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Una visión de Stranger things o Stranger things, una visión

Publicado el 18 noviembre 2017 por Mariocrespo @1MarioCrespo

Una visión de Stranger things o Stranger things, una visión
Llevaba tiempo buscando una serie que me enganchara de verdad; me refiero a una de esas que te empujan a ver un capítulo tras otro e incluso una temporada entera en un día para convertirla así en una película de ocho horas y, mira tú por dónde, alguien comentó un día en una reunión familiar que tenía ganas de llegar a casa para ver un capítulo de Stanger things en Netflix. Por entonces yo ya había oído hablar de ella, conocía por encima la temática y sabía que podría gustarme, pero no me imaginaba hasta qué punto. Quizá no sea original afirmar que a uno le encanta la serie que ha causado sensación estas dos últimas temporadas, pero quizá decir lo contrario no sea del todo honesto. 
El primer acierto de los guionistas ha sido ambientar la historia en la década de los ochenta, pues esta está viviendo su revival en la moda, y la estética y la ambientación resultan cercanas y familiares para cualquier espectador, y no solo para quienes vivimos aquella época como un despertar, sino también para las nuevas generaciones, que la observan desde lejos como una tiempo legendario. Así pues, el efecto nostálgico que despierta influye de alguna manera en el entusiasmo que genera. Por otro lado, la serie está plagada de guiños y referencias a los grandes clásicos de entonces, con reminiscencias de autores como Stephen King o directores como Steven Spielberg, una atmósfera evocadora creada alrededor de una pequeña localidad de los Estados Unidos y plagada de personajes más profundos de lo que pudiera parecer a simple vista y donde, cómo no, hay un sheriff que será crucial en la trama. Se trata de un tipo de historia que ya intentase recrear hace unos años J.J. Abrams en la fallida Super 8. Él sabía dónde estaba el éxito, pero no supo ejecutar bien la estrategia para llegar a él. 
La visión que han tenido los Duffer Brothers para asegurar el éxito reside en dos factores, a saber: el poder de sus imágenes; la intensidad de su trama. Lo primero, ya comentado arriba, viene apoyado en una buena realización y una mejor dirección de fotografía. Lo segundo se basa en un recurso que no resulta fácil de lograr; me refiero a la coordinación de las acciones paralelas en su intensidad narrativa, para lo cual se requiere que tanto los personajes como las acciones que realizan tengan una importancia similar y vayan a confluir al mismo punto, sea este un cliffhangero un clímax. 
Soy poco amigo de las historias de suspense en las que aparecen monstruos, pues me resulta un terror poco cercano, ficticio, casi idílico, al contrario que me sucede con el que se basa en experiencias extrasensoriales, presencias extrañas o espiritismo, puesto que, de una u otra manera, son asuntos que me resultan más cercanos o que incluso, en algunos casos, he podido experimentar (¿quién no ha “jugado” alguna vez con una tabla güija?). Se trata de la verosimilitud del pavor, que nada tienen que ver con la verosimilitud de la historia, ojo. Y en Stranger things tenemos un claro ejemplo, puesto que los monstruos no le restan un ápice de emoción al argumento, más bien se lo añaden. 
Este logro se debe a la redondez del producto que los Duffer Brothers han conseguido crear; un artefacto de entretenimiento puro que te mantiene siempre con los ojos bien abiertos. Pero no se trata solo de ocio hueco, la serie plantea, desde el punto de vista de unos preadolescentes de middle school la importancia de la ciencia en el conocimiento de los hombres y mujeres de hoy día. De hecho, aunque la acción transcurre a menudo en el colegio o sus cercanías, al único profesor que vemos es al de ciencias, que deja algunos apuntes interesantes sobre los universos paralelos o el cosmos. Stranger things retrata además el bulling desde la perspectiva de los ochenta, donde o había menos control sobre él o la sociedad lo toleraba a base de indiferencia. Pero, sobre todo, nos habla de la amistad (“friends don’t lie”) y la fortaleza que ella es capaz de darnos a la hora de formar nuestra personalidad en la prepubescencia. Las pandillas y su importancia para evitar el aislamiento social; su unión, su solidaridad. Y una cosa más: la lucha de la gente normal contra las fuerzas del mal, que, aunque no sea en forma de monstruos, nos rodean a diario y modifican nuestra vida y nuestra personalidad. Y ellas, como ya mostrara Expediente X en los noventa, pueden estar encubiertas bajo la aparente seguridad que ofrecen los gobiernos que nos desgobiernan.

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