Revista Cultura y Ocio

Tolstoi estaba huyendo de algo

Publicado el 12 diciembre 2017 por Kim Nguyen

Pero ¿no es también curiosamente similar a la historia del propio Tolstoi? Hay un parecido general que difícilmente se puede pasar por alto, ya que el suceso más impresionante de la vida de Tolstoi, como la de Lear, fue una enorme y gratuita renuncia. En la vejez renunció a sus bienes, a su título nobiliario y a sus derechos de autor, e intentó –una tentativa sincera, pero no exitosa– escapar de su posición privilegiada y vivir la vida de campesino. Con todo, el parecido más profundo radica en el hecho de que Tolstoi, como Lear, actuó por motivos erróneos y no obtuvo los resultados que esperaba. Según el escritor ruso, la meta de todo ser humano es la felicidad, y esta solo puede alcanzarse cumpliendo la voluntad de Dios. Pero cumplir la voluntad de Dios significa desprenderse de todo placer y ambición terrenales y vivir solo para los otros. En última instancia, por tanto, Tolstoi renunció al mundo con la esperanza de que aquello le permitiera ser más feliz. Pero si hay alguna certeza sobre sus últimos años, es que no fue feliz. Al contrario, fue empujado al borde de la locura por el comportamiento de la gente que lo rodeaba, que lo perseguía precisamente a causa de su renuncia. Como Lear, Tolstoi no era humilde ni un buen juez del carácter. En ocasiones se sentía inclinado a volver a las actitudes de un aristócrata a pesar de su blusa de campesino, e incluso tuvo dos hijos en los que creyó y que finalmente se volvieron contra él (aunque, desde luego, de una manera menos sensacional que Regan y Goneril). Su exagerada repugnancia por la sexualidad era también claramente similar a la de Lear. El comentario de Tolstoi según el cual el matrimonio es “esclavitud, saciedad, repulsión” y significa tener que aguantar al lado “la fealdad, la suciedad, el mal olor y las llagas”, lo iguala el célebre arrebato de Lear:

Hasta la cintura heredan los dioses
debajo, todos los demonios;
Infierno, oscuridad, el pozo sulfuroso
Quemaduras, escaldaduras, hedor, consunción, etc., etc.

Además, aunque Tolstoi no podía preverlo cuando escribió su ensayo sobre Shakespeare, incluso el modo en que finalizó su vida –la huida repentina y sin planear por los campos, acompañado solo por una hija fiel, y la muerte en villorrio extraño– parece tener ciertas reminiscencias fantasmales de Lear.

George Orwell
Lear, Tolstoi y el Bufón, 1947

***

Toda la vida de Tolstoi se desarrolla bajo el signo de la fuga. Fuga de la condición social. Y económica en que ha nacido. Fuga del destino de escritor. Fuga de sí mismo. Fuga de la vida. Hasta su matrimonio con Sofia Andreievna es una fuga: es posible que amara realmente a Liza, su hermana, como creían todos sus familiares. La precipitación con que declaró su amor a Sofía, la dramaticidad con la que se lo planteó (“me veré obligado a dispararme”), la prisa con que se casaron (el noviazgo duró del 16 al 23 de septiembre de 1862), todo hace pensar que Tolstoi estaba huyendo de algo. Tal vez del amor por Liza, tal vez del amor por sí mismo.
Orwell ha escrito una página bellísima sobre la última fuga de Tolstoi, la de su casa a la estación de Astopovo. La ha comparado a la del rey Lear. En realidad no era la última sino la penúltima fuga. La última es la que registra el médico que le asiste en los días de la agonía. “Me voy a alguna parte, así nadie me encontrará… Dejadme tranquilo… Hay que escapar a alguna parte”: son las últimas palabras de Tolstoi, en la noche del 6 al 7 de noviembre de 1910.
Escapar de la vida, no estar más en ella. Viviendo, no pretendió otra cosa. Y es con este talante de prófugo que ha visto límpidamente la vida, que la ha repetido, digámoslo así, en sus páginas.

Leonardo Sciascia
Negro sobre negro

Pintura: Lear Grasping a Sword
William Blake, alrededores de 1780


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