Revista Insólito
Recuerdo bien aquellos años en la Montaña Palentina, cuando las casas aún no tenían baño y el orinal era parte del mobiliario indispensable de cada habitación. El mío era de loza blanca, con un borde algo desportillado, y se colocaba siempre debajo de la cama, como un guardián silencioso de las noches frías.En invierno, levantarse a orinar era una auténtica prueba de valor. Bastaba sacar un pie
