Revista Cultura y Ocio

Tres intelectuales monstruosos de la literatura | Mónica Ojeda

Publicado el 20 diciembre 2017 por Iván Rodrigo Mendizábal @ivrodrigom

Por Mónica Ojeda | @MonaOjedaF

(Publicado originalmente en revista digital Gkillcity, Guayaquil, el 21 de enero de 2013)

El poeta, fotógrafo y aviador Carlos Wieder, personaje central de Estrella distante de Roberto Bolaño, tiene puntos en común con dos personajes literarios inolvidables: O’Brien de 1984 (1949) y Nechaev de El maestro de Pertesburgo (1994). El primer punto en común es que los tres son intelectuales —un poeta como Wieder no se escapa de tal denominación—. El segundo es que son asesinos.

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Tres intelectuales monstruosos de la literatura | Mónica Ojeda

(George Orwell mural, Southwold Pier. Created by Pure Evil in July 2014. From: http://www.geograph.org.uk/photo/4244545)

Para quienes hayan leído las obras de Orwell y de Coetzee, tanto O’Brien como Nechaev les resultarán personajes difíciles de olvidar porque se escapan de los márgenes del sistema en el que estamos acostumbrados a entender las acciones del intelectual. Empecemos con la distopía de Orwell: O’Brien es un intelectual que, a servicio del Partido, finge ser un disidente con el fin de capturar a quienes tienen ideas contrarias a las del poder único y central. Es un letrado y, además, un torturador; dos conceptos que parecen incompatibles —en la novela de Bolaño, Wieder es un intelectual y un asesino de poetizas—. Ninguno de los dos es el Eichmann de Hannah Arendt porque son inteligentes y tienen cierta sensibilidad estética. Ni en O’Brien ni en Wieder está la banalidad que Arendt describió en su ensayo Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal (1963). Richard Rorty, frente a quienes acusaron a O’Brien de ser un personaje inverosímil porque “…es un intelectual curioso, perceptivo, tanto como nosotros. Personas como nosotros no hacen cosas como ésas”[1], argumentó que, precisamente al alejarse de la noción de “la banalidad del mal”, Orwell nos presenta un escenario en donde “podría ocurrir” que los intelectuales no tuvieran los mismos principios que se defienden en la actualidad; que “podría ocurrir” que los ideales que los mueven hoy en día no sean los mismos del mañana.

Lo que Orwell nos ayuda a ver es que puede haber ocurrido sencillamente que Europa empezase a apreciar los sentimientos de benevolencia y la idea de una humanidad común, y que puede ocurrir sencillamente que el mundo termine por ser dominado por personas que carecen enteramente de sentimientos o de una ética semejantes.[2]

Si bien al principio Wieder pertenece a una cúpula de intelectuales funcionales del poder, pronto deja ver que su status no significa que sea cercano a los proyectos del pinochetismo, sino a una cuestión azarosa, inestable y que poco tiene que ver con su verdadera voluntad. Lo cierto es que el régimen y sus seguidores creyeron que Wieder era como ellos, pero se equivocaron: un personaje como él no puede servir al poder porque su violencia no es instrumentalizable. A Wieder le importa poco pertenecer al círculo de la élite, por eso los invita, aun previendo las consecuencias, a una exposición en donde muestra sin reparo alguno —y hay quienes dirían que hasta con placer— fotografías de las poetizas que él mismo se encargó de asesinar. A diferencia de O’Brien, Wieder no está institucionalizado porque los valores en los que cree no son los del poder, mientras que los de O’Brien, en la distopía de Orwell, son precisamente los que el aparato de poder enaltece. Es por eso que 1984 es una novela perturbadora: porque sus lectores son incapaces de concebir un mundo regido por tales principios.

