Al mirar fotografías de Carson McCullers tengo siempre la sensación del peso de su mirada, una mirada en la que, aun apareciendo sonriente, lleva consigo una carga de infelicidad. Quizá por eso en sus novelas y cuentos supo retratar tan bien la insatisfacción de las almas hambrientas y magulladas.
Sus personajes tienen también esa mirada famélica de amor, de reconocimiento, de algo que a veces ni ellos mismos saben qué es, y uno casi se contagia de su desamparo cuando los acompaña. Porque infelicidad no es lo mismo que tristeza sino, más bien, la incapacidad para ser feliz o para creer que se pudiera serlo. Una barrera que, a veces, pone nuestra propia conciencia. Una inercia contra la que cuesta luchar.
Muchos de los protagonistas de los cuentos de McCullers están en la edad en que el hambre parece imposible de saciar y manotean en medio de la desesperanza, o contra ella. Como la joven Constance, con sus pulmones enfermos y su inquieto corazón. Esta Constance que tiene algo de autobiográfica. Constance mirando al cielo e intentando respirar.
EL ALIENTO DEL CIELO. Carson McCullers
El cielo es en cierto modo una forma de la nada y, como todo lo que está vacío, es capaz de reflejar lo que nuestra mirada pone en él. Unos ojos, una expresión, una necesidad desesperada o, simplemente, el color del dolor. Y el dolor de Constance es de un azul intenso, nítido y de tacto desapasionado; como el cielo, como los ojos de su madre.
Leemos el sufrimiento de Constance en dos niveles paralelos: el físico que acusa su enfermedad y el interior, el que guarda en silencio; pero se entrelazan de una forma tan estrecha que no pueden separarse. Tan en su sitio cada línea y cada punto del trenzado. Tan revelador. Hay toda una historia sugerida que adivinar, y nos va dando las pistas para que la interpretemos.
El antagonismo aparente y el real, los actores y el atrezzo, cada pequeño detalle y comentario. Todo tiene su significado. Sencilla, sin amaneramientos. La emoción bien envuelta, latiendo fuerte por dentro.
Este cuento se recoge en la antología “¿Quién ha visto el viento?”, editada por Seix Barral en su colección de bolsillo Austral en 2013, con traducción de José Luis López Muñoz y María Campuzano.

Y también en el volumen de la colección Formentor (2007), al que dio título, y además de sus cuentos reunía también sus novelas cortas.
De la risa a la infelicidad y, ahora, ¿dónde haré la próxima parada?
