La oscura y marginal trayectoria de Laurent Achard, fallecido prematuramente en 2024, se disipa como humo entre un reguero de cristales rotos por las tres últimas décadas del cine francés. Podríamos enumerar docenas, pero uno de los más descorazonadores síntomas de la decadencia del que fue el mayor cine de toda Europa, si no del mundo, debe ser que ni allí donde se cobijó a los creadores más personales y ajenos a negocios, pudo tener un verdadero sitio Achard. Los adjetivos que en su día tanto se repitieron, incitaban tan poco a explorar su cine - extraño, atonal, inhóspito - que quizá ya entonces se trataba de un caso perdido y ahora ya no quedaría ni posibilidad de reevaluación. Porque ¿para qué? y sobre todo ¿para quién?."Dernière séance", su tercer y último largometraje fechado en 2011, es quizá su obra más esencial y al mismo tiempo la más extrema, la que mejor imanta el negro brillo de su cine; un cine que en más de una ocasión se dijo cercano a Pialat, con el que realmente solo le unían aspectos circunstanciales y limitados principalmente a su debut, "Le dernier des fous", una conexión establecida me parece que por quienes no veían nada especial en el presunto discípulo porque tampoco amaron al maestro. No hubiera servido probablemente de nada, pero ya podían haberlo emparentado con otros más afines, como Franju, Melville o Simsolo; en todo caso no pareció importarle mucho a Achard ser un incomprendido y continuó adelante con esa libertad ilustrada de la que disfrutan algunos anónimos y todos los malditos, la de hacer lo que debían y así nunca estuvieron eximidos sus fotogramas de volver una y otra vez a brotar de los mismos mortecinos e incómodos ángulos, como reos condenados a trabajos forzosos.
Tiene obras más accesibles, pero es en estas catacumbas de Neville ocultas bajo un viejo cine para nostálgicos a punto de cerrar, desde donde mejor compone Achard su idea del cinematógrafo, como experiencia interior y clandestina, que nace mal y aun si se filma con pudor, no se puede ni se debe pretender un espectáculo. No es casualidad que esta y todas las que alumbró sean películas breves, exactas, inimitables - por estériles - e infectadas de ideas perturbadoras convertidas en familiares por otro cine y otro mundo sublimado por una constelación de solitarios.



Los impulsos asesinos de Sylvain (un núbil y vidrioso Pascale Cervo) arraigan en el pasado - dado en breves flashbacks, el primero con un solo plano circular, ya claustrofóbico pero aún en calma y el resto, más dramáticos y esclarecedores - pero no le interesan a Achard las consecuencias de sus actos, como sí a Vecchiali los de su estrangulador. Observa su punto de vista a una distancia - que puede parecer bressoniana, pero sería un mundo anti-Bresson, sin moral - mucho mayor que la que mediaba entre Powell & Pressburger y su célebre voyeur, así que tampoco cabría identificación alguna. Ni siquiera asoma esa naturaleza asesina del otro lado del espejo de su conciencia como pudiera suceder en el de Richard Fleischer.
Surge el irrefrenable instinto del protagonista sin apenas estímulo, del mismísimo negro del celuloide virgen, de "lo contrario a la música" que suena en sus tardes y noches aislado, esas en las que pierde de vista el mundo y se remonta a una era pretérita a su propia vida. Siempre tan desubicado de sí mismo está, como el coleccionista de Wyler, parece que la mayor herida de Sylvain proviene de llevar treinta y un año malgastando su existencia en borradores que nadie corrige y no sabe vivir. Tal vez por todo ello, en la galería de memorabilia que va componiendo sobre la pared de su guarida, donde cuelgan fotos de bellas actrices, las más escrutadas desconocidas imaginables, él las completa con las orejas arrancadas a sus víctimas con sus correspondientes pendientes, un ritual que señala sus límites de entendimiento de lo femenino que le es tan ajeno y de esa banda sonora que se desparrama por los laberintos de su mente como un placebo que mantuviese a flote su exigua conexión con la realidad que le rodea.
La chica con la que intimará, más que una posibilidad de reparar una gran parte de esa herida que lo atraviesa, le llevará de la mano a vivir una extraña aventura. Mecánicamente, interpretándose a sí mismo, querrá moverse por los escenarios del romance con la suficiencia (inocencia + representación) de quien sabe lo que ocurrirá, como su admirado Gabin e, irónicamente, desconfiará también más de sí mismo que de ella.
La vida, no el cine, debe continuar y si no es así es mejor morir, a manos de nadie, frente a la pantalla, sin glorificar el medio, ni el telón donde se proyecta ni el cañón de luz que le da sentido, sino la obsesión. La cinefilia como un viaje a flote en un líquido amniótico que protege pero impide ver el mundo no es precisamente una idea muy apologética. El éxtasis lo siente Sylvain con películas como "French can can" de Jean Renoir, de la que extrae sus rimas con su coetánea "Johnny Guitar" de Nicholas Ray y ante la que morirá feliz, como un émulo del empresario Danglard del film, que insufla tanta vida en su quimera que la trae de vuelta de entre los muertos para crear nuevos recuerdos de un París que nunca hubiera existido.
