Revista Cultura y Ocio

Wow – @tearsinrain_

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Subido a la silla, haciendo equilibrios para no caerse, Juan alarga el brazo tanto como puede. Tiene la lengua fuera, un gesto mecánico que hace cuando se esfuerza. Está de puntillas y la rodilla derecha le tiembla ligeramente, no aguantará mucho. ¡Pero está tan cerca! Cuando oye la puerta de la entrada, el corazón le da un brinco y con él, consigue llegar con dedo índice y dedo corazón, tocar lo que buscaba pero no cogerlo, pues le cae al suelo. Los pasos se acercan. El niño baja de encima de la silla a la moqueta, de un salto, recoge lo que tanto le ha costado obtener y lo esconde bajo la almohada de la cama.

– Hola, cariño. Ya estoy en casa, ¿todo bien?

– Ahá –afirma el crío con una cara que pretende asegurar que no ha hecho nada mal, pero que le delata.

La madre le mira un momento, hace una mueca que indica que sabe que algo trama, pero está cansada y le quedan cosas por hacer, informa al menor de sus tres hijos que estará un rato en el despacho y luego preparará la cena, le pregunta también si tiene deberes y él afirma que sí, que ahora mismo iba a ponerse a hacerlos.

Cuando la madre se va, dejando entreabierta la puerta de su cuarto, Juan está tentado de disfrutar de lo que ha hurtado, pues no ha sido un robo, sabe la diferencia: el objeto estaba ahí y él simplemente lo ha cogido. De acuerdo, ha tenido que ingeniárselas para cogerlo y, de acuerdo, no es suyo, es de Pablo, del mediano de los tres, el que duerme en la litera de arriba. El hermano mayor que le hace la puñeta constantemente pero que a su tiempo le ayuda cuando es necesario. Se llevan tres años prácticamente exactos. Mira el reloj que cuelga de la pared, el que les regaló el más mayor de los tres antes de marcharse a Londres a estudiar: falta poco para que Pablo vuelva de baloncesto, así que esperará hasta la noche. Sí, mejor. Claro que entonces tiene que esperar que Pablo no se entere de su hurto. Si le acusa, como siempre, lo negará todo. Está nervioso, excitado, emocionado. Intenta serenarse. Lo consigue. Saca los deberes de la bolsa escolar y se pone a hacer la ficha de matemáticas, luego termina el mapa de los ríos y finalmente lee unas cuántas páginas del libro. Es mientras lee como Patrick y Louise entran por segunda vez en la cueva donde hallaron los cadáveres de antiguos piratas, que oye la llegada de Pablo. Se asegura que todo está cubierto, cambia de lugar lo que ha tomado prestado y lo pone entre las sábanas. Se sienta de nuevo y recoge los deberes.

Pablo entra como siempre últimamente, como si fuera una especie de rey del rock saludando a sus fans, le pasa la mano por la cabeza al tiempo que lanza su bolsa del instituto sobre la litera.

– ¿Qué pasa enano?

– Déjame.

Sin más, el chico saca su móvil y enciende el ordenador, situado en el mismo escritorio donde se sienta Juan, y se pone los cascos. Juan respira aliviado, su hermano no se ha percatado de nada. Antes de bajar a cenar, Juan se ducha. La casa es silenciosa y con el ruido del agua cayendo sobre el mármol blanco del plato empiezan a venirle temblores: ¿y si ahora que está solo en el cuarto Pablo busca aquello y lo encuentra? Pablo tendrá un doble cabreo ya que, no solo significa que le han descubierto sino que además le han robado. O peor, ¿y si a mamá le da por repasar la habitación, como hace cada vez que se estresa y descubre eso bajo las sábanas? Se ducha más aprisa que nunca, se seca a medias, se pone el pijama y las zapatillas y vuelve al cuarto. Al verle entrar tan apurado, Pablo, todavía con los cascos y jugando a algo online, le mira extrañado. Todo está en su sitio.

– ¿Vendrá papá a cenar? –pregunta Juan cuando mamá les llama.

– No, cariño –responde ella–, hoy tampoco podrá venir. Tiene que acabar el proyecto.

Se sientan los tres a comer: ensalada de arroz y croquetas de esas precocinadas con una etiqueta de “Caseras” en el paquete. Mientras mamá y Pablo hablan de algo que a él le da igual, hace planes. Dirá que se quiere ir a dormir temprano, sin tele ni nada, que está cansado. Subirá al cuarto, disfrutará brevemente de lo que ha robado… hurtado, de lo que ha hurtado o, mejor aún pues parece menos grave, de lo que ha tomado prestado, lo devolverá a su lugar y se pondrá a dormir. Eso, claro, si su hermano no sube también rápido a la habitación. Pero si dice que se encuentra mal, mamá le dejará el ordenador del despacho para que no le moleste.

– Juan, cariño, ¿te encuentras bien?

– No mucho, mamá.

– ¿Qué te ocurre? –pregunta ella haciendo el gesto maternal programado de poner la palma de su mano en la frente–. No parece que tengas fiebre.

– Me siento raro.

– Eres raro, enano –dice Pablo cortando pan.

– Y tú eres idiota – responde él.

– Ya basta –corta la madre–. Tener a un adolescente y a un preadolescente en casa debería ponerme enferma a mí y no a vosotros.

– Lo de preadolescente es solo una etiqueta –responde Pablo–, algo para poder clasificar a los niños ya no tan niños que se portan mal y todo eso, nos lo explicó la de Sociales.

– Seguro que te haces pajas pensando en la de Sociales.

– ¡Juan! –grita la madre.

Pablo se ríe y aprovechando que la madre mira al otro, hace un gesto con la mano de masturbarse.

– ¿Tú ya has empezado a hacerte pajitas o todavía no?

– ¿¡Pero se puede saber qué os pasa!? Estáis insoportables, de verdad. Venga Juan, si no tienes más hambre métete en la cama, yo subiré dentro de un rato. Aprovecha para leer o intenta dormir, ¿vale?

Juan afirma con la cabeza, poniendo cara de enfermo pero sonriendo por dentro. Oye como Pablo comenta que necesita el ordenador y como su madre le responde que puede usar el del despacho si no descarga juegos o películas y le recrimina a su vez que tengan, los dos chicos, aquellas conversaciones mientras cenan.

Al llegar al cuarto, Juan ajusta la puerta, enciende la lámpara pequeña de su litera, se saca las zapatillas, se mete en la cama tocando lo que es de su hermano con el pie. Alarga el brazo, esta vez en horizontal y lo coge. Antes de sacarlo de entre las sábanas, pone atención auditiva para asegurarse que no viene nadie. Respira hondo, hace tiempo que tenía planeado hacer esto pero hasta hoy no se ha decidido. Ahora es suyo. Algunos colegas de clase le han dicho que es lo mejor para coger imaginación y tener para días. Juan saca la revista erótica de su hermano y ojea la portada con avidez. Va notando el calor entre las piernas y se mete la mano bajo el pantalón. Intenta pasar página pero con una sola mano es difícil. Es la primera vez que se masturba a conciencia, es decir, que se “la pela” con intención de llegar hasta el final más allá de aquellas poluciones nocturnas que está teniendo casi cada noche. Decide abrir la doble página central, hay una chica espectacular sin nada, estirada sobre unas sábanas blancas y delicadas, de piel fina y bello moreno.

– ¡Wow! – exclama.

Visita el perfil de @tearsinrain_


Volver a la Portada de Logo Paperblog