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"Violeta, la hija del enterrador", 3

Publicado el 18 junio 2012 por Sap
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Iluminadas por la lámpara de carburo, también aparecieron impolutas sus mantillas blancas y fresco aún el colorete que habían aplicado a las mejillas.
(Del cap. anterior).
3.

No puede describirse el contento de Violeta cuando a la mañana siguiente su padre le hizo entrega del regalo aunque bajo la rigurosa promesa de no decirle nada al doctor, que tal vez no llegara a entender las necesidades de la niña. Por fin tenía el compañero de juegos que tanto anhelaba sin importarle su mudez ni su frialdad. “Le llamaré Chip” anunció Violeta a unos padres que contemplaban con arrobo el trío formado por su hija, el perro y Chip.
Ni que decir tiene que aquel primer amiguito, no pudo cumplir sus funciones más allá de cuatro o cinco días, por mucho que Violeta —sustituyendo el agua de colonia— lo rociara con el formol que guardaba el doctor Amelius en la sala de autopsias. Acostumbrada tanto por las lecciones del galeno como por sus incursiones en los gélidos dominios de éste y el conocimiento de sus huéspedes, nunca le dio importancia a la especial condición de Chip y mucho menos le causó aprensión. Mas con todo, cuando al rigor mortis sucedió la laxitud, la cianosis generalizada y los evidentes síntomas de descomposición, el desconsuelo de Violeta sólo encontró fin cuando Leopold, mientras volvía a enterrar al pequeño, le aseguró que en días sucesivos, nuevos amiguitos ocuparían el puesto dejado por Chip.
Así fue. Y a Chip le siguieron Chop, un niño de dos años gordezuelo como un lechón, Chap, Chup y Chispita, una chiquitina de rubios tirabuzones que por extrañas condiciones de su naturaleza consiguió permanecer casi una semana en compañía de Violeta. A todos los vestía y los desvestía, intercambiaba ropas, les cantaba nanas o los regañaba con esa diligencia que muestran las niñas cuando juegan a las mamás. Pero nada gustaba más a Violeta —cuando coincidía tener a varios de aquellos muñecotes juntos— que apoyarlos en un muro y jugar a la maestra imitando las actitudes del doctor Sandbuch, o darles de comer papillas de tierra y agua hasta que se les salía por entre los dientecillos de leche. Incluso para dotar de mayor realismo a su pandilla, aprovechó sus conocimientos botánicos y poniendo sobre los párpados de cada niño un poco de la resina que rezumaban los cipreses, quedaban pegados, consiguiendo de esta manera que permanecieran con los ojos abiertos, aunque eso sí, con expresión espantada, mirando sin mirar pero, lo que era mejor, sin importarles la cojera de la niña y su procedencia. Cuando el sol les daba de cara en la primavera maravillosa en que Violeta cumplió sus diez años, nada hubiera deseado más que inmortalizarlos en un daguerrotipo.
Por supuesto que resultaba doloroso deshacerse de sus compañeros en cuanto comenzaban a estropearse, pero quiso la suerte que la epidemia de gripe española que se extendía por Europa cubriese con su velo negro la región de Zwickau. Aquella circunstancia, que en tantos hogares sembró e hizo germinar la semilla de la desgracia, proporcionó a Violeta una inagotable fuente de amiguitos muertos. Curiosamente, el doctor Sandbuch jamás estuvo al tanto de aquellos esparcimientos puesto que en cuanto se anunciaba su visita y tal como sus padres le habían ordenado, Violeta escondía los cuerpos en la caseta del fiel “Nicho” (que no dejó de protagonizar varios estropicios), y pasaba con el doctor a la sala de autopsias a recibir sus lecciones.
Fue por aquellos días de lluvia incesante cuando el buen galeno realizó los primeros intentos por corregir la cojera de Violeta. Un prestigioso colega suyo de Frankfurt, abundando en una larga relación epistolar, pudo proporcionarle los planos para fabricar un aparato ortopédico de avanzado diseño. Con la colaboración de uno de los herreros del pueblo y del viejo Hausschuh, el competente zapatero de la Birnestrasse, consiguió realizar un prototipo que sobre lo artesanal era de basta apariencia, pero suficiente como para probarlo sin descanso en el pie de Violeta. La niña daba unos pasos arriba y abajo de la sala, era observada y volvía a sentarse para que el doctor procediese a ajustar la tornillería, el correaje o el ángulo de las pletinas. Muchos de estos ensayos tuvieron como espectadores a unos embelesados Leopold y Helga, que contemplaban los progresos de su hija con los ojos empañados por la emoción y con un agradecimiento hacia Sandbuch que llevaba a ambos a besarle las manos. Luego, cuando marchaban a sus labores y después de largo rato de prácticas, el doctor quitaba el zapato con arneses y teniendo a la niña en sus rodillas aprovechaba la soledad para dar paso a una conversación que se venía repitiendo desde hacía semanas:
¿Quieres un caramelito, Violeta? Ya sabes que tengo muchos caramelitos para ti si te portas bien —, le preguntaba acercando mucho su cara congestionada por el aguardiente a la carita de porcelana de la niña.
¡Uno de fresa, quiero uno de fresa Herr Sandbuch! —exigía Violeta agitada por la impaciencia.
Mientras la niña desenvolvía la golosina de su papel encerado, el médico, que a duras penas podía contener una respiración convulsa hecha de pequeños estertores, acariciaba el aparato ortopédico y seguía más arriba, más arriba, palpando bajo la falda los muslos de Violeta que, a su edad, comenzaban a adquirir formas definitivamente femeninas.
No le habrás dicho nada a tus papás de los caramelitos, ¿verdad? Ni de los masajitos que te doy para fortalecerte las piernas y lo demás, ¿verdad, pequeña?—, continuaba el doctor al que el acaloramiento había obligado a desprenderse de la chaqueta y a desabrocharse el cuello de celuloide.
No, no les he dicho nada —decía la niña pasándose con gusto el caramelo de un lado a otro de la boca, mirando distraída y quieta las moscas que revoloteaban sobre algún ocupante de la marmórea mesa de autopsias.
Así, así me gusta, Violeta. Ya sabes que también he descubierto el secreto de tus amiguitos, ¿verdad? Y que podría quitártelos y meterían a tu padre en la cárcel por insensato, ¿verdad?—, seguía el médico, entrecortando con pequeños jadeos su discurso—. Y ahora, verás, verás… tengo una sorpresa para ti, un caramelo nuevo… bueno, no es exactamente un caramelo, pero estoy seguro que te va a gustar mucho…
Y el doctor, ponía a la niña en pie y él mismo se levantaba de la silla resoplando y pasándose su enorme pañuelo por la frente que exudaba fuego. En el mismo momento de meter el pulgar en la cintura del pantalón, un oyente atento podría haber entendido las palabras que nacían temblorosas y salían sordamente atropelladas entre sus dientes:  “A ver si van a creer ese palurdo de Leopold y la redicha de la madre que mis desvelos para con su hija, mis clases y mis experimentos van a salirle gratis. Están listos”.
Cuando el doctor Amelius Sandbuch abandonaba minutos después la sala de autopsias con la chaqueta echada al brazo, terciada la chistera, un habano recién encendido en la boca y haciendo molinetes con el bastón, Violeta quedaba planchándose la falda con las manos, arreglándose los lazos de las coletas y deseosa como nunca de volver a la caseta de “Nicho” a recuperar a sus amiguitos. Las moscas, indiferentes como el cosmos a lo humano y sus pasiones, seguían revoloteando sobre algún cadáver.
(Continuará...).

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