Por Hogaradas
No sé si ellos dos lo harían, sé que mi madre sí, por eso tuvo la oportunidad de volver a verlo todo tal y como sucedió aquel día, también las ausencias, por supuesto.
Parecía que el tiempo se había detenido, el mismo cielo azul, las mismas elevadas temperaturas, el color verde salpicando cada uno de los lugares en los que la vista se posaba, y la iglesia, al final de las escalinatas que conducen a ella y que aquel día bajé del brazo de mi padre sintiéndome la protagonista de un maravilloso cuento de hadas.
No necesité ni tan siquiera cerrar un segundo los ojos para revivir momento tras momento todos los que brillaron aquel día, al igual que los ojos y las sonrisas de quienes se acercaron hasta allí para compartirlo con nosotros.
Tal y como quisieran ellas, dediqué solamente un segundo a sus ausencias, el justo para recordar cuánto las echábamos de menos, el necesario para escuchar a mi madre decir que podía verlas perfectamente subiendo por aquellas escaleras.
Con cada fotografía el escenario volvía a convertirse en aquel en el que a nuestro alrededor una y otra cámara dirigía su objetivo para inmortalizar aquellos momentos de felicidad, hoy cuidadosamente guardados en este ordenador desde el que escribo, otros en vídeos musicales con los que de vez en cuando me gusta emocionarme y recordarlo todo, vivir otra vez, de alguna manera, aquel día.
Escribo estas líneas aprovechando esta tarde triste y lluviosa, es como si de repente necesitara de esta melancolía otońal para escribir, para expresar un ańo más cómo se siente mi corazón en esta fecha, en la víspera de nuestro quinto aniversario.
Apenas recuerdo las palabras que le dediqué el ańo pasado, si bien sé perfectamente que comenzaba diciendo que un dulce beso de buenos días me había recordado la fecha, el mismo que espero mańana, hoy para quienes os acerquéis a leer estas palabras, pueda sentir otra vez en mi mejilla cuando todavía no haya comenzado a despuntar el día.
Probablemente haya hablado de lo mismo, de lo más importante, de lo único que puede salvarnos de todos los inconvenientes y los malos tragos con los que nos encontramos en el camino, del amor, el mismo que continúo sintiendo, ese que incluso se ha reforzado más cuando las situaciones no han sido las más favorables, cuando nos hemos visto envueltos en guerras ajenas que han conseguido salpicarnos.
Volvería a ser la novia radiante de aquel soleado día de octubre, la novia radiante de un lluvioso día de octubre, la novia, radiante en cualquier caso, sea cual fuera el tiempo reinante; vestida con mi precioso traje con volantes entraría de nuevo con paso firme y decidido a confirmar y a afirmar que este es el hombre a quien quiero, a quien amo, el que me hace y con quien me siento inmensamente feliz.
Dicen que un gesto vale más que mil palabras, pero aun así me siento afortunada por tener la palabra a mi disposición para expresar lo que creo que a veces llega tan directo al corazón como un gesto, pero al igual que creo dije ya en alguna una ocasión, es necesario un beso, un abrazo, una caricia, sentir el roce, el tacto de una piel que nos recuerda que seguimos ahí como siempre, incondicionales, al igual que el primer día.
A mis gestos ańadiré solamente tres sencillas palabras: Carlos, te quiero.
