Creo que fue a principios de semana llamé a una amiga mayor que lo está pasando mal por temas de salud. No la llamo más a menudo para no molestarla. Ella se alegró muchísimo. Y siempre me dice lo mismo ¡Es que tienes tanta fuerza!
La verdad es que no sé si tengo o no tengo fuerza, pero en un sentido si sé que la tengo: en la lealtad a mi gente amiga.
Conocer a esta amiga mayor fue, esencialmente, un regalo de la vida. Nos conocimos gracias a que se organiza en Asturias un Foro feminista y me llamaron para que participara con una ponencia sobre las brechas de las mujeres mayores. Allí me rencontré con Maricusa, una mujer sindicalista y muy comprometida políticamente con el feminismo radical. Y, por supuesto leal amiga.
Maricusa me dijo que me presentaría su compañera y amiga Aída. Y ahí conocí también a Aída con quien creo que hubo un flechazo emocional mutuo.
Me presentó y luego moderó el debate que estuvo muy activo y, también muy divertido. Yo recuerdo haber hecho la gansa en las respuestas para provocar más preguntas. Creo que puedo afirmar que lo pasamos bien.
Después fuimos a comer. Hago un inciso antes de continuar. Dicha jornada de celebró en la antigua casa de aseos de la mina “Pozo Sotón”, que me impresionó profundamente ver los ganchos colgados del techo donde los mineros había de dejar colgados la ropa y los cascos. O un panel de madera en al cual cada minero debía dejar una especie de palito que cogía al iniciar su trabajo y debía devolverlo al finalizar la jornada laboral. Nadie podía salir de la mina hasta que el panel de palitos estuviera completo porque de lo contrario significaba que alguien quedaba dentro de la mina y había que ir en su busca. Todo aquello me impresionó muchísimo y me cambió la forma de ver la mina e incluso, la vida. Fue, en sí mismo, un viaje revelador.
Vuelvo al relato. Después de la ponencia y del animado debate, fuimos a comer. Nos pidieron que nos sentáramos abandonando los grupos naturales por aquello de ir conociéndonos. A mi lado se sentó una señora estupenda que no podía utilizar bien los cubiertos así que le fui troceando poco a poco la comida. Era una señora muy arreglada, muy coqueta y comprometida social y políticamente. Es un descuido Maricusa me llamó y me dijo que la entretuviera porque era una mujer que vivía sola y que hoy necesitaba socializar. Tengo fama de saber escuchar bien, con lo cual no tuve que esforzarme demasiado.
De aquella señora estupenda recuerdo con la pasmosa tranquilidad y sosiego que me hablaba de “sus” muertos. Todos los hombres de su vida: padre, tíos, abuelos, primos, etc. habían muerto en la mina. Su único hijo también trabajaba en una mina, pero en la administración. Ahora estaba tranquila. Su hijo no era minero. Su testimonio me impresionó profundamente. De hecho, cuando regresé a casa le dije a una amiga y compañera, Carmen, que aquel había sido un viaje muy muy revelador de realidades desconocidas y que me conmocionó totalmente. Se sentí transformada por la realidad que me contaban aquellas mujeres que me buscaron a la hora del café para contarme sus historias.
Si el entorno del Pozo Sotón es impresionante con su cementerio con lápidas blanca a la entrada de este y la sala en donde se hicieron las dos ponencias así como el exterior con las viviendas de los mineros y sus familias, más impresionantes me resultaron las vivencias de aquellas mujeres fuertes y luchadoras que no se arredraban ante nada.
Aquel no fue solo un viaje físico a Asturias a una zona y a una realidad completamente desconocidas para mí, fue un viaje emocional a un centro de mí misma hasta ese momento desconocido. Me fascinaron aquellas historias que aquellas mujeres mayores decidieron contarme, “solo” porque les hablé de ellas mismas, de sus brechas, de las carencias institucionales que se daban con ellas, de las violencias estructurales que vivían cada día y las tenían tan naturalizadas que ya ni las detectaban. A cambio me regalaron “pedacitos de sus vidas” que me traje a mi casa y se quedaron en mi alma.
Nunca les agradeceré suficientemente a Maricusa y a Aida que me invitaran a aquel foro. Lo que iba a contarles dejó de tener importancia porque lo que ellas me regalaron superó con creces todo el trabajo que yo había preparado.
Recuerdo con una sonrisa como alguna señora decía que no había que hacer enfadar a Maricusa que va por la vida de dura y con cara de pasarse la vida refunfuñando, pero que es un amor de mujer siempre pendiente de quien la pueda necesitar, de las “muyeres” como ella las llama. Y no, no hicimos enfadar a Maricusa. Conseguimos hacerla reír.
Este artículo se lo quiero dedicar a ellas dos y a Mercedes que me está descubriendo en cada viaje su maravillosa tierra, Asturias.
Ben cordialment!
Teresa
