
Parece claro que el personaje de Ebenezer Scrooge (creado por Charles Dickens en 1843) tuvo que influir en este tipejo, Francisco Torquemada, que Pérez Galdós concibió en 1889 y que convirtió en protagonista de la novela Torquemada en la hoguera. Se trata de un usurero al que temen y odian todos los que, sin pertenecer a su familia, lo rodean. Su fiereza a la hora de cobrar alquileres y su condición inmisericorde lo han convertido en un ser despiadado, cuyo único dios es el dinero. Jamás perdona un céntimo, jamás amplía un plazo de pago, jamás entrega limosnas, jamás muestra un mínimo de humanidad ante las penurias ajenas. Pero quiere el azar (¿o tal vez un misterioso castigo divino?) que su idolatrado hijo Valentín, que apenas es un adolescente, pero al que todos auguran un brillante futuro, dadas su inteligencia y su bondad, sea alcanzado por una atroz meningitis. La fiebre, los delirios y las convulsiones lo postran en una cama y amenazan con arrebatarle el aliento en pocos días, para desesperación de su padre.
Con la única compañía amistosa de un excura estrambótico, al que don Benito crucifica con una descripción irónica de final envenenado (“Formulaba unas teorías biológicas que eran lo que había que oír. De astronomía y música también se le alcanzaba algo; no era lego en botánica, ni en veterinaria, ni en el arte de escoger melones”, cap.3), el sibilino Torquemada da en la estupidez de mostrarse dadivoso con los necesitados, para impresionar a Dios y “obligarlo” a que su hijo recobre la salud: reparte monedas por la calle (indignándose cuando no logra encontrar con rapidez los suficientes mendigos), entrega a un menesteroso su capa (no la nueva, sino la vieja), admite que algunos de sus inquilinos no le paguen hasta que estén más desahogados… Se trata, como es evidente, de una actitud tan falsa como inútil, porque la enfermedad de Valentín no admite ningún tipo de componendas; pero no conviene que critiquemos con demasiada saña los histrionismos del personaje, motivados por la desesperación (“Todo lo aceptaba Torquemada menos resignarse”, cap.5). La tía Roma, no dejándose engañar por los aspavientos teatrales del usurero, lo tiene claro: “A buenas horas y con sol. Usted quiere ahora poner un puño en el cielo. ¡Ay, señor, a cada paje su ropaje! A usted le sienta eso como a las burras las arracadas. Y todo ello es porque está afligido; pero si se pone bueno el niño, volverá usted a ser más malo que Holofernes. Mire que ya va para viejo; mire que el mejor día se le pone delante la de la cara pelada, y a esta sí que no le da usted el timo” (cap.8). Parece evidente que, patético y bastante sobreactuado, don Francisco tendrá que rendirse a la cruda realidad.
En esta novela corta (apenas un centenar de páginas), el escritor canario dibujó un personaje que luego aprovecharía en otras tres novelas, que quizá vayan poco a poco viniendo al blog. Por cierto, otra curiosidad de la obra: comentando las futuras proezas que su hijo podría llevar a cabo, dice Torquemada que cabe la posibilidad de que invente “barcos para andar por debajito del agua”. Si tenemos en cuenta que la obra se publicó (arriba lo indiqué) en 1889, convendremos en que la noticia de Isaac Peral y su submarino, de 1888, algo pudo influir en esta nota.
