
Con los años busqué gente con la que cartearme. Con quien intercambiar mi escritura. Llegué a compartir años epistolares con más de diez destinatarios. El mundo bajo mi remitente. Cartas manuscritas con la melodía de mi trazo. Creyendo, como bien dijo Chacel, que “… una carta es una reserva, un poso de la alcancía, un sistema ahorrativo en el que se agrupan, por su peso o densidad, pulsiones orales…”. Pequeños tesoros ensobrados, vivencias transcritas y urgentes de respuesta. Cartas de regreso también con su caligrafía, conversaciones en papel. Se creaban unos vínculos que unían siempre las distancias. Afirmó Pedro Salinas que la “distancia es algo más que una realidad espacial y geográfica que se interpone entre dos personas: una situación psicológica nueva entre ellas dos y que demanda nuevo tratamiento. Ese trato, en la lejanía, es la correspondencia.” Ese espacio se unía mediante una cadena de historias de ida y vuelta escritas a mano. Aminorábamos esa nostalgia explicándonos la vida en cartas perfumadas, repletas de recuerdos, de fotos, de páginas y páginas de sucesos que explicaba la tinta, sustituyendo nuestra voz. Este verano he decidido volver a abrir el cuaderno de vacaciones. Three Feelings ha hecho que vuelva a disponerlo todo en el sigilo matutino. Ha conseguido que mi mano baile de nuevo y repita líneas y líneas. Del lápiz al rotulador, comprobando que es posible retomar la magia de las letras. Aun siendo difícil hacerlas tan bonitas como ellas proponen. Me aporta calma el seguir la disciplina. El tener una rutina cada mañana. Sin mesa redonda, sin mi hermano, sin correspondencia pendiente; pero sí con deberes y silencio. 
