Uno va queriendo que lo recuerden hasta que de pronto decide que lo olviden. Me pregunto si algún día todo lo que voy dejando escrito aquí y allá no me represente o no lo considere ya mío y desee que no exista o y si será posible que todos estos años de constancia narrativa ya no estén al alcance de nadie y no pueda leerse nada de lo que fui dejando. Es lícita esa voluntad de desaparecer, posee la misma enjundia y el mismo peso moral que su reverso, la de estar y hacerse ver y trascender. Lo otro es fácil. Lo otro es la realidad, el modo en que perduramos en los demás, en cómo existimos en sus vidas y en cómo también de pronto dejamos de existir, desocupando un lugar que antes fue nuestro. No sé la de amigos que ya no tengo, tampoco los que vendrán. Es una ley no escrita que se desprende de otra, la ley de vivir, que no tiene un prontuario de instrucciones, ni un reglamento de uso. Recuerdo a esos amigos con afecto o sin él, pero tengo la certeza de que no están. Por unas causas, por otras. De igual modo tampoco andaré yo en donde solía. Hay páginas a las que no se regresa y las hay sin escribir aún. La red opera de distinta manera. El derecho al olvido es un logaritmo. No está en nuestras manos perdurar; tampoco su contrario. Estamos a ciegas en este juego de voluntades, no se tiene propiedad de la balanza. Quizá los hijos nos hagan perdurar o los libros que hayamos escrito o los árboles que hayamos plantado o los amigos que nos hayamos encontrado, pero no esta niebla de ceros y de unos a la que volcamos casi el ser entero, como si quisiéramos contarnos de golpe y ser escuchados instantáneamente. No hay red social que cubra la necesidad de afecto de modo absoluto: son todas representaciones falsas, aunque en ocasiones cumplan algunas funciones que les encomendamos y nos hagan creer que estamos en el mundo y que el mundo, a su modo secreto o invisible, nos ama. No hay tal amor o lo hay de una manera aleatoria, circunstancial, eventual, regida por patrones efímeros, diseñada para que nadie permanezca en el silencio. Los likes son humo. No podemos pasar desapercibidos. Se nos quiere visibles, se nos desea a la vista. Debemos ser peligrosos si no estamos a la vista. En cierto sentido, está bien perderse, borrarse, dar a entender que no queremos participar del juego, producir una sensación incómoda a quien cree que todo está bajo control y que el sistema es eficiente y condena al extraviado, al insumiso. El derecho a no estar en la red, a que desaparezcan nuestros datos, es una insumisión en toda regla. Uno va queriendo que los recuerden y otros van queriendo que los olviden.
