Revista Cultura y Ocio

Un verano en Casablanca – @netbookk

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

La pendiente de césped bajaba lentamente hasta rozar el embarcadero de madera, al borde de la laguna. Soplaba una suave brisa del sur y las nubes se iban tiñendo de rojo, la primera vez que vi a Emile en la residencia de jubilados de la Marina cerca de Cayo Largo.

Llevaba una carta que mi abuelo Carl escribió para su amigo del alma, poco antes de morir. Cabezota como siempre, me hizo jurar que se la entregaría en mano. Aseguraba que Emile, tenía una buena historia para mí. Su historia.

-Eres una buena periodista Ilse – decía mi abuelo- seguro que te gustará conocer de primera mano todo lo que vivimos allá en el norte de África. Emile siempre ha sabido contarla mucho mejor que yo. Y, sobre todo – insistía – recuerda cual debe ser la frase con la que te presentes…

Y ahí estaba yo,  aprovechando unas vacaciones en el periódico, para cumplir el deseo de mi abuelo. Bajé por el sendero de gravilla cogiendo la falda de mi vestido azul, movida por la brisa, hasta acercarme a la tumbona que la enfermera me había señalado. Al ponerme entre Emile y el sol, la diferencia de temperatura hizo que abriera los ojos y me mirara. Pero el reflejo detrás mío lo deslumbraba. Me acerqué un poco más y siguiendo las instrucciones de mi abuelo le dije lo que él me había indicado:

– Un día así no se olvida, los alemanes iban de gris… – y dejé la frase en el aire, viendo claramente como Emile empezaba a sonreír, aún sin abrir del todo los ojos.

– Y tu ibas vestida de azul – me contestó con un débil hilo de voz – ¿Quién es este ángel que viene del pasado a sacarme de mi sueño…? ¿O es que ya he muerto y esto es el paraíso, mi querida Ilse? – me preguntó incorporándose en la hamaca.

– ¿Y usted como sabe mi nombre? – le pregunté a mi vez extrañada, acercándome una silla.

– No… No eres Ilse. O perdón no eres “esa” Ilse, ahora que te veo bien… ¿Quién eres tú jovencita,  que vienes del pasado con ese nombre y esa frase? – me preguntó ya completamente despierto, clavando en mi la intensa mirada de sus ojos inquietos.

– Mi abuelo me dijo que me presentara así. Soy la nieta de Carl y vengo a traerle una carta que dejó para usted en su testamento.

En ese momento fue como si una nube oscura,  cruzara por su rostro. Entendió que su amigo del alma había muerto y, como me contó más tarde, ya sólo quedaba él de todos los que coincidieron trabajando en el Café de Rick aquel verano de1942 en Casablanca.

– Ahora entiendo niña… – me dijo al tiempo que recogía la carta que mi abuelo había escrito para él – Me tendrás que perdonar, pero saber de la muerte de tu abuelo ha sido un duro golpe para mi. Si no te importa, hoy ya es tarde, anota tu número de teléfono en el sobre y yo te llamaré. Pero ahora me gustaría retirarme.

Y apretando un botón del aparato que llevaba al cuello, llamó a uno de los enfermeros que le ayudó a incorporarse.

– Voy a estar unos días en la ciudad – le dije mientras anotaba mi número en el sobre – Mi abuelo me dijo que usted tenía una buena historia para mi… Soy periodista.

– Ingrata profesión en estos tiempo chiquilla – me contestó, mientras apoyado en mi brazo subíamos el sendero hacia el edificio principal -Tu abuelo siempre fue un tipo muy listo y quizá tenga razón. Ya es hora de contar la verdad, antes de que no quede nadie para poder explicarla. Te llamaré – dijo con un último gesto decidido blandiendo en alto la carta de mi abuelo.

La mañana del segundo día tras mi vista, me llamó una enfermera de la residencia avisándome que Emile me esperaba esa misma tarde, después de comer. Poco podía sospechar que el anciano amigo de mi abuelo, me iba a llevar de su mano a un viaje en el tiempo.

