendi de todo el que aspira alcanzar la virtud. Recuerdo una película italiana de cuyo nombre no quiero acordarme, en la que un honrado profesional gana las elecciones de su pueblo en el sur de la península Itálica pero sus vecinos y antiguos votantes le terminan echando reponiendo al anterior líder corrupto. Preferían a ese que les concedía favores antes que al rígido independiente que protegía la integridad de las instituciones.
Origen: Actuall
