Revista Cultura y Ocio

Una Historia de la Lectura.

Publicado el 24 mayo 2010 por Alguien @algundia_alguna

Hace ya algún tiempo reseñamos “La biblioteca de noche” del escritor argentino Alberto Manguel. Hoy os ofrezco un artículo que guardo entre mis apuntes: Leer es la vida, escrito por Julian Luzán y publicado en 2005 en El País a propósito del lanzamiento en España de una edición revisada e ilustrada del libro “Historia de la lectura” (Edit. Lumen) de Manguel, un relato fascinante y autobiográfico de “el poder de leer”

Una Historia de la Lectura.
En un olvidado lugar de Mesopotamia, hace muchos, muchos años, unos hombres que la historia conocería más tarde como escribas tallaron unas marcas en unos modestos bloques de arcilla: “Aquí había 10 cabras”, pudo descifrarse siglos después. De esta manera tan prosaica empezó hace 6.000 años la historia de la lectura, de la mano de un remoto pastor que anotó la compra y venta de su rebaño. Desde entonces, nuestra comprensión del universo consiste en poder leer letras y cifras y en entenderlas y difundirlas. “Todo está en los libros”, decía un eslogan para promover la lectura. Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) emprendió a partir de esa realidad la tarea apasionada de difundir la lectura. Su monumental “Historia de la lectura” (Lumen) es el relato más fascinante sobre lo que él llama “el poder de leer”, un don que convierte a dóciles ciudadanos en seres racionales capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria, al abuso.

Rodeado de su inmensa biblioteca de cerca de 50.000 volúmenes en lo que fue la rectoría de la iglesia del pequeño pueblo de Mondion, a una hora de Poitiers, en el corazón de la dulce Francia –“desde los cuatro años, desde que empecé a leer, he acumulado libros”–, Manguel confiesa haberlos abierto, tocado y consultado todos: “Porque un libro que no abres es condenarlo a una especie de purgatorio esperando que alguien le dé vida”. En un lugar destacado, sus joyas de bibliófilo: una Biblia inglesa del siglo XVIII, un manuscrito alemán de hace 600 años, unas tablillas coránicas, un Quijote de 1700 y algunas primeras ediciones. Aquí, en el campo con Lucy, una coqueta perra de raza bernois, y entre los libros que él asegura que le llaman y esperan sus comentarios y opiniones, vive el autor de “Guía de los lugares imaginarios”, “En el bosque del espejo”, “Diario de lecturas” y “El regreso”.

Con una advertencia –“a nosotros, los lectores de hoy, en teoría amenazados con la extinción, aún nos queda aprender qué es la lectura”–, Manguel se dirige al corazón y a los ojos del lector para descubrirle un momento cumbre, el de la lectura en voz alta. En el año 383, un profesor de retórica latina, san Agustín, visitó en Milán al obispo Ambrosio. “Cuando leía”, escribe en sus Confesiones, “sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. Esa lectura callada es el primer testimonio de lectura a solas que se conoce en la literatura occidental.

El lector silencioso ya estaba capacitado para entender los sonidos ordenados rítmicamente, aunque también se convirtió en sospechoso para la autoridad civil y religiosa, ya que, al leer a solas, el hombre se escapaba a su control, a sus órdenes y a sus dogmas.

Las palabras escritas, desde los tiempos de nuestros antepasados milenarios, estaban destinadas a pronunciarse en voz alta, puesto que los signos llevaban implícitos sus propios sonidos. Los signos de puntuación llegan de la mano de la lectura silenciosa. A partir del siglo VII, una combinación de puntos y rayas indicaba el punto, un punto alto era nuestra coma. “Para ayudar a los menos dotados para la lectura, los monjes amanuenses hacían uso de un método de escritura que consistía en dividir el texto en líneas que tuvieran sentido, una forma primitiva de puntuación que ayudaba al lector inseguro a bajar o subir la voz al final de un pensamiento”.

Tablillas, papiros, códices…, hasta llegar al libro actual. El códice, cuenta Maguel, fue una invención pagana. Julio César fue el primero que plegó un rollo en páginas, como un cuaderno, para enviar instrucciones a sus tropas. Los primeros cristianos adoptaron el formato códice porque podían llevar escondidos entre las ropas los textos prohibidos por Roma. Pero de todas las formas que los libros han adquirido a través de los siglos, las más populares han sido las que permitían al lector sostener los libros cómodamente en la mano.