Recuerdo la suave voz de Emile, comenzando a hablar tras el último trago de su infusión y casi sin darme tiempo a poner en marcha la grabadora. Desde la ventana de su habitación podía verse la suave pendiente de césped, y las palmeras mecidas por la brisa, en alguna parte sonaba una vieja melodía de jazz. El ambiente era perfecto para emprender el viaje…

..

.

Aquel verano de 1942 Casablanca era un faro que atraía a gentes de todas partes del mundo con la esperanza de huir de la guerra que asolaba Europa. El último puerto seguro del norte de África y la ventana desde donde saltar a Lisboa y de allí huir hasta América.

Golfos, truhanes, busca vidas, familias honradas, banqueros, militares, espías,  Alemanes, Franceses, Húngaros, Americanos… todos se daban cita en las viejas calles de la Medina, paseando por La Corniche, esperando su visado para volar a la libertad a los pies del Faro de El Hank. Soportando las altas temperaturas del verano encerrados en sus refugios por el día y aprovechando el frescor de la noche para ver y dejarse ver, en uno de los dos locales en donde sucedía todo lo que podía ser interesante en Casablanca: El Loro Azul y el Café de Rick.

Emile, me contó que llegó a la ciudad huyendo de su pasado en la resistencia de París y dada su habilidad con las cartas y los idiomas, no le costó encontrar trabajo, hasta que acabó dirigiendo el casino ilegal que había en la parte trasera del café de Rick. Un local único donde podían beber, codo con codo: un espía americano, un ex boxeador, un capitán de la policía colaboracionista, un mayor de la Luftwaffe, varias coristas, un pianista negro y todas la almas perdidas por la guerra en busca de un visado hacia la libertad… un microcosmos lleno de todos los tipos de personas que se pudieran imaginar.

La vida, decía a Emile, transcurría perezosa ese verano, sin que casi nadie sospechara lo que estaba a  punto de acontecer, hasta que a mediados de Septiembre él, que había sido hasta entonces un conquistador sin patria ni bandera, se enamoro perdidamente de Annina, una jovencísima refugiada Búlgara de 17 años con la que pasó sus últimos días en África y que le acompañó fielmente durante el resto de su vida.

-El amor existe pequeña -me dijo entonces Emile, poniendo su mano arrugada sobre la mía – nunca olvides eso. A veces será lo único que te mantendrá en pie.

Quizá fueron sus hábiles ojos de crupier, acostumbrados a seguir los veloces movimientos de la ruleta o de las cartas sobre el tapete, quizá su experiencia como hombre de mundo, el caso es que Emile supo asomarse por un instante al interior de mi coraza por la grieta que habían abierto sus palabras. Quizá fue el ambiente relajado o que me pilló desprevenida, pero él, sabio y caballero, supo apartar en el instante siguiente la sombra que había oscurecido mi mirada y acariciando levemente ni mano, sonrió y siguió hablando, como si nada, sobre Casablanca, que aparentemente tranquila era, en aquel Octubre del 42, un hervidero de intrigas.

La resistencia, con la colaboración de algunos personajes relevantes, entre los que se encontraba el propio Rick, estaba preparando en secreto, la llegada de los aliados al norte de África. Por fin el 8 de noviembre de 1942, la Operación Torch, supuso el desembarco y el rápido avance de las tropas Anglo-americanas por el norte de África, con el fin de abrir otro frente de combate que redujera la  presión de las tropas nazis sobre la Unión Soviética y haciendo de esta forma que los Alemanes tuvieran que dividir sus fuerzas.

Tan sólo un grupo reducido de los trabajadores del café estaban al tanto de lo que iba a suceder. Pero la lealtad de Emile, Carl, Sasha y Sam para con Rick estaba fuera de toda duda. Como todo lo que era importante en Casablanca pasaba por su café, la discreción pasó a ser un activo muy valioso y eso forjó una amistad eterna entre ese puñado de hombres sin patria,  que encontraron en esa camaradería la familia que la guerra les había arrebatado.

Rick era la pieza clave de toda la operación. Amparado por su hermetismo, una fingida neutralidad, su “nacionalidad de borracho”, un turbio pasado y la ayuda de la inmensa ambición del Capitán Renault, que sólo pensaba en su propio beneficio. Entre los dos controlaban los movimientos de toda la ciudad.

Así cuando llegó la hora consiguió,  gracias a sus contactos con la resistencia, los salvoconductos necesarios para hacer llegar a su “familia adoptiva”, hasta la retaguardia de los americanos y que fueran evacuados hacia los Estados Unidos, donde los recibieron con todos los honores.

Mientras, en Casablanca, Rick y el Capitán Renault, junto a un grupo de soldados de la Francia Libre, se unieron a las tropas aliadas y gracias a su conocimiento de la zona y a sus contactos con las tribus del desierto, tuvieron un papel importante en la batalla, hostigando durante mucho tiempo a las tropas Alemanas. Gracias a su lucha y a su comportamiento ejemplar, la marina pudo conseguir que Rick volviera a entrar de nuevo en su país al acabar la contienda.

Todo esto y mucho más me contó Emile durante los pocos días que pude estar con él. Pasábamos las horas juntos, yo grabando y anotando y él contando todos los recuerdos que pasaban por su cabeza… parecía que su memoria no tenía fin, saltando entre África y América.

Habló de su vida en Las Vegas hacia los años 50. Allí fueron a parar porque Rick le encontró casa y trabajo en un casino, gracias a sus contactos con la mafia, un tal Frank Sinatra y un tipo muy simpático llamado Dean Martin. Todos juntos, formaban una pandilla muy divertida: el “Rat Pack” les llamaban. También estaban un tal Sammy Davis, Jr., Peter Lawford, Joey Bishop y de vez. En cuando se incorporaban a la fiesta otras actrices o cantantes como Shirley MacLaine, Angie Dickinson, Marilyn Monroe o Judy Garland. Según me contó Emile, cuando Ilse se unió a ellos tras la muerte de su marido en Europa, Rick y ella, pudieron ser felices y dejaron, por fin, de añorar Paris.

Aquellos fueron años maravillosos, pero cuando Annina enfermó y murió Emile se mudó a un Hotel de Cayo Largo en Florida, buscando una vida alejada de los focos y las bambalinas. Allí vivió muchos años tranquilo, regentando el bar del hotel. Aunque, muy a su pesar, vivió también algunas aventuras. Como un episodio curioso, con unos gánsteres durante un huracán, que me prometió detallar más adelante. Cuando le llegó la hora del retiro, sus valerosas acciones en la guerra le permitieron entrar en el asilo para veteranos de la Marina.

..

.

Mis vacaciones se terminaron, pero le dejé a Emile una caja llena de cintas para que pudiera seguir grabando sus memorias. Mi abuelo tenía razón, la vida de este hombre estaba resultando de lo más interesante para una periodista inquieta como yo. Cada semana, puntual como un reloj, me llegaba un paquete de Emile con lo que había recordado de sus aventuras, aunque poco a poco, los paquetes fueron espaciándose en el tiempo y su voz sonaba cada vez más débil.

Tenía que haberme dado cuenta…

Un día recibí una llamada de la residencia de la Marina, me avisaba de la muerte de Emile y de que recibiría muy pronto un paquete que él había dejado preparado para mi.

Cuando abrí la caja encontré dentro un montón de cintas de casete grabadas y perfectamente numeradas en rojo y negro como un pequeño guiño a su pasado de croupier; un paquete de fotografías, en blanco y negro y en color; y una carta donde me pedía por favor que me encargara de escribir la historia de unos héroes anónimos que hicieron lo que pudieron, dadas las circunstancias, para que no se perdiera su memoria en las arenas del desierto.

Ahora , cada vez que conecto el casete y escucho la voz de Emile, mi mente viaja gracias a las fotografías que había en la caja y que ahora  adornan la pared de mi salón, al norte de África y me imagino entrando en el café de Rick con mi maravilloso vestido azul, aquel Verano del 42 en Casablanca mientras, de fondo, suena siempre, el piano de Sam…

The fundamental things apply
as time goes by…

[ Frank Sinatra – As Time Goes By ]

…continuará…

Visita el perfil de @netbookk


Volver a la Portada de Logo Paperblog