Estaba harto de ser únicamente yo mismo. Estaba harto de aquella imagen de Romain Gary que me habían endosado de una vez por todas desde hacía treinta años, desde la súbita fama que había alcanzado aquel joven aviador con Educación europea, cuando Sartre escribía en Les Temps modernes: «Habrá que esperar algunos años para saber si Educación europea es o no la mejor novela sobre la Resistencia…». ¡Treinta años! «Me habían fabricado una cara.» Quizá, inconscientemente, yo mismo me prestaba a ello. Era más fácil: el personaje ya estaba hecho y solo había que meterse en él. Así me ahorraba tener que mostrarme. Había, sobre todo, la nostalgia de la juventud, del comienzo, del primer libro, del volver a empezar. Volver a empezar, volver a vivir, ser otro: esa fue la gran tentación de mi existencia. Leía en las contracubiertas de mis libros: «…varias vidas plenamente vividas… aviador, diplomático, escritor…». Nada, cero, briznas al viento, con el ansia de absoluto en los labios. Todas aquellas vidas oficiales, por así decirlo, debidamente catalogadas, se duplicaban y triplicaban en muchas otras, más secretas, pero el viejo aventurero que soy nunca encontró satisfacción en ninguna de ellas.
La verdad es que me afectó muy profundamente la más antigua tentación proteica del ser humano: la de la multiplicidad. Un hambre voraz de vida, bajo todas sus formas y en todas sus posibilidades, que cada sabor probado no hacía sino acrecentar. Mis impulsos, siempre simultáneos y contradictorios, me empujaron sin descanso en todas direcciones y creo que, en lo que respecta a mi equilibrio psíquico, solo conseguí salir adelante gracias a la sexualidad y a la novela, prodigiosos medios para encarnarse siempre en otros. Siempre fui otro para mí mismo. Y cada vez que encontraba algo permanente: mi hijo, un amor, el perro Sandy, llevaba mi apego a esa estabilidad hasta la pasión.
En semejante contexto psicológico, el nacimiento, la breve vida y la muerte de Émile Ajar quizá sean más fáciles de explicar de lo que yo mismo pensé en un principio.
Era un nuevo nacimiento. Volvía a empezar. Todo me era dado una vez más. Tenía la ilusión perfecta de una nueva creación de mí mismo, por mí mismo.
Romain Gary
Vida y muerte de Émile Ajar
Gallimard, 1981
Traducción: KNB
Foto: Romain Gary
