Revista Comunicación

Un totalitarismo llamado democracia

Publicado el 14 mayo 2010 por Jackdaniels

Resulta que una de las pocas oportunidades que uno tiene de hacerse valer es cuando cada año acude religiosamente a las urnas para optar por una determinada forma de gobierno, con la vana ilusión de poder cambiar las cosas algún día.
Y uno va, además de a ejercer un sacrosanto derecho, con la esperanza de que el cumplimiento de las obligaciones de un ciudadano responsable, a pesar de las desilusiones continuadas, puede servir para mejorar una sociedad que parece abocada al desengaño y la impotencia.
Entonces echas tu papeletita en la urna con mucho cuidado, sabedor de los sueños que lleva grapados, y esperas que algún día escampe y que ese gesto haya contribuido al cese de la tormenta.
Confías en personas que han prometido a diestro y siniestro que cambiar las cosas es posible y que ellos son las herramientas adecuadas, y te sientas ante el televisor, como un estúpido más, a esperar con paciencia que el cuento de Blancanieves se haga realidad como por arte de magia.
Te has creído a pies juntillas aquello del poder de decisión y de la soberanía popular, como si no hubiese otras ficciones más logradas y reconfortantes, porque en el fondo no eres más que una buena persona que lo único que desea es que haya menos injusticia en el mundo y más oportunidades para todos.
Pero una mañana cualquiera descubres que existe una dictadura implacable que actúa por encima del bien y del mal con total impunidad y que a quienes manejan los hilos de tal totalitarismo les importa un bledo no ya el nombre que has escrito con primor en tu dichosa papeletita, sino el propio hecho de que te hayas tomado la molestia de implicarte en un sistema determinado que para ellos no es más que una útil herramienta que facilita la consecución de sus propósitos.
Por eso, cuando eliges a un Presidente de Gobierno que crees que es capaz de afrontar las transformaciones que tanto anhelas y lo contemplas con rostro compungido anunciar que va a congelar las pensiones, a eliminar las ayudas a la maternidad que él mismo impulsó con tanto entusiasmo, a reducir los salarios de los funcionarios y los empleados públicos, a recortar las prestaciones por dependencia y a castrar mortalmente la ayuda oficial al desarrollo y la solidaridad internacional, te convences de que todo este tinglado está tan bien montado que tu opinión no es más que un mero cuadro decorativo al que rara vez se le sacude el polvo.
Sobre todo cuando descubres, no sin desasosiego, que el aluvión de recortes se produce justo después de la llamada de un presidente extranjero que al poco aplaude que se haya hecho tan fielmente los deberes que él, desde su poderosa omnipresencia leal ejecutora de los designios dictatoriales, ha impuesto a los demás. Entonces te planteas seriamente si no sería mejor que nos gobernara al resto del mundo aquel a quien han elegido los norteamericanos, o al menos ellos son tan ilusos que creen que ha sido así.
Porque esa dictadura del beneficio rápido y la acumulación de riquezas a toda costa, es tan depredadora que le sobra todo; la democracia, el Estado del Bienestar, el mismísimo Estado de Derecho y tú mismo si hace falta.
Y es entonces, precisamente, cuando te haces la pregunta del millón: ¿para qué hostias acudo a votar cada cuatro años como un imbécil?
Y te quedas como un lerdo, mirando al techo, y planteándote seriamente si el esfuerzo y el sacrifico de toda una vida han merecido la pena.
Y ahí estamos.



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