Por Hogaradas
Durante mi estancia ayer en la peluquerнa habrнa tenido tiempo hasta de leerme “El Quijote”, aunque consciente y conociendo la duraciуn de estas visitas siempre suelo ir preparada y acompaсada de algъn libro, en el caso de ayer del de mi amigo Ovidio, “Ventanas compartidas.”
Acudo a la peluquerнa por obligaciуn, porque no acabo de encontrar yo el punto de placer a pasarte dos horas de silla en silla, con un aspecto horrible y escuchando el alegre parloteo de cuantas fйminas acuden a arreglarse el pelo como si de una consulta psicolуgica se tratara.
Ayer, mientras me contemplaba en el espejo, de medio lado, que ya se sabe que hay situaciones que es mejor vivirlas a distancias mбs bien largas que cortas, pensй en la inutilidad y la “mala leche” de colocarte delante de un espejo, grande como un demonio, cuando se supone que llegas a йl echa unos autйnticos zorros y que todo el proceso hasta que se haya producido la transformaciуn no serб nada agradable a la vista. Creo que es por eso que te atiborran a revistas y a conversaciуn, en un intento de que no seas consciente de la realidad que tienes enfrente tuya, fiel reflejo de quiйn eres y de que necesitas urgentemente que alguien arregle aquello.
Mientras esperaba impaciente que alguien se acordara de que seguнa allн, sentada en la misma silla, la cual era ya mбs mнa que del establecimiento, si tenemos en cuenta que habнa pasado mбs de hora y media soportando mis posaderas, tambiйn aprovechй para hojear una de estas revistas llamadas “del famoseo”, esas que habitualmente me duran un suspiro porque me dedico a ver casi exclusivamente los pies de foto y las mismas. Nada interesante, y siempre mбs de lo mismo, famosos que llevan a sus hijos al cole, la Duquesa y las pruebas de su vestido, su novio y el sueldo vitalicio, quй suerte Alfonso, quiйn pudiera, la princesa Leticia y sus estilismos, su cuсada Elena luciendo tipazo a sus 47 aсos… Y Riahnna, esto fue lo que hizo pillar ya el mosqueo definitivo, gastбndose nada mбs y nada menos que la friolera de 200.000 eurazos por semana en un exclusivo yate en cuya cubierta aparece luciendo trikini y unos rizos que para mн los quisiera yo.
A punto de que mis pelos acabaran en punta pensando en cuбntas actuaciones tendrнa que hacer la de Barbados para recuperarse de semejante gasto y cуmo conseguirнa llegar a fin de mes, alguien me saca de mi ensimismamiento para indicarme que puedo ya pasar a lavar la cabeza, con lo que veo que el final de mi experiencia estб cada vez mбs cerca, lo cual me alegra enormemente.
Con el lavado de cabeza cierro los ojos e intento disfrutar el momento, imaginando que el ruido de los secadores es el sonido de las olas, que me encuentro plбcidamente tumbada disfrutando de un precioso dнa de sol y que Carlos se acerca ofreciйndome una dulce y frнa piсa colada.
El sueсo se rompe cuando las manos que hasta hace poco se deslizaban sobre mi cabeza, le dan un meneo para enganchar mi pelo en una pinza y devolverme de nuevo al lugar en el que comencй esta historia, la silla de marras.
Pero una ayer tenнa ganas de guerra, asн que decido acabar la sesiуn sometiйndome a un peinado a dos manos pertrechadas de sendos secadores, haciйndome un alisado con el que disfrutarй de esta sadosesiуn de peluquerнa de la manera mбs intensa que se puede, con un meneo de cabeza de acб para allб y a golpe de cepillos que se enroscan y desenroscan a toda velocidad.
El resultado mejor de lo que habнa esperado, un cambio de look, que nunca viene mal, un par de piropos de los incondicionales del barrio, y la cara de asombro de un marido que nunca me habнa visto en tal aprieto. Es evidente que ayer el cuerpo me pedнa guerra.
