Cuando leo un libro que me gusta y no conozco con antelación a su autor, suelo buscar información al momento. Me gusta saber sobre sus vidas, sus trayectorias, sus compromisos sociales, su ideología también, por qué no. Y empatizo con frecuencia con los autores cuyas obras me han dejado un buen sabor de boca. Me sucede en términos generales y me gusta pensar que aunque no tengo por qué coincidir en los planteamientos de esos escritores que me gustan, la coincidencia de criterios en algunos ámbitos me ayuda a comprender mejor sus obras. Sé que esto no es una técnica muy ortodoxa, pero me suele ir bien. Al menos hasta ahora.
Y a la vez que me sucede de esta forma con quienes escriben de maravilla, si de entrada me llega información sobre comportamientos que no apruebo, normalmente no pierdo el tiempo en leer a quienes no me empatizan.
Llegados a este punto, hace tiempo, bastante, que pienso esto sobre Arturo Pérez Reverte; cuando he querido expresarlo en mi entorno próximo, salta alguien a quien aprecio que habla bien de su obra. Me callo entonces por inseguridad, pues no tengo argumentos para hablar de lo que escribe, así que no voy a opinar en absoluto en este post de su faceta literaria, no me he molestado en leerlo y estoy condicionada por su persona; me cuesta abrir un libro suyo, lo admito. No he leído ni una línea de ninguna de sus novelas, aunque sí varios de sus artículos. No me gusta Pérez Reverte.
Hace unos días, Araphant, compañero de blog, comentó en sus redes un asunto relacionado con un plagio de este autor. Era lo que necesitaba para lanzarme y opinar. Pero ni siquiera fue esa información suya, que desconocía, lo que condiciona mi sensación para con este señor. Lo que a mí me puede y me sitúa a este ser humano en la categoría de ¿sobrado? ¿ególatra? ¿narcisista? -no encuentro ahora el adjetivo exacto- es el desprecio generalizado con el que habla de aquellos que no opinan como él, de excompañeros periodistas que pudieron hacerle sombra, de profesionales que le rebaten algunas cuestiones vinculadas con el uso del lenguaje y con un tono mansplaining que da lástima... -ojo, es que estamos hablando también de un académico de la RAE al que parece que nadie puede toserle-.
Cuento con los dedos de una mano los escasos ejemplos en los que la obra de un autor me gusta de forma proporcionalmente inversa a su persona. Mario Vargas Llosa es uno de ellos, pero claro, excepciones haberlas haylas. Por si acaso se conviertan algún día en norma, mejor saber primero a quiénes leemos y así no nos llevamos sorpresas desagradables.
*** Foto: Pérez Reverte en su típica postura yomimeconmigo.