Por Hogaradas
Hay ciertas edades en las que cada vez resulta más difícil escuchar un piropo, sobre todo de boca de quien no te supera con creces en edad y que a veces en vez de un comentario agradable lo que consiguen es que pilles un cabreo de tres pares de narices, primero porque no te gusta ser piropeada por quien podría ser tu padre, y segundo por la falta de delicadeza de lo que se supone tendría que ser un comentario que alimentara tu ego.
Hacía mucho tiempo que nadie me piropeaba, pero ayer se produjo el milagro, de camino a casa, cuando estaba a escasos metros de entrar en el portal y desaparecer sin apenas ser vista, mientras me afanaba en no caerme al pasar por encima de esas piedras que de vez en cuando los iluminados se empeńan en colocar como decoración y que resultan insufribles de pisar, con el temor ańadido de darte de narices en el suelo.
Entre piedra y piedra, afanada como estaba en conseguir cruzarlas con la mayor dignidad posible, casi no pude distinguir al hombre que me piropeaba, pero pude escuchar con total claridad su “guapa”, incluso ver que se trataba de un hombre joven y como dirían las abuelas, apuesto.
Ni que decir tiene que a partir de ese momento más que caminar lo que hice fue levitar hasta llegar a casa, henchida como si fuera el más hermoso de los pavos reales y pisando fuerte como si cruzara en vez de la calle la pasarela, por lo menos, de Milán.
Y es que, chicas, convendréis conmigo en que a ciertas edades no hay nada mejor que un piropo, por pequeńo o poco imaginativo que sea, como en este caso, para levantarnos el ánimo, para ser conscientes de que todavía estamos en el candelero, o candelabro, como dijo aquella ilustre modelo un día.
A la tarde conté a Carlos la pequeńa anécdota del día, y al agrado que me supuso el piropo pude ańadir otro más, ese pequeńo ataque de celos, sutil pero perfectamente evidente, de un marido al que, ya lo sabía, no le gusta que echen piropos a su mujer.