Durante siete años, Manguel ha recopilado anécdotas, curiosidades, citas para ilustrar esta historia de la lectura que se lee como una autobiografía: “En la primera versión que escribí, yo no estaba presente. Se la di a leer a un amigo y me dijo: ‘Es absurdo que no cuentes tu relación con Borges [fue lector del ya ciego autor de El Aleph durante algunos años; “su cuaderno de notas”, como dice con humor], o cuando estuviste en Cartago, que no cuentes cómo trabajas en la biblioteca. Es tu historia de la lectura. Tienes que estar presente’. Volví al libro y me introduje. Se me ocurrió que debía hacer como en esas telas que cuando están acabadas se bordan encima. Y eso fue lo que hice. Aunque creo que es un poco peligroso utilizarse como personaje en un libro porque necesariamente mientes, toda elección es una mentira al negar los otros puntos de vista, y además le da un peso particular a lo que estás diciendo que depende no de la verdad del contenido, sino del estilo en que está dicho. Yo temo a veces que una idea que me parece válida pierda su valor como idea por adquirir su valor como confesión”.

Una Historia de la Lectura.
Superados sus temores, confiesa sus primeros amores: El libro de la selva; Alicia en el país de las maravillas; Corazón, de Edmundo de Amicis; Stevenson, Salgari, Verne, Dickens… En esos libros encontró el mundo digerido y las puertas abiertas a lo desconocido. Entendió a Cervantes y su ansia por leer “aunque sean los papeles rotos de la calle”, y descubrió que podría vivir sin escribir, pero nunca sin leer. Borges le inocularía más tarde el virus de la lectura. “Soy un lector compulsivo. No puedo estar sin leer. Es puro placer, pero no comparto esas supersticiones que existen en torno a la lectura, como la de tener que acabar un libro o leer libros llamados importantes, la de leer uno solo a la vez, la de no escribir en ellos. Un verdadero lector no cree en estas cosas”.

Tendemos a identificarnos con todo libro que leemos. “Cuando Cervantes comienza el Quijote dirigiéndose al desocupado lector, soy yo quien desde las primeras palabras de la obra me convierto en personaje de novela”. Habla Manguel también del placer de leer para otros; de esa voluptuosa sensación de cuando, de pequeño, le leían los “aterradores” cuentos de los hermanos Grimm, la primera lectura que recuerda. No sabía entonces que el arte de leer en voz alta tenía una larga trayectoria. “En la Cuba todavía española se leía en voz alta a los obreros en las fábricas tabaqueras”. Tenían sus libros preferidos, y uno de ellos, “El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, llegó a ser tan popular que un grupo de trabajadores de la fábrica escribió al autor en 1870 pidiéndole que les prestara el nombre de su personaje para llamar así a uno de sus puros.

En la Edad Media, los juglares recitaban o cantaban sus versos. En tiempos de san Benito se consideraba que escuchar la lectura era un ejercicio espiritual. Siglos más tarde, los padres leían a sus hijos, los criados a sus señores… El posadero de Don Quijote cuenta cómo, en época de siega, algún labrador que sabía leer lo hacía en voz alta para los segadores, “escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas”. Galdós describe en sus Episodios Nacionales la experiencia catártica de leer en voz alta. Uno de sus personajes, el general O’Donnell, se ofrecía a leer a su esposa hasta que a ésta le entrara el sueño.

A mediados del siglo XV se produce un descubrimiento tan importante para la lectura como el de América para la historia universal. En 1455, un joven grabador, Johan Gutenberg, comprendió que podía ganarse mucho en velocidad y eficacia si las letras del alfabeto se tallaban en forma de tipos reutilizables en lugar de los bloques de madera que se usaban para imprimir ilustraciones. Gutenberg inventó la imprenta y produjo una Biblia con 42 líneas en cada página, el primer libro impreso con tipos. Por primera vez desde la invención de la escritura se podían producir libros de forma rápida y en grandes cantidades. Es la primera democratización de la lectura: cientos de lectores podrían tener ejemplares idénticos del mismo libro.

Al hablar de placeres, Manguel recuerda uno especial: la lectura en la cama. La idea de leer acostado, sugiere el escritor, es un acto “egocéntrico, estático, libre de las convenciones sociales…”. Un acto que, por tener lugar entre las sábanas, en el reino de la lascivia y la pereza pecaminosa, participa de la emoción de las cosas prohibidas. Recuerda el escritor una ilustración del siglo XV en un libro de horas que muestra a santa Ana, la madre de la Virgen, sentada en la cama concentrada en la lectura de un libro e ignorando al niño que le muestra la comadrona. En un manuscrito del siglo XVIII se ve a un monje arropado entre mantas leyendo en una fría noche de invierno. Proust escribía y leía sentado en la cama. La escritora francesa Colette encontraba refugio en la cama por la noche para sus lecturas prohibidas. Edith Warton, la novelista estadounidense, llegó a sentir el dormitorio como su único refugio, donde podía escribir y leer a sus anchas. “Yo también lo hacía en la cama”, confiesa Manguel, “en la larga sucesión de camas en las que pasé las noches de mi infancia… La combinación de cama y libro me proporcionaba una suerte de hogar al que sabía que podía volver noche tras noche”.

