Revista Viajes

Una playa en Badajoz. Extremadura y su Costa Dulce

Por Inshalatravel @inshalablog
¿Y un bañito en una de sus playas? Raúl, nuestro nuevo inshaler, nos acerca a esa sorprendente tierra "a lomos" de su camper.

El pasado puente de San Isidro buscaba algo diferente que hacer. Suelo salir con mi camper al menos una vez al mes a hacer rutas interesantes, o simplemente a relajarme en cualquier playa del Mediterráneo, pero este puente me apetecía hacer una visita a un restaurante muy especial que está en . Su nombre es y está perdido a las afueras de un pequeño pueblecito, Cañamero. Es difícil llegar hasta allí si no se ha ido antes; de hecho al hacer la reserva, además de preguntarte si tienes algún alimento que no te guste o al que seas intolerante, te sugieren que preguntes en la gasolinera del pueblo cómo llegar. Dan por sentado que uno se perdería sin su ayuda y creo que no van desencaminados en absoluto.

El restaurante definía la comida del viernes, y el aperitivo sería en Guadalupe, así que busqué algún sitio interesante y cercano donde pudiera darme un baño para finalizar el puente remojándome sin tener que conducir hasta la costa. Con un embalsito o unas piscinas naturales me habría conformado, pero ya en la primera búsqueda por Google me encontré con la Costa Dulce, una playa en el pueblo de Orellana la Vieja que ha recibido una de las diez banderas azules de la Unión Europea. El viaje ya estaba diseñado y tenía buena pinta, solo había que esperar al jueves por la noche para iniciarlo.

La carretera me llevó despacito por la A5 hasta Navalmoral de la Mata, un paseo, y allí me desvié para buscar el embalse donde pasaría la noche del jueves, el Embalse de Valdecañas, con un cielo cuajadito de estrellas y una temperatura perfecta para dar un paseo recién despierto al amanecer. La quietud solo se ve alterada por la carretera, demasiado cercana al aparcamiento.

Tras un café en el cercano pueblo de Peraleda, me dirigí con la cama sin hacer hacia el sur, hacia Guadalupe, rodeado de naturaleza hirsuta y cuajada de vida, con trazo serpenteante entre colinas empinadas. Decididamente, un paseo para hacer sin prisa y disfrutando del volante. El camino hacia Guadalupe es de peregrinaje, por lo que cada poco se cruzan sendas para peregrinos que evocan los pueblecitos del Bierzo con Santiago pero con un paisaje tan distinto que resulta paradójico.

El pueblo de Guadalupe aparece en un valle que quita el aliento. Su complejo gótico resalta entre las casitas que se van diseminando a su alrededor, y una vez que vas acercándote más y más descubres la magnitud de su belleza. Mejora de cerca. Un paseo entre sus estrechas calles y empinadas cuestas es lo mejor para hacer sed y apetito y disfrutar de una cerveza fresquita con una tapa. La morcilla del lugar es exquisita y di buena cuenta de un par de pinchos, pero simplemente para abrir boca, ya que en breve espacio de tiempo tenía hecha la reserva en "Algo Así".

El hambre ya se había instalado y cuajado la razón, y en un santiamén me planté en la puerta del restaurante. Un paseo con ventanillas abiertas y suspirando para que hubiera una sombra donde aparcar la furgoneta, para que no se convirtiera en un horno impracticable a la hora de la irremediable siesta. No hubo suerte con la sombra, pero sí con el menú, que además de delicioso se completó con una charla muy agradable y una sobremesa a base de licores de distinta graduación y sabor. Los platos fueron abundantes y con una presentación exquisita por parte de Frank, el suizo camarero que hace de su restaurante un referente rural del bien hacer culinario.

Siesta, paseo y ducha mediante, tuve que mirar varias veces el mapa para tomar la carretera EX-115 que finalmente me llevó al pueblo de Orellana la Vieja. Un supermercado, varios bares, casas bajas y mucho sol de secano para un camino que lleva directamente a la playa. Su orografía recuerda a la de La Magdalena de Santander, en pequeñito, pero con una playa de aguas impolutamente claras y una sensación de amplitud que hace que te sientas cómodo y relajado. Llegué por la noche y estaba desierta, por lo que pude dar una vuelta cómodamente como si fuera el único habitante de la tierra. Grillos, luces tintineantes al otro lado del embalse y música de fondo.

El sitio vale mucho la pena. Tiene merenderos y chiringuitos con terrazas amplias que animan a la conversación, servicios inmaculados que se limpian a diario a conciencia y un embarcadero próximo, pero no tanto como para que se resienta el baño, al menos en principio.

De día la playa está preparada para cualquier plan imaginable. Desde un concierto con escenario en el agua y anfiteatro común para el cine de verano, hasta una playa de hormigón para plantar la toalla sin la a veces molesta arena... Busqué un césped mullido que había algo alejado del complejo de restauración y servicios, con merenderos de madera y una islita muy acogedora, a la distancia suficiente de la orilla como para plantearse un reto nadando. Me quedé en la orilla con algo que beber, algo que comer y juegos de mesa, y así pasó el sábado de agua dulce, sol y moreras de sombra necesaria.

El domingo aparecieron varias familias un tanto ruidosas y enturbiaron el agua con sus lanchas motoras, por lo que me temo que más entrado el calor puede convertirse en un hervidero de amantes del domingo en familia con agua y comilona de por medio... Algo muy alejado de mi objetivo inicial.

En definitiva, un lugar muy recomendable a cuatrocientos kilómetros de Madrid, que complementa mi restaurante favorito con un baño reparador.

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