Revista Cultura y Ocio

Vivir en libertad

Publicado el 01 octubre 2011 por Lorena
   Les dejo otro cuento. Estoy un poco triste y no se me ocurrió ninguna introducción.
Vivir en libertad Vivir en libertad
   La armadura emitió un leve resplandor cuando los últimos rayos del atardecer la rozaron. El guerrero le dio la espalda a la ventana sin cristales. Se colgó su espada, levantó su escudo, y caminó con pesadas zancadas hacia la puerta principal del castillo. El rumor en los pasadizos, mezclado con el chirriar de la armadura, se iba apagando con su pasar.
   Finalmente, la sala sucumbió al silencio cuando el guerrero llegó ante el portón. Un gemido saltó a su izquierda cuando éste estiró el brazo para abrir la puerta. Él miró a su costado, su joven esposa se tapaba la boca con una mano, con la otra acariciaba su vientre. El guerrero apretó la mandíbula, bajó la visera del casco y abrió la puerta.
   Su caballo lo esperaba fuera, custodiado por un viejo escudero. El guerrero tomó las bridas y montó sin soltar el escudo. Giró en redondo con su montura, enfrentó a un ejército, desenvainó la espada y la alzó.
   ―¡Salve el rey! ―aulló la multitud.
   La reina tembló con el clamor y corrió a refugiarse en las profundidades del castillo. Su esposo no la vio; sino que envainó la espada, avanzó hacia su general y murmuró:
   ―¿Los viste?
   ―Sí, mi señor.
   El rey titubeó.
   ―¿Cuánto tiempo podremos resistir?
   ―No más de unos días, señor. Con mucha suerte, una semana.
   El rey asintió.
   ―Enfrentemos nuestro destino.
   ―Pero… ―el general se inclinó sobre su montura.
   El monarca se volvió con avidez.
   ―¿Sí?
   ―Dicen… que nos perdonarán la vida si les entregamos…
   ―¡No!
   ―Pero, mi señor, ―el general se movió incómodo―, si tan solo…
   ―¿Piensas rendirte? ―la espada real se descubrió un poco.
   ―No, señor… pero si existe la posibilidad de salvar la vida de…
   ―¿Y qué vida sería esa, general? ―la dureza afloraba en cada palabra―. Solo existe una que vale la pena: vivir en libertad.
   ―Sí, mi señor ―el general bajó la vista y cabalgó tras su rey.
   Una semana después, el ejército enemigo entró en el castillo. La joven reina se acercó al que había matado a su marido.
   ―Señor, por favor, perdona la vida de los niños, las mujeres y los ancianos.
   ―Son libres de irse ―dijo el invasor―, si tú me entregas algo que deseo.
   La reina dudó unos segundos.
   ―¿Qué quieres?
   Los ojos del salvaje brillaron.
   ―¡Quítate la ropa! ―sonrió―. Baila para mí.
   La soberana lo hizo con decisión, temblando cada paso.
   ―¡Arrástrate! Bésame los pies.
   La joven hizo lo que le pidió, tratando de no pensar en quienes la miraban.
   ―¿Realmente los quieres vivos, no?
   ―Sí ―susurró ella.
   ―Tu dignidad no vale nada ―rió con desprecio―. Tu pueblo no vale nada. ¡Que se vayan todos! No valen ni el tiempo que tardaríamos en matarlos.
   Las doncellas se apresuraron a cubrir a su reina. Abandonaron el castillo en ese mismo momento. Mucha de la gente que se había refugiado allí no entendían su suerte, pero no preguntaron; otros, miraban con recelo a su reina.
   Una vieja criada sacudía la cabeza mientras abandonaban sus tierras.
   ―¡Qué deshonor! Nuestra reina arrastrándose frente a un salvaje. ¿Cómo pudo hacer algo así?
   ―Para salvarte la vida, desgraciada ―escupió una de las doncellas―. ¿O quieres volver y enfrentar la muerte o, aún peor, la esclavitud.
   ―¿Vida? ―la vieja se encogió de hombros―. Exiliados y despojados de todo, ¿qué clase de vida es esa? ¿Qué vamos a hacer ahora?
   ―Vivir en libertad ―murmuró la reina.
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