Revista Opinión

Un mínimo respeto

Publicado el 05 diciembre 2023 por Manuelsegura @manuelsegura
Un mínimo respeto

Una noche de hace unas cuantas semanas, durante una cena de parejas, dos amigos y yo decidimos abrir un grupo de Whatsapp en el que incluir a antiguos compañeros de Bachillerato. La idea era convocarlos a un encuentro de confraternización el próximo mes de febrero, pasadas las Navidades. Puesto en marcha el grupo, comenzaron a aparecer en él los nombres de alumnos y alumnas pertenecientes a aquellos cursos de una inolvidable etapa, vivida en la segunda parte de la década de los setenta, recién muerto Franco, en las aulas del entonces Instituto de Enseñanza Media Alfonso X El Sabio de Murcia. 

Pude comprobar que sobre algunos de ellos, para asombro mío, no he sabido apenas nada de su vida desde que, a comienzos de la década siguiente, la de los deslumbrantes ochenta, abandonamos ese centro educativo. Pronto el chat comenzó a llenarse de fotografías, en las que se veía a chicos y chicas aparentemente felices, en cuyos rostros se adivinaba que aún tenían toda la vida por delante. Cierto que con algunos sí he mantenido contacto en todos estos años y que puedo saber o intuir, más o menos, cómo les ha ido y cómo los ha tratado el destino a lo largo del tiempo. En otros casos, ya digo, todo queda en una incógnita que quizá se despeje en nuestro encuentro de febrero.

Sé de algunos a los que, tras concluir sus carreras universitarias, las oposiciones los condujeron a responsabilidades que la sociedad mira con respeto y hasta con admiración. Ya en nuestra época, el sueño de muchos de nuestros padres era que sus hijos fueran el día de mañana brillantes profesionales liberales o, en todo caso, funcionarios. Y, a poder ser, de alto rango. Como hijos de la posguerra que fueron, presuponían que trabajar para el Estado implicaría una especie de patente de corso a la hora de tener ganadas las habichuelas para las familias que fuéramos construyendo. No hay que olvidar que nosotros somos descendientes de aquellas sufridas generaciones en las que, para mantener a los suyos con cierta holgura y así poder darnos una formación para ser alguien el día de mañana, nuestros progenitores precisaban del pluriempleo, sacando horas de donde hiciera falta o restándoselas al descanso.

No sé hasta qué grado hemos satisfecho y respondido a las expectativas de nuestros padres y madres con lo que hemos sido en nuestras vidas, ahora que enfilamos muchos de nosotros el tramo final en lo que a la trayectoria laboral se refiere. Supongo que habrá de todo, como en botica. No sé si en ese bagaje se incluye el éxito, esa palabra que suele ir muy unida a un término que otro de mis amigos del pasado solía utilizar, a veces, con cierto tono eufemístico, para definir a los que hacen gala de ello: los triunfadores. Alguien dijo que estos últimos suelen ser personas que, a menudo, tienen mucha suerte en su día a día. Y si no, añadió, que se lo digan a un fracasado.

Al periodista Enric González le preguntaron el otro día en un podcast por lo que para él constituía tener éxito en la vida. Y dio a su entrevistador una respuesta antológica que yo suscribo en su más amplia literalidad: “Es esa situación en la que te ganas un mínimo de respeto de los demás, de forma que no te puteen demasiado y te soportes a ti mismo. Para mí, el éxito es eso”, apostilló el autor de ‘Memorias líquidas’.

En febrero habrá alguna ausencia reciente. Rozar los 60 años, e incluso rebasarlos, no deja de ser una aventura, no exenta de obstáculos, en este mundo convulso que nos ha tocado vivir. En especial, por lo que atañe a las cuestiones relacionadas con la salud. Esa falta, como otras no muy lejanas en el tiempo de gentes que llegaron a nuestras vidas por otros cauces, me hacen rememorar aquel hermoso poema de Benedetti, en el que se lamentaba de que “se me han ido muriendo los amigos, se me han ido cayendo del abrazo, me he quedado sin ellos en el día, pero vuelven en uno que otro sueño…”

Posiblemente sea cierto eso de que es preferible fracasar en algo que amas a tener éxito en lo que aborreces. Porque hay derrotas que entrañan más dignidad que una victoria, que dijo Borges. Aunque la condición del ser humano suela pasar, en muchas ocasiones, por tener la costumbre de culpar a los demás de nuestros propios errores. Qué le vamos a hacer.

[‘La Verdad’ de Murcia 5-12-2023]


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