Vacaciones
Tengo la sensación de que hay mucha gente que vive en un estado permanente de “catalepsia activa” (término inventado, por supuesto). Gente que vive como muerta, atada a compromisos que les parecen sólidos como losas de tumba. Y así es como ven sus vidas: como auténtico mármol, pesado y gris. Gente que vive deseando que llegue el fin de semana, el próximo puente o las vacaciones. Y no hacen más que quejarse el resto del tiempo. Pero tampoco hacen nada para cambiar. Sé que es difícil. Sobre todo cuando hay cargas familiares. Pero si no te gusta tu vida, cámbiala o asume que eso es lo que hay y deja de dar la (puta) brasa y de amargar a todo tu entorno (perdón por el exabrupto).
Luego hay gente con menos suerte que de lo que se queja (y con razón) es de no encontrar trabajo. Pero aquí los hay de todos los colores: los que se quejan con todos los motivos y los que lo hacen ya como un mantra. Y estos no tienen vacaciones (aunque probablemente las necesiten más que nadie).
Y por último, están esas personas adictas que trabajan durante las vacaciones. No por necesidad, sino porque son adictos al trabajo. Los que llevan el portátil y el teléfono a todas partes como si fuera un hijo. Estas personas te explican que, si no lo hacen, todo se va al carajo. Que tienen que hacerlo así porque no hay más remedio. O porque, si no lo hacen ellos, no se hace. Mil formas de decir, al fin y al cabo, que su trabajo es más importante que todo lo demás.
Espero que ustedes, lectores, no estén en ninguno de estos grupos. Y, si lo están, piensen un poco en que la vida vuela y que es posible que mañana mismo todo cambie (para mejor o para peor) y todo este tiempo ha estado usted amargado y amargando. Qué necesidad. No se trata de ser optimista a la fuerza (eso no tiene sentido), se trata de pensar en los demás. Respire hondo y, ya sean de verdad o virtuales, tómense unas vacaciones. Si al volver está usted amargad@, es que es hora de cambiar de destino.
