Revista Sociedad

Una mujer con la mirada triste

Publicado el 22 noviembre 2011 por Hogaradas @hogaradas

Por Hogaradas
Mi oficina, ya lo he dicho creo varias veces, se convierte en muchísimas ocasiones en lo más parecido que conozco a la consulta de un psicoanalista. Sus cuatro paredes atesoran entre ellas los ecos de miles de voces con sus historias, a veces alegres, otras, sobre todo las más actuales, tristes, en toda caso y seas cuales sean, humanas.
Esta mańana ante mí he tenido a una mujer corpulenta, firme como una roca, pero cuya mirada expresaba el dolor de la desesperación, ese que solamente puede sentir quien se encuentra a miles de kilómetros de su casa, alejada de sus seres más queridos, sin trabajo, sin dinero apenas ya para sobrevivir y sin el apoyo de aquellos con quienes comparte su casa, tan crueles, que consienten que su vida en ella transcurra en condiciones en las que ninguna persona debería vivir.
Qué decir y qué hacer ante la tristeza, el desánimo, la inquietud, el temor, cuando asistes a la más absoluta de las desolaciones, cuando ves a un ser humano sufriendo porque no encuentra ninguna salida, ninguna mano tendida que lo ayude.
Cierro la puerta tras ella y apenas puedo contener las lágrimas. Entre sus manos se lleva unos dulces de los que suelo tener siempre en una pequeńa cesta en una de las estanterías, y con dos besos de agradecimiento se va, ahora con la esperanza de que en pocos días todo va a cambiar, esperando me imagino que en un abrir y cerrar de ojos esa distancia en el tiempo que la separa de esa puerta abierta se haga invisible. Yo también lo espero, como espero también que su fuerza la ayude a mantenerse en pie y no flaquear, a esperar pacientemente y pensar que ya el final está muy cerca de cambiar su realidad.
Muchas veces asisto a algunas de estas historias envuelta en una difícil capa que me permita protegerme de tanto dolor; a veces al final del día son demasiadas vidas, muchas historias de malos tiempos, y una no puede sobrellevar tanta carga, traspasar aquella puerta, cerrarla y olvidarse de todo, como si no hubiera pasado nada.
Adoro mi trabajo, me gusta el trato con la gente, pero la antesala de los momentos de júbilo muchas veces es ésta, la misma de hoy, un silla frente a la mía y, sentada en ella, una mujer de mirada triste, con una larga historia tras ella, pero con la esperanza de encontrar alguien que la ayude y que consiga que cambie su destino.


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