Una Historia de la Lectura.
La comunidad internacional de los lectores se agrupa en sectas, en clanes. Se declaran partidarios de uno u otro autor. Pero ellas, las lectoras, las escritoras, son casi inexistentes. A las mujeres no había que educarlas porque la educación era el peligroso resultado de la curiosidad, qué gran pecado. A la mujer sólo debía enseñársele lo necesario para llevar la casa, y sus lecturas, si las había, debían ser de entretenimiento. Pero hubo alguna excepción. Concretamente, dos mujeres japonesas: Murasaki Shikibu, que escribió hacia el año 1001 la primera novela del mundo, “Historia de Genji”, y Sei Shonagon, autora de “El libro de la almohada”. Era la épica de las mujeres contada en un mundo de hombres. Una monja portuguesa, sor Mariana Alcoforado, en el siglo XVII, inauguró un nuevo tipo de lectura amorosa en sus prohibidas cartas de amor dirigidas a su amado. Sus “Cartas portuguesas” son las primeras confesiones eróticas plasmadas en un libro. Isabel Coixet pone en boca del personaje que encarna Tim Robbins en su última película, “La vida secreta de las palabras”, el descubrimiento amoroso del libro.

Crítico, apasionado y escéptico. Manguel contempla el futuro de la lectura y de las bibliotecas con pesimismo. “Nuestro error está en considerar el problema de lo que llamamos la falta de lectura desde el punto de vista del lector. Decimos que los lectores leen menos; pues hay que hacerlos entrar en las bibliotecas o en las librerías ofreciéndoles café, Internet, vídeos. El error está en que el enfoque se ha puesto sobre el lector, y no está ahí, está en la sociedad. En nuestra sociedad, lo intelectual no tiene prestigio. La lectura se ha hecho mucho más difícil en un mundo comercial que cree que la única actividad válida es la que da un beneficio monetario.

Su biblioteca ideal es anárquica, libre. La que más le seduce es la que construyó Aby Warburg en Hamburgo. Warburg, hijo de banqueros judíos, fue un apasionado de los libros y las imágenes. A los 12 años hizo un trato con su hermano menor cediéndole su derecho de primogenitura a cambio de que le suministrara todos los libros que quisiera leer el resto de su vida. Warburg construyó una biblioteca sensacional en la que los volúmenes no estaban colocados por orden alfabético o temas, sino por las asociaciones que sus libros le sugerían. Construyó una biblioteca elíptica. Quien la visitaba pedía que le sacaran de allí porque se volvía loco. En época de Hitler, la biblioteca fue trasladada a Londres, donde todavía existe en el Instituto Warburg. “Ésa es para mí la biblioteca ideal, porque es equivalente a la mente de su lector. Anárquica en la medida en que el pensamiento es anárquico y que nuestras biografías también lo son. Una biblioteca es el reflejo de su lector. Mis libros me delatan. Se puede saber quién soy por mis libros. Tengo mucho de Platón y casi nada de Aristóteles. Tengo Cernuda y García Lorca y nada de Juan Ramón Jiménez”.

“Yo no quise ser escritor. Quise ser lector”, afirma Manguel para explicar el porqué de esta historia de la lectura. “Nunca iba a escribir como Borges o como Bioy Casares, así que me dediqué a las antologías y traducciones… Hace ya un tiempo empecé a escribir un artículo para The New York Times en torno a lo que es leer, pero empezó a crecer y crecer y me di cuenta de que iba a ser un libro. Y así se convirtió en esta historia”. Publicado hace 10 años en Canadá, donde entonces residía Manguel, se ha traducido ya a 32 idiomas. El volumen que aparece ahora en España es una obra revisada e ilustrada. Mitología, anécdotas, teología, historia y mucha autobiografía.

En el último capítulo, el autor reconoce que este libro se encuentra entre los que él no ha escrito, porque no puede escribirse, sólo imaginarse. Y la fantasía nunca tiene fin. “Existe algún tipo de consuelo cuando me veo dejando el libro junto a mi cama; al imaginarme abriéndolo esta noche, y mañana por la noche, y la noche siguiente, y diciéndome: ‘No he llegado al final”.


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