Revista Psicología

295.- "Habla para que yo te conozca."

Por Ignacionovo
Autor: Sócrates. “Pensamientos insuperables” con los que nos remontamos hoy hasta la antigua Grecia, para evocar una de las inspiradas y perdurables reflexiones de uno de los filósofos más grandes de la historia: Sócrates.
Cuenta su leyenda que pasó la mayor parte de su vida en los mercados y plazas públicas de Atenas, manteniendo permanentes debates y respondiendo a las cuestiones que se le planteaban mediante preguntas. No escribió ningún libro ni tampoco fundó una escuela regular de filosofía. Inculcó la creencia en una comprensión de los conceptos de justicia, amor y virtud y el conocimiento de uno mismo.
Su inconformismo lo impulsó a oponerse a la ignorancia popular y al conocimiento de lo que decían los sabios Él mismo no se consideraba como tal y sin embargo, uno de sus mejores amigos, Querefonte, le preguntó al Oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates, y la Pitonisa le contestó que no había ningún griego más sabio que él.
EL TRIPLE FILTRO DE SÓCRATES
Un día paseando por Atenas, Sócrates se encontró con un conocido que nada más verle corrió entusiasmado hacia él...
- ¿Sabes lo que escuché acerca de uno de tus amigos?
- Espera un instante, replicó Sócrates. Antes de decirme nada, quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro.
- ¿Triple filtro?
-Así es, continuó el filósofo. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que me vas a decir. Es por eso que lo llamo el examen del triple filtro. El primer filtro es la verdad. ¿Estás absoluta y completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
- No, dijo el hombre, realmente solo escuché sobre eso y...
- Bien, dijo Sócrates. Entonces realmente no sabes si es cierto o no.
- Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
- No, más bien al contrario...
- Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto.
Pero aún así, podría querer escucharlo porque queda un filtro: el filtro de la utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?
- No, lo cierto es que no.
- Bien, concluyó Sócrates, si lo que deseas decirme ni es cierto, ni bueno, e incluso no me es útil, ¿Para qué querría saberlo?
Reflexión final: “Sería necesario imponer esta regla: no repetir jamás una afirmación malévola sin verificar su contenido. Aunque es cierto que así nunca se hablaría de nada.” (André Maurois)



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