Wieder, al igual que O’Brien, es el monstruo que todos esperaban encontrar en Eichmann. Para que la violencia tenga la escala de un genocidio como el nazi se necesita de seres instrumentalizados por el aparato de poder: miles de Wieders jamás habrían podido llevar adelante una maquinaria de muerte tan eficiente porque “…como lo muestra O’Brien y Humbert Humbert, las dotes intelectuales —la inteligencia, el juicio, la imaginación, cierto gusto por la belleza— son tan maleables como el instinto sexual”[3]. Wieder expresa el más puro “la violencia por la violencia” que proviene, curiosamente, de “el arte por el arte”. Para los militares e intelectuales que vieron sus fotografías, esos que sabían muy bien todo sobre los campos de concentración y sobre los desaparecidos, Wieder era el verdadero monstruo. Su violencia, el mal que ejecutaba, era como su poesía: el medio y el fin. Un personaje tan impredescible como Wieder jamás podría ser otra cosa que una piedra en el camino para la violencia instrumentalizada de la dictadura chilena. Y es aquí en donde Wieder se distancia de O’Brien, el intelectual distópico por antonomasia en tanto que burócrata y brazo ejecutor del poder, y se acerca al Nechaev de Coetzee.

Coetzee se inspira en el personaje histórico Serguéi Gennádievich Necháyev para crear al Nechaev de El maestro de Petersburgo. Nechaev, como Wieder, es un intelectual disidente, pero no porque tenga la intención de gestar una revolución, sino porque ensalza la violencia y su ejercicio desde fuera del aparato gubernamental. Al principio de la novela, Nechaev aparece como un intelectual revolucionario extremista. Sin embargo, a medida que vamos conociéndolo es fácil concluir que sus ideas no son claras y que, en el fondo, carece de una ideología definida. Sus intenciones, queda claro ya para el final de la novela, no van más allá de una apología de la violencia —Wieder también hace una apología de la violencia y convierte sus crímenes en arte—. Cuando O’Brien le dice a Winston “La tortura sólo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder”[4], no sólo elimina la idea de la instrumentalización de la tortura y del poder, sino que revela lo que más tarde se encargará de repetir con distintas palabras:

Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y que se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano…incesantemente.[5]

Lo que quiso decir O’Brien es que siempre existirá el impulso que lleve a la violencia, y ese impulso no tiene nada que ver con que haya o no un fin por alcanzar: a veces, el fin es el ejercicio mismo de la violencia. Wieder, por ser poeta, lo comprende mejor que nadie y escribe en las nubes versos como “La muerte es Chile” para decir que Chile no conduce a nada; que la muerte, como la tortura y como el poder, es el objetivo final. Todos los que lo admiran y lo llenan de elogios, la élite intelectual del pinochetismo, ven el país en un estado de transformación, pero para Wieder la idea de cambio es en sí misma obsoleta porque el futuro siempre será “una bota aplastando un rostro humano”. En Estrella distante los políticos son Eichmann; Carlos Weider, en cambio, es lo inasible, lo absolutamente complejo. Por eso el gobierno tiene claro que debe eliminarlo. Desde la exposición fotográfica Weider se convierte en algo parecido al homo sacer[6] de Agamben; un sujeto expulsado a quien cualquiera puede arrebatarle la vida y que ni siquiera sirve para la labor del sacrificio. Wieder no es humano como lo son los comunistas seguidores de Allende que la dictadura metió en los campos de concentración con el fin de deshumanizarlos; Wieder, igual que O’Brien y que Nechaev, ya está deshumanizado. Y es la pesadilla.

Notas

[1] Richard Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad. Paidós, Espasa libros S.L.U. Madrid, 2011. p. 201.

[2] Ibíd., p. 203.

[3] Ibíd., p. 206.

[4] George Orwell, 1984. Ediciones Destino S.A. Barcelona, 2003. p. 281.

[5] Ibíd., p. 285.

[6] En Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida (1995), Giorgio Agamben toma la figura del derecho romano, el homo sacer —el que puede ser asesinado por cualquiera pero que no puede ser utilizado para el ritual del sacrificio—, para entender el Holocausto.